martes, 23 de noviembre de 2010

Las estudiantes cordobesas

Mi consulta les llega por lo que me sucedió hace varios años cuando no tenía muy claras mis preferencias sexuales, aun cuando para ese entonces tenía novio y nuestra vida sexual era muy activa. Me llamo Mariela, actualmente tengo 26 años y soy de Córdoba. Físicamente no me puedo quejar.

Siempre fui una chica muy curiosa y cuando me sucedió lo que les contaré ya había tenido una que otra experiencia con chicas pero nada tan profundo como lo que me pasó con mi amiga Dani.

Cuando querés hacer calentar a un tipo, elegís a otra chica que esté bien buena y le pegás unos buenos besos, metés manos por aquí y por allá. Casi nunca ninguna te rechaza. En realidad te gusta, y hacés sufrir a los pibes.

Con Daniela siempre andábamos juntas, compartíamos nuestros secretos más íntimos y pasábamos horas charlando de todo un poco. Dani, al igual que yo tenía un noviecito al que adoraba. Ella es una morena fuertísima con unos ojos oscuros muy lindos, un culo enorme, firme y redondo y con un par de tetas que llaman la atención. Se las envidié siempre. Me gustaba mucho estar con ella porque me hacía cagar de risa y pasarla bien.

Un día estábamos solas en la casa de ella charlando y viendo tele en lugar de estudiar. Ella fue a la cocina a hacer mate y al regresar se apareció con una torta casera de chocolate y dulce de leche. Ella agarró un pedazo de torta con dulce de leche con la mano, como lo había hecho tantas otras veces, y me lo metió en mi boca pero me ensució toda la cara. Se me acercó para limpiarme la cara y en ese momento yo, por molestarla, le tiré a morder el labio. Ella no alcanzó a esquivarme y accidentalmente la mordí. Ella me dijo que si me gustaría que me hicieran eso a mí, que yo era una hija de puta y me tiró a morder también pero no me mordió sino que, sin querer, me dio un beso en los labios. Sin darnos cuenta prolongamos nuestro beso hasta hacerlo recaliente como lo habíamos hecho mil veces en los boliches delante de los pibes, pero esta vez fue de verdad. Yo después de eso quedé bastante confundida así que me fui sin decirle nada.

No quería que me gustara, pero me gustó. Me parecía mal, pero me excitó. Quería olvidarme, pero era una idea fija. Me sentía puta, lesbiana y degenerada, pero quería repetirlo.

Al día siguiente, ella me llamó y me dijo que teníamos que hablar. Nos reunimos y llegamos a que lo que había sucedido no debía repetirse, que todo había ocurrido en un momento confuso.

Pero no fue así porque a los dos días volvió a suceder. Esta vez fue en mi auto. Yo la dejé en la puerta de su casa y cuando nos íbamos a dar el típico beso de despedida en la mejilla, nuestros labios como por inercia volvieron a juntarse. Ya no era casualidad.

Desde ese momento todo cambió. Yo le dije que desde que nos habíamos besado por primera vez no había dejado de pensar en ella y que había empezado a soñar con ella. Ella me dijo que le estaba pasando lo mismo y que le extrañaba mucho esa sensación (es decir, supuestamente segura de que sólo la atraían los hombres y estando bárbaro con su novio, no se explicaba qué pasaba).

Después de aquello pasaron como cinco meses. Habíamos hablado que lo que sentíamos era solamente calentura, pero teníamos miedo de lo que podía suceder. Seguíamos con nuestros respectivos novios y las cosas entre nosotras andaban de igual manera aunque aún no habíamos llegado a más nada. A pesar de eso, las miradas se cruzaban permanentemente. Nos la pasábamos hablando con doble sentido como si fuéramos verdaderas tortilleras, lo que confundía tanto a nuestras amigas como a las compañeras de la facu. El malentendido nos divertía mucho.

Yo ya no estudiaba con Daniela, porque me perdía y no nos rendía nada.

Un día, sin planearlo, pasó lo que tenía que pasar. Salimos al cine con nuestros respectivos novios y otras dos parejas más.

A la hora de volver obviamente los chicos querían que fuéramos a distintos lugares para que durmiéramos emparejados. Dani se opuso rotundamente y sugirió que nos dejaran a ella, a mí y a Gala (otra de nuestras amigas) en la casa de ella . Ellos protestaron todo lo que pudieron y muy al final aceptaron la decisión.
En la casa de Dani había una cama doble y un diván en el living. Acordamos con Gala que Dani y yo nos quedaríamos a dormir en la cama doble. Estuvimos esperando todo el tiempo a que Gala se quedara dormida y mientras estuvimos boludeando en la cama "como amigas" (nos tocábamos, nos hacíamos cosquillas y cosas pelotudeces así).

Se hicieron las 4 de la mañana y Gala aún seguían despierta viendo tele, por lo que no nos aguantamos más y empezamos a "calentar" el ambiente: cerramos la puerta del cuarto de la Dani con llave y nos metimos debajo de las sábanas y ella me empezó a acariciar todo el cuerpo. Finalmente Gala se durmio y ahí empezaron las cosas más fuertes. Yo tenía mucho miedo porque Gala estaba durmiendo a dos metros nuestros. Se podía despertar en cualquier momento. Debido a eso, decidí darle la espalda para que ella se calmara un poco. Pero eso fue lo peor que pude hacer porque mis zonas débiles son justamente mi espalda y mi cuello. Ella lo sabía y se aprovechó de eso para calentarme más. Sentí que mi cuerpo se estremecía, la piel se me erizó toda y mi excitación creció mucho más. No aguanté más y me di vuelta para besarla como había hecho antes.
Yo era la de la iniciativa en ese momento. Me olvidé por un instante que teníamos compañía y me dediqué a besarle el cuerpo empezando por su cuello. Cuando le subí el baby doll y le vi las tetas por primera vez algo en mí se congeló. Nunca antes había visto un cuerpo desnudo de mujer en vivo y en directo. Sentí mariposas en el estomago y un tapón en la garganta. Me daba vergüenza y calentura. Ella terminó de quitarse el baby doll y yo le bajé los pantaloncitos del piyama.

Daniela me volvió a besar apasionadamente. Era distinto que cuando me besaba mi novio o cualquier chico. Los labios estaban distendidos y más blanditos. Eran más tibios que los de los varones y lo mejor era que sabia besar intensamente sin romperme los dientes ni sofocarme. Al final de aquel beso me sentí muy mareada.

Eso me dio a entender que lo que estaba haciendo le gustaba a la Daniela. Seguí besándola por todo el cuerpo y al mismo tiempo la tocaba sin parar. Las dos éramos totalmente inexpertas inexpertas así que tratábamos de ayudarnos mutuamente para poder gozar al máximo de nuestra primera vez. Por lo empapada que estaba yo, creo que andábamos rumbeadas.

Al darse cuenta que yo no sabía hacia dónde dirigir mis manos, ella me las agarró y las llevó a su entrepierna. Pude sentir su humedad (¡qué sensación tan rara!). Me dediqué a acariciar su clítoris y noté que eso la volvía loca puesto que se movía como si quisiera que su cuerpo se rompiera en mil pedazos. No gemíamos porque teníamos compañía, pero estoy segura que de no ser así lo hubiera hecho a rabiar. Bajé mi cabeza hasta acercarme a su concha y pude verla por primera vez. Tenía los pelitos cortados al ras y el clítoris era grande y visible. Eso me excitó mucho más y me llenó de confianza. Al principio no quería pasarle mi lengua de pura impresió, pero después de una lamida no pude detenerme hasta conseguir que ella llegara a su primer orgasmo (fue la primera vez que usé mi lengua para chupar algo que no fuera un helado, ya que me impresiona chupársela a mi novio y me opongo terminantemente).

El orgasmo fue un final a toda orquesta. Parecía Linda Balair en El Exorcista. Cuando acabó fue como si estornudara por la vagina y me tiró un chorro de algo, que espero no sea pis. Todos sus jugos vaginales me empaparon la cara y aun cuando ella había terminado mi cabeza permanecía enterrada entre sus piernas (sus manos no me permitían separarme de ella).

Ella me agarró y nos pusimos cruzadas en tijerita. La gran cagada era que yo estaba tan caliente que a la quinta o sexta frotada acabé a los gritos. Me importaba un carajo de Gala, de mi novio y el mundo. Tuve un orgasmo como para guardarlo en el cajón de la cómoda. ¡Qué barbaro!

Gala, obviamente se despertó. Intentó abrir la puerta, y como no pudo nos reclamó que no la dejáramos afuera, que no fuéramos turras.

La Dani me miraba en silencio y hacía que no con la cabeza.
– ¿Y qué le decimos a la guacha?
– Que nos estábamos peleando – sugerí yo.
– ¡No me digas! Vos no te oíste, pero aullabas, loba.

Finalmente le abrimos a Gala que nos echó en cara haberla dejado a la intemperie cuando hacíamos algo más divertido que estudiar. Estaba en corpiño y bombacha. Con la Daniela nos miramos, la miramos a ella y nos la abalanzamos y en segundos estaba en bolas. La Dani, como se había quedado caliente, trajo una crema, nos puso a las dos boca arriba, ella en el medio boca abajo, un poco más abajo y nos empezó a meter dedo a una y a otra. Luego me dieron vuelta entre las dos y me encremaron desde la nuca hasta los pies. De solo sentir eso casi acabo otra vez. ¡Es tan bueno sentir cuatro manos femeninas recorriéndote el cuerpo!

