jueves, 26 de febrero de 2015

A la sombra de los cortes de corriente

El verano pasado Buenos Aires estaba en llamas, el calor llegó a los 42 grados y el fin de la tarde no se esperaba nada algo mejor: una serie de cortes de luz convulsionaron toda la semana y ese viernes no fue la excepción. Otra vez mi barrio empezó la noche sin electricidad. Los vecinos, cansados de la situación, comenzamos a llegar a Independencia y Boedo, de mucho transito, para cortar las intersecciones y manifestarse ante los reiterados cortes. Vestido como estaba, bermuda y musculosa,me fui hasta la esquina a hacer valer mi protesta. Al comienzo no había tanta gente, por eso podía reconocer a la mayoría de vecinos. Una mujer que vivía enfrente de mi departamento agitaba con fuerza un palo contra una olla de acero inoxidable. Nunca la había visto antes. Enseguida me llamó la atención la pasión que le ponía a la protesta. Sin embargo, lo más llamativo eran sus gomas: generosas, bien redondas y muy bien conservadas por la edad que yo suponía que pasaban los cincuenta años. Tenía una estatura altagrandota, unas piernas bastante bien formadas, pelo castaño y unos rulos vistosos. Me acerqué a ella despacio e intente iniciar alguna conversación. Pronuncié una queja al aire y después de enojarnos con EDESURcomenzamos a contarnos de nuestras vidas. La charla era bastante piola, al menos eso parecía, porque mi mirada decía lo contrario: solo se me iban hacia esas tetas lujuriosas y prestaba poca atención a lo que ella me decía. 

-¿Vos vivís solo? - me preguntó sin mucho preámbulo.
-Si, solito y solo -dije- Vine a estudiar abogacía a Buenos Aires. Soy de Plottier en Río negro.
-¿Y como un chico tan joven y tan lindo no tiene a nadie para compartir ese departamento?- añadió ella guiñando levemente su ojo derecho.

La insinuación era evidente. Me atreví a sonreír. Contesté con un lugar común: todavía no encontré a nadie o algo así. Ella puso su mejor cara, mezcla de mujer sensible y prostituta callejera con su sonrisa que le ocupaba toda su cara. Nuestros cuerpos estaban cada vez más cerca y el calor hacían estragos en mí; todo transpirado y con mi bulto que se estaba marcando por entre mi bermuda de solo observar esos pechos provocadores.

-Espero que las bebidas en la heladera todavía se conserven- le dije a modo de invitación
-Quien sabe, pero podríamos probar- me contestó ella.

Costó un poco subir los cuatro pisos por la escalera. Cuando llegamos a la puerta ella elogió mi estado atlético, ya que subí las escaleras con bastante facilidad. 

Todavía lo que quedaba de la luz del día nos guió hasta la heladera. Tomamos unas latas de gaseosa y conversamos un poco. Cada uno tenía un lugar en el sillón, estábamos relajados, con las piernas que cada vez se acercaban más. Ella sonreía. Yo vi un dejo de lujuria en sus ojos y quise averiguar hasta donde podía llegar con mis pretensiones con ella. Sin decir una palabra mi mano comenzó a recorrer una de sus piernas. Y ella se dejó encantada. La mano siguió hasta encontrar la tela de la bombacha por entre el vestido azul. La respiración de Sofía fue más intensa, y los suspiros subieron el volumen cuando empecé a besarla por el cuello y por sus hombros. No pudimos aguantar mucho y nos chuponeamos con descaro, atragantándonos de lengua y mordiéndonos los labios. Así estuvimos algunos minutos. Creo que no llegué a darme cuenta cómo nos desnudamos, pero así estábamos: como Dios nos trajo al mundo. 

-¿El bebe quiere la teta de su mami? -preguntó con un toco maternal en su voz.