Las caricias eran muy buenas, pero la situación era terriblemente excitante. Yo me veía allí y me parecía joda.
– ¿Y vos por qué no dijiste nada? – le preguntó la Dani a Gala.
– ¡Y yo que sabía que ustedes se daban! ¿Y ustedes tampoco sabían de mi?
– No – le dijo la Dani.
– Si cuando podemos no damos, con Claudia, con Patricia, con la Aurorita, con la Romi…
– ¿Es decir que las únicas que faltábamos éramos nosotras?
– Nosotras pensamos que ustedes se daban, pero sin abrirse – explicó Gala.
– ¿Y a vos desde cuando te gusta? – le preguntó la Dani.
– Desde que era chica – contestó Gala – Tenía una prima mucho mayor que yo que le pregunté un día como era besar a un tipo en la boca y me enseñó y ahí nomás acabé.

Gala no era una chica de esperar mucho, porque cuando dijo se debe haber acordado y se contorsionó y acabó como loca. Yo me calenté y la traje a la Dani arriba mío y le dimos concha contra concha y acabamos de nuevo a lo exagerado.

Todas tenemos nuestros novios que vamos cambiando cada cuatro a seis meses. Cogemos como se debe y tenemos las cuotas que corresponden de pija, pero desde ese día pusimos que los varones salen por su lado y nosotras por el nuestro. Ellos creen que es para levantarnos tipos y no saben que es para poder darnos entre nosotras, placer sublime si los hay.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La chica nueva

Yo tenia 26 años cuando me compre un piso y le instale en Palermo. Al cabo de un tiempo fui conociendo a los vecinos, me fije especialmente en una pelirroja escultural, con unos ojos verdes increíbles y una piernas larguísimas, era mi vecina de
enfrente.

Un día viniendo del trabajo nos encontramos en el hall, ella venia con la compra y yo, como buen caballero la ayude con las bolsas. Entablamos conversación y después de quince minutos, me invito a café a las tres y media del sábado siguiente.

Llegó el sábado, comi y las tres y media estaba en su casa. Me comento que era médica, y mientras ella preparaba el café me fije que en un programa de Shock TV, estaban maquillando y vistiendo de mujer a un hombre para un concurso de belleza femenino en Japón. Una vez acabado el trabajo parecía una mujer autentica, mientras estaba viendo el programa Viviana trajo el café y empezamos a discutir sobre el documental. Yo dije que ver a u tipo vestido de mujer me parecí algo “muy poco feliz”.

Ella, por sus conocimientos de anatomía, decía estar segura que con un buen maquillaje, un buen vestido y una buena actuación un travesti no solo no seria reconocido sino que seria capaz de ganar algún concurso de belleza, yo en cambio opinaba que el hombre era fácilmente reconocible.

Entonces, y para mi asombro, Viviana dijo que haría todo lo que yo quisiera si yo era capaz de reconocer a un hombre travestido entre varias mujeres de nacimiento. Si ella ganaba, el que tendría que hacer cualquier cosa era yo. En mi ignorancia, acepté la apuesta.

Viviana hizo varias llamadas y después me comento que me preparara, y, me dio la posibilidad de retirarme y me negué. Al cabo de dos horas tenia ante mí cinco mujeres
increíblemente bellas en ropa de calle, Viviana me pidió que identificara por lo menos dos hombres entre aquellas mujeres, después de un rato no sabia quienes podían ser así que me decidí por dos de ellas. Elegí a las dos únicas mujeres que había.

Entonces Viviana me explico que debía ir el domingo por la mañana a su casa a las 10 de la mañana. No imaginé qué me iba hacer hacer.

El domingo, ya en su casa y ella me explicó, que ella había nacido hombre pero que a los doce años y después de muchas peleas con sus padres se cambió de sexo. Se hizo un tratamiento con hormonas durante cuatro años. A los 21, vendió un auto y se fue a Chile y se hizo operar. Me dijo que estaba mas que feliz por ser mujer y que yo, gracias a la apuesta perdida, iba a tener la posibilidad de experimentar una felicidad parecida. Me asusté y me recontra excité al mismo tiempo.

Me llevó a su placard y me dijo que eligiera los vestidos más sexys. Yo suponía que ella se los iba a poner para demostrarme lo femenina que era. Yo elegí un vestido rojo con los zapatos de taco agujas haciendo juego y lencería negra de medias hasta medio muslo. En ese momento llegó una de las que había estado el sábado para ayudarla a "hacerme feliz". Cual iba a ser mi sorpresa, cuando me dijo que fuera al baño, me hizo desnudar y me enpiezan a afeitar todo el cuerpo con jabón y dos navajas que daban miedo de verlas.
Me explican que con el conjunto que he elegido yo sería la nenita más sexy de esa noche.

Yo les pedí explicaciones y me dijeron que la apuesta era “hacer cualquier cosa” y que por lo tanto debía salir esa noche con ellas a una fiesta privada en Vicente López, pero vestida de mujer y levantarme a algún hombre, así descubría lo feliz que sería haciendo eso. Despues de un rato, me di por vencido y decidí probar esa nueva experiencia como mujer. Ellas me sentaron luego de afeitarme el cuerpo y la cara comenzaron a maquillarme.

Primero una base de maquillaje, después mientras una me ponía unas uñas postizas
larguísimas, la otra me depiló las cejas, me puso pestañas postizas, una sombra de ojos oscura y alargada y unas lentes de contacto verdes y finalmente me perfilaron los labios con un rojo intenso.

Me apretaron con un corset hasta que consiguieron una cintura de 70cm y depues me pusieron unas prótesis de siliconas de unos pechos perfectos. Me completaron con una medias negras, un liguero negro y una tanguita exquisita después de pegarme el pene al culo. Luego me encajaron una peluca pelirroja de pelo natural y me lo recogieron hermosamente. Finalmente el vestido que yo elegí junto con los zapatos negros de taco aguja, con un collar de perlas elegante y unos guantes largos haciendo juego con todo el vestido.

Por fin me vi en el espejo, al que me habían negado, y ví una linda mujer con una clase
increible.
-¿Qué tal te ves?- me pregunta Viviana.
-Espectacular- Dije yo.
-Muy bien desde hoy vas a ser Mónica, pero todavía quedan varios detalles.

Entonces me dio unas pastillas masticables para contraer mis cuerdas vocales con lo cual consegui una voz mas femenina.
− El efecto de esto te dura seis horas. Aca tenés otra por si estamos más tiempo.

La metí en una carterita de fiesta.
-Ahora, viene lo mas difícil. Parecés una mujer, ahora te voy a enseñar a comportarte como una mujer.

Pasamos las siguientes horas, enseñándome a caminar como una autentica mujer
con esos tacones, a sentarme con las piernas cruzadas, a maquillarme yo sola, a
ir al baño con el pito plegado y a mostrarme sexy ante los demás hombres.

Eran las ocho de la tarde y yo me sentía toda una mujer de verdad. Era algo tan extraño! Viviana me dijo que debíamos pasar la prueba de fuego, salir a tomar café a uno de los sitios a los que yo iba habitualmente.
− No puedo salir así a la calle… ¿y si me reconocen? − comenté yo.
- No te van a reconocer, nadie, sos una perfecta mujer, nadie creería que sos un hombre
aunque se lo dijeras - me hizo saber Viviana.

Despues de un rato salimos a tomar café, era increíble. El mozo que es bastante mala onda conmigo, nos trató como a dos mujeres, después volvimos a casa y Viviana me explico lo que haríamos por la noche.
− Vamos a Pachá.
Yo creí que me moría. Asi lo hicimos y me tuve que sacar a los flacos de encima.
Incluso, como me había dicho Viviana, cuando les decía que era un hombre no me
creían y se cagaban de risa por mi “salida ocurrente”. Un flaco me pintó interesante y le di bola. Estuvimos curtiendo y dándonos unos besos. Lo más raro era que en esas circunstancias yo era como que estaba convencido que era una mina, me gustaba y me excitaba. La pija no se me podía parar porque la tenía pegoteada.

Cuando volvimos al departamento de Vivi, me desarmó a medias y me despegó el pito que con el manoseo se me paró. A los dos minutos estábamos chapando y besándonos. Me importaba tres carajos que Vivi hubiera sido Luis de nacimiento. Me la cogí como a cualquier mina con la diferencia que se tuvo que lubricar la vagina. Cogía como los dioses, como he cogido pocas veces en mi vida. Me pidió que antes de acabar la cogiera por el culo, que le resultaba más fácil llegar al orgasmo. Yo estaba en la gloria. Se la metí con un poquito de dificultad, pero al décimo empujón, empezó a gritar y acabó en un muy buen orgasmo.

Vivi es actualmente mi pareja. Ella atiende a los travestis del Rosedal y yo les proveo ropa y accesorio para sus tamaños. Eso tiene algo de maravilloso. Me permite quedarme con ropa femenina que me encanta. Los sábados a la noche, mi novia sale con su novia y entre las dos rompemos los sábados y yo he logrado desvirgar unos que otros culos masculinos que es lo que más me gusta. También me dejo culear y cuando descubrían que realmente yo era un varón, nunca jamás en unos 200 sábados ningún tipo hasta ahora me rechazó.

El error

Víviamos en Sudáfrica y después de estar allá un tiempo separados con mi¬ esposa, tuvimos la voluntad y la necesidad de reconciliarnos. Estar lejos es muy difícil y encima mi mujer es azafata.
Después de haber estado casi un año viviendo en Sudáfrica trabajando para la AFA, tuvimos que organizar la mudanza para regresar a Buenos Aires. En ese ultimo mes,
habí¬amos empezado a discutir bastante. Hacia rato que estábamos afuera y Vanessa
ya extrañaba mucho a su familia y poder volver a casa. Toda esa situación, la
tenia muy nerviosa y para evitar seguir peleándonos y un divorcio seguro, le acepté que se volviera a Buenos Aires antes que yo. Ella lo tomó como una ofensa. Enojadí¬sima, ese mismo dí¬a, armó sus valijas y se fue al Aeropuerto de Pretoria. Mucho no pude hacer para convencerla y por encima de todo, todaví¬a me faltaba un mes para terminar mi contrato con la AFA, hacer las rendiciones de cuenta y cerrar los números, por lo que me tuve que quedar solito.

Vane regresó furiosa a la Argentina, dispuesta a iniciar el divorcio. En su primera semana en Baires, conoció una persona, quien la invitó a salir. Como ella estaba muy
enojada y ofendida conmigo, aceptó. Salieron un par de veces, lo cual le sirvió
para distraerse y cambiar un poco su humor. A los 35 dí¬as, yo regresé a casa.

Después de algunas charlas y discusiones, resolvimos arreglarnos y todo volvió a
ser como era antes. Un poco avergonzada y arrepentida, Vane me contó su corto
romance con lujo de detalles y me pidió disculpas. Sin darle mucha trascendencia, la perdoné y nuestra vida en pareja continuó como en sus mejores momentos.
Un viernes, yo me levanté muy tempranito para ir a trabajar al centro. Ese mismo viernes, Vane tenia marcado un turno a las 16:00 horas con un médico en Barrio Norte.
Cuando llegué de regreso a casa, me encontré con una notita de ella, donde me pedí¬a que por favor la pasara a buscar a la salida del médico. Justo cuando me estaba cambiando para salir, me sonó el celular. Atendí¬ y era Vane para preguntarme si habí¬a leí¬do la nota y para avisarme que habí¬a cambio de planes. Ahora me pedí¬a que la pasara a buscar a las 17:30hs por el Museo Renault, una confiterí¬a que queda sobre la avenida
Figueroa Alcorta, donde se iba a encontrar con su amiga Karina. Le dije que no habí¬a
ningún problema e inmediatamente me fui a bañar y cambiar. En las dos noches anteriores, mientras hací¬amos el amor, a tono de fantasí¬a, le dije que me encantarí¬a si alguna vez pudiésemos traer alguna minita a nuestra cama.

Explotando de celos, Vane se enojó conmigo, pero a su vez se excitó un montón. Yo conozco cuando una idea la ratonea. No lo reconoce, pero… Medio en broma y medio en serio, le tiré un par de nombres de azafatas compañeras de ella, a las cuales me hubiera encantado coger. Yo le decía que eran “gatos voladores”. Ella ya rebuznaba de la bronca, pero al seguir con la fantasí¬a e insinuando que ellas la iban a besar y a chupar
toda, percibí¬ que la idea no le desagradaba para nada. Es sabido que nuestra aerolinea tiene a los mejores gatitos que la política haya podido amontonar en un solo lugar. Fea, lo que se dice fea no hay ninguna. La que no corre, vuela y volar, volaban todas a 10 mil metros de altura.

Mientras yo me seguí¬a bañando, en un momento, se me cruzó por la mente, que mi mujer estaba ideando algún plan extraño, y con las experiencia ya vivida con su salida fugaz y amenazas de divorcio, definitivamente me terminé de convencer. Vane estaba trayendo una mujer para que intentáramos alguna relación y darme la sorpresa de mi vida. Comencé a volar de la excitación, me empilché con lo mejor que tenia, me puse todo tipo de cremas, talcos, perfumes, pintura de guerra y salí¬ volando para el Barrio Norte a encontrarla. Durante el viaje, intenté ir imaginando como iba a ser todo esto, como irí¬a a empezar, quien iba a tirar la primera piedra. Pero indudablemente todo esto era idea y obra de Doña Vane, así¬ que iba a confiar en ella y dejarla comandar la situación. ¡Que divina, la yegua de mi mujer!, armar un trí¬o con una compañera para que lo disfrutemos los dos. Realmente, qué suerte tengo en poder tener esta confianza con mi mujer y que a ambos nos guste o exciten las mismas chanchadas. Esto ultimo, más la intriga de la situación planteada, me tení¬an muy calentito. Llegué a dicho lugar, estacioné el auto y al entrar vi a Vane con Karina sentadas en un rincón, llamándome con la mano. Saludé a Karina y pedí¬ algo para tomar mientras ellas hablaban sin parar.
Yo estaba muy a la expectativa. ¿Sería con Karina? ¡Estaba inclusive mejor que mi mujer! Pasaron y pasaron los minutos, yo esperaba alguna seña o algo de Vane. Las chicas seguí¬an hablando, yo escuchaba, y cada vez me desilusionaba más que lo que me habí¬a imaginado, era realmente imaginación. Se me cayó el alma al piso. Me sentí¬ con culpas. Que mente tan podrida que tení¬a, como me iba a imaginar eso de mi esposa.
Inmediatamente reaccioné, me puse las pilas, empecé a participar de la conversación y así¬ estuvimos charlando amenamente por casi media hora más. De repente entraron al local dos muchachos muy elegantes, que se sentaron cerca de nosotros. Las chicas seguí¬an dándole a la lengua y no se percataron de su presencia. Uno de ellos se daba vuelta constantemente para mirar a nuestra mesa. Pensé que era porque realmente las dos están buenísimas y son atractivas, pero estaba equivocado. En un momento determinado, este muchacho se paró y encaró hacia nuestra mesa. Vane levantó la vista, y empalideció, su cara se empezó a desfigurar con una sonrisa falsa, se la veí¬a algo incomoda.
−¡Hola Vanessa! − dijo el tipo.
− Hola Sergio, ¿como estas? − le respondió Vane.

En ese momento, me transfiguré, porque me vinieron a la memoria esos dos meses que habí¬amos estado separados con Vane. En ese í¬nterin, ella había conocido a un tipo de unos 35 años que se llamaba Sergio con el cual salió un par de veces. Como Vane siempre me cuenta y me confiesa todo, hice un esfuerzo para recordar que en esa oportunidad, ella me habí¬a contado que el tipo le habí¬a gustado mucho, que le calentaba mucho el fí¬sico que tení¬a y que se habí¬a sentido orgullosa del levante que habí¬a realizado. De todas formas, me habí¬a contado que con el tipo no habí¬a pasado nada; que habí¬a salido al cine un par de veces y otra vez a bailar. Un par de besos y mucha franela, pero nada más. El tipo se habí¬a quedado calentito, la llamó una semana seguida por teléfono, pero como justo nos arreglamos en ese momento, y Vane le habí¬a cortado el rostro, se cansó y no la llamó más. Bueno, éste era el tipo que tení¬a enfrente mí¬o y lo peor de todo es que tení¬a un lomo bárbaro y toda la facha. Vanessa, después de mirarme muy fijo a los ojos, como queriéndome decir "Calma, no hagas kilombo y esperá", nos presentó.
− Les presento a Sergio − nos dijo.
− Ellos son Kari y Clau − le dijo a él.
− Un placer − nos saludó amablemente y agregó que estaba con Pablo, a quien llamó
para que venga hasta la mesa.

Todo fue muy rápido, justo pasó el mozo y le dijo:
− Por favor, sí¬rvanos los cafés en esta mesa que nos vamos a quedar acá.

Al instante, estaban los dos tipos sentados en nuestra mesa coqueteando a las chicas y yo no entendí¬a lo que pasaba. Lo mismo le pasaba a Karina, con la diferencia que Pablo, el otro en cuestión, ya le habí¬a gustado y ya poní¬a carita de enamorada.

− Chicos − dirigiéndose a Kari y a mi − Sergio es el chico que les conté que salí¬ un par de veces en agosto cuando volví después del mundial.

Simultáneamente me pisó el pie por debajo de la mesa, como para que me quede en el molde. ¡Que hija de puta que era mi mujer!, Ahora que se habí¬a relajado, era como que estaba jugando conmigo. De todas formas, a pesar de los celos, broncas y demás yerbas, como estaba muy excitado, esperé un poco y aguardé para ver como ella manejaba la situación. Karina y Pablo ya estaban a las carcajadas hablando en un rincón. Se notaba que se habí¬an gustado mutuamente. Sergio, tomándole la mano a Vane le dijo
− ¿Cómo estas linda? No me llamaste nunca más.

Yo, ya estaba a punto de pararme para agarrarme a trompadas, cuando Vane me volvió a pisar el pie. Me la aguanté y volví¬ a esperar. Para calmar mis nervios y cambiar mi cara, llamé al mozo pidiéndole mas bebidas para todos. Ellos repitieron café, Kari y yo Coca Cola y Vane pidió un Gin Tonic. ¡Que reverenda yegua!, esto significaba que ya se sentí¬a cómoda, sin apuro y a gusto. Mi furia se empezó a calmar al ver a Vane trabajando. Kari ya estaba muy melosa con Pablo. Lo que a mi me daba mas por las bolas, era que a pesar de que yo participaba en todas las charlas, ninguno de estos dos
personajes, sabia o habí¬a preguntado, ¿Quien era yo? ¿Si era un amigo de las chicas? ¿O el novio de Kari? ¿O el marido de Vane? Se cagaron en todo y fueron al ataque. Como Vane no aclaraba nada, yo fumaba (virtualmente). Estuvimos charlando de computación, contando chistes, riéndonos, en fin hablando de la vida y el canto. Sergio de tanto en tanto intentaba tomarle la mano o pasarle el brazo por la cintura, pero Vane con mucha
calidad y soltura, lo evitaba.

En un momento de la charla, Kari dijo que ya se le hacia tarde y que se tenia que ir. Pablo se ofreció a llevarla, puesto que Kari estaba a gamba. Ambos se pararon, nos saludaron y partieron inmediatamente. No se, ni me imagino donde habrán ido, pero huyeron. A partir de allí¬, sin Karina presente, Vane fue otra persona. Mucho menos tensa, más desinhibida, como más cómoda. Ella me transmitió esa tranquilidad a mi, que empecé a disfrutar mucho mas de la cosa, focalizando donde yo querí¬a. Sergio a todo esto, seguí¬a en su conquista delante mío como si yo no estuviera.

Ni se imaginaba en las redes que estaba cayendo. Vane, haciéndose la inocente, le pasó la mano por el pecho aSergio y me dijo
− ¿Viste que lomo que sacó Sergio en el gimnasio, por qué no empezas a ir vos también?

Sergio se empezó a agrandar, y lo lamentable es que tení¬a con que. Seguimos charlando y pasando el rato hasta que en un momento, después de un chiste muy gracioso que contó Sergio, Vane cariñosamente le dio un piquito en la boca. A mí¬, ya me salí¬a espuma por las orejas, pero pisótón mediante me la aguanté otra vez.

Poco a poco, Vane se empezó a convertir en la anfitriona de la tarde, contaba chistes, aventuras en vuelo, anécdotas muy cómicas, ¡Tenia cada salida, que te la comí¬as!
Después le llego el turno a los chistes verdes, ya las malas palabras abundaban, cada uno empezó a contar diferentes historias de sexo, realmente fue muy divertido.
El flaco seguí¬a intentando por algún medio, tocar o agarrar a Vane, y ella, a estas alturas, ya no lo sacaba. Como quien no quiere la cosa, en un momento que yo dije algo gracioso y Vane me dio un abrazo y me acarició la cara. Ahora era Sergio el que se puso celoso. Y así¬ continuó como una lucha, para ver quien le agradaba mas, hasta que Vane dijo
− ¿Por que no la seguimos en otro lado?

Eran como las 8 de la noche, cuando salimos a la playa de estacionamiento. Vane iba caminando del brazo en el medio de los dos. Sergio estaba con su auto y yo con el mí¬o.
Como para darles confianza y apoyo, les dije
− Vayan ustedes en su auto que yo los sigo.

Vane y Sergio aceptaron sonrientes. Yo me querí¬a cortar las pelotas, no se porque carajo decí¬a estas cosas. Le estaba facilitando el camino a este tipo. De golpe me agarraba el arrepentimiento, pero lo hacia por mi pareja, a ambos nos estaba gustando esto. Con todo el remordimiento del mundo, los seguí¬. Por un lado me morí¬a de celos y por el otro
hubiera querido tener un micrófono para escuchar de qué hablaban en el trayecto.

Tomaron la avenida Libertador, cruzaron a la provincia y fueron para un restaurante que se llama La Bahí¬a. Casualmente adonde fuimos con Vane, el dí¬a que nos dimos nuestro primer beso y también casualmente donde fueron ellos solos a cenar una vez. En La Bahí¬a, cenamos magní¬ficamente, nos divertimos un montón, tomamos champán y continuamos charlando sobre experiencias sexuales.

Estábamos prácticamente solos, en una mesa mirando al rí¬o, y Vane estaba sentada
al lado de Sergio. A la hora de los postres, Vane le dio un beso en la boca y Sergio ya hablaba naturalmente con su brazo en la cintura de Vane.

Vane seguí¬a siendo la estrella de la noche, codiciada por dos hombres. Sin querer ser
egoí¬sta, me puse un poquito en su lugar, y no me quedó otra que entenderla y seguir disfrutando con ella de este momento. Sé que ella también lo estaba haciendo por los dos, amen de que Sergio le gustaba. En el momento que llegó la cuenta, se me quemaron los papeles. Sergio muy decidido, la agarró por la cintura y dijo:
− Bueno, realmente la pasamos bárbaro, nosotros no vamos y ojalá nos encontremos otro dí¬a para seguirla.

Vane se quedó muda y mi no me quedó otra que saludar y esperar para ver como continuaba esto. ¡Me querí¬a matar y matarla a ella también! Se la estaba llevando.
Ellos subieron al auto de Sergio, yo al mí¬o y emprendimos el regreso. Como a las cincocuadras, se detuvieron.
Me arrimé hasta su coche, Vane abrió la ventanilla y me dijo:
− Che, seguinos que los voy a llevar a un lugar muy lindo.

¡Puff!, que salvada, respiré tranquilo. A Sergio no le habí¬a gustado nada esta decisión de Vane, porque se querí¬a ir solo con ella, pero no le quedó otra alternativa que acatar, porque ella estaba controlando la situación. Se le notaba en la cara de ojete que tenía.
Sin saber para donde rumbeaban, los seguí¬. Tomaron la avenida Libertador hacia Capital, doblaron en la Avenida Gral. Paz y salieron a la Autopista Richieri. ¡Definitivamente estábamos yendo para casa! Me empecé a asustar, porque no sabí¬a como í¬bamos a salir de esta.
Durante el viaje pude apreciar que estaban a los manotazos limpios, en el buen sentido de la palabra. Finalmente llegamos a casa, estacionamos los autos y entramos. Sergio no sabia ni donde estaba parado, cara de culo mal, pero tampoco preguntó. Yo no dije ni A y Vane tampoco tocó el tema. Nos sentamos en el living y Vane fue a la cocina para hacer café.

Sergio se fue como una tromba detrás de ella. Escuché que hablaban en vos baja y él le preguntaba enojado, para que me habí¬a invitado a mi. Pude ver a través del pasa platos que Vane no le contestó y que a cambio, lo abrazó del cuello y le dio un espectacular beso de lengua. Me quedé en el living sentado, haciéndome el tonto. Al ratito volvieron los dos con una bandeja con el café servido. Sergio se sentó y Vane fue para el Play Room. Puso una música suave y volvió con un juego de tablero en sus manos. Era un viejo juego para parejas que tení¬amos hace un montón de tiempo donde los participantes se iban sacando la ropa, conforme a sus errores. Me empecé a matar de la risa y Sergio también. Justo comenzaba un tema lento muy bueno y ganándole de mano a Sergio, la agarré a Vane y empezamos a bailar. A ella no le quedó otra alternativa que aceptar.
Sergio estaba como loco, se le notaba en la cara, pero no le daba para atar ningún cabo.
La imagen era realmente excitante, estábamos a media luz, y muy agarraditos, le empecé a morder despacito el cuello y mis manos bajaron hasta tocarle la cola y apretársela como dos manzanas. Vane, que ya vení¬a juntando calentura durante toda
la noche, estaba toda mojada. Cuando le quise dar un beso en la boca, me sacó y
dijo
− Ahora me toca bailar con Sergio.

El se paró, yo me corrí¬ y empezaron a bailar. Ni bien él la agarró, ella le empezó a comer la boca mal. Era impresionante ver como Vane le acariciaba sus pelos, prácticamente con sus pies colgando, agarrada del cuello de Sergio. Se notaba que ella ya no podí¬a más. Yo ya estaba con un palo tremendo y no me imagino como estarí¬a él.
Sin embargo, cuando terminó el tema, ella dijo que era hora de empezar a jugar y nos ordenó sentarnos. Nos tení¬a como a dos chicos, y nosotros aceptábamos las órdenes.
Vane cada vez crecí¬a mas y controlaba mejor la situación. Era fantástico ver a mi
mujer en este estado, estaba recaliente pero también estaba muy feliz porque se le estaba cumpliendo uno de sus sueños conmigo. Comenzamos a jugar y todo era un relajo, perdí¬amos a propósito. El primero en perder fue Sergio, quien se tuvo que bajar los
pantalones y mostrar el slip. Lo fue haciendo de a poquito, muy sensualmente siguiendo la música. De repente se le empezaron a ver sus abdominales muy marcados y llenos de pelos. El tipo moví¬a su cintura de a poco y mientras bajaba su pantalón, el slip bajó un poquito, era un Calvin Klein negro con la marca impresa en blanco y empezaron a asomar unos pendejos por encima del elástico. Inmediatamente como para enfriar la cosa, se volvió a subir el pantalón. Vanessa estaba petrificada y se le caí¬a la baba.
Tuvimos que continuar con el juego, era mi turno. Yo también perdí¬ a propósito, me leyeron la prenda que decí¬a que debí¬a mostrarle a mi participante de la derecha, que era Sergio, como me tocaba y me masturbaba durante un minuto.

Yo en cambio, lo hice para ambos, así¬ como estaba sentado, me empecé a bajar el pantalón y el slip muy despacito. Estaba muy al palo, me la empecé a tocar, la agarré fuerte y empecé a masturbarme de a poco. Muy despacio y sensualmente continué pajeándome desde los huevos hasta la punta. Cuando la cabeza asomó, estaba llena de leche en la punta que se veí¬a por el reflejo del velador. Vane ya deliraba, quiso vení¬rseme encima, pero inmediatamente me volví¬ a subir el pantalón y le dije
− Continuemos con el juego.

Ahora era el turno de ella. Por supuesto que también perdió a propósito y me tocó a mí¬, leerle la prenda, la cual inventé descaradamente. Haciendo que leí¬a dije
− Deberás ponerte en cuatro patas y simular como lo harí¬as si estuvieras cogiendo.

"¡Huija!", los dos hombres festejábamos a los gritos y Vane se sentí¬a una diosa, aunque estaba un poco colorada o se estaba haciendo la tontita. Dijo
− Bueno, sino me queda mas remedio.

Se