Yo no respondí con palabras, mi boca se dirigió sin dudas y con furia a esos pezones que ya estaban duritos. Las tetas eran redondas, firmes, con forma de pera, tanto que creí que eran de plástico, pero no, eran de verdad. Los succionaba como si mi vida se fuera en esa chupada. Ella me tocaba cariñosamente la cabeza y yo alternaba sus hermosas tetas en chupeteos y mordiscos deliciosos. Podía haber seguido comiéndome esos pechos eternamente pero mi pija estaba a punto de reventar; me paré en el sillón donde estábamos y sin decir ni una palabra bajé mi bermuda y le acerqué mi verga para pasársela por toda su cara. Su miraba parecía perdida por la lujuria.

-¿Te gusta el regalito que tenia para vos?- le dije.
Un nuevo suspiro de ella y una respuesta que pareció un grito. No llegó a concluir afirmativamente cuando comenzó a lamerme la pija con una dulzura asombrosa. Pasaba su lengua por mi glande y luego metía toda su boca hasta el fondo de su garganta, para después volver a excitarme con su lengüita suave. La poca luz que había de afuera se estaba extinguiendo. Me pareció una buena idea ir al balcón y tomar un poco de aire, aun cuando el mínimo viento sea cálido. En el balcón, que total no nos veía nadie, siguió la chupada a un ritmo cada vez más vertiginoso. La música de fondo eran los ruidos de lacacerolas que provenían de la protesta. Mi respiración se entrecortaba entre cada embate de su pete. No quería terminar todavía y saqué entonces la verga de sus labios y propuse cambiar de posición. Ahora mi vecina estaba tomada de la baranda del balcón dispuesta a que la devolvieran el placer sexual que parecía que había perdido en su matrimonio. Sin perder tiempo tomé sus caderas con mis manos y penetré su concha ardiente. El ritmo se aceleraba, los gemidos eran cada vez más intensos como mis embates. No podía creer la situación que estaba viviendo, pero no pensaba en eso. Mis energías estaban puestas en bombear sin parar y sentir los gemidos cada vez más intensos de ella. Mi pedazo de carne se deslizaba hasta el fondo.

-Seguí, no pares, seguí pendejo - aullaba como poseída.

Descansamos no más de diez minutos en mi cama. Luego, mi vecina empezó a recorrerme con su lengua todo mi pecho. Su boca bajó por mi abdomen hasta mi sexo que otra vez volvió a tomar formar para la acción. Todavía no había llegado a una erección total cuando ella ya lo estaba comiendo entero.

-Que rica pija que tiene mi macho joven- decía ella al mismo tiempo que devoraba mis huevos con fruición - Cómo necesitaba algo así!

Entre la oscuridad solo sentí unos ruidos de movimientos. Pude enterarme segundos después que su culo transpirado se sentó firme contra mi cara. Se movían con paciencia y salvajismo, las redondas nalgas, y me rociaban con sus deliciosos jugos sexuales. Mi lengua recorría su concha y se detenía con la punta en su clítoris erecto. Sofía lanzó un grito que habría de callar cualquier manifestación. Ahora, su culo se sentó arriba de mi verga. Demostraba Sofía que era experimentaba en el sexo, porque movía su cuerpo con tremenda cancha; puso las palmas de sus manos en mi pecho y sacudía su cuerpo de veterana de mil batallas. Un sinfín de gemidos y gritos fueron la previa de nuestros orgasmos que se coordinaron como un reloj. Sofía sintió como ella quería toda la descarga de semen dentro, toda la leche caliente en su hermosa concha, embarazada no iba a quedar.

Con el orgasmo volvió la luz. Pudimos vernos a gusto. Ella era una veterana preciosa.
-Cuantos años tenés, me preguntó?
-17.
-Que cagada! Menor de edad! No me vas a denunciar no?
Nos cagamos de risa, entonces yo le pregunté:
-Y vos cuántos tenés?
-Cuántos me das?
-47 – dije para no errarle.
-Agregale 10.
-Ni sé como te llamás, ni dónde vivís.
-No importa -me dijo- yo tampoco, me voy porque ahora que volvió la luz, mi marido se va a poner nervioso si no vuelvo. Por ahí un día, vengo y me invitás con una cerveza más fría.

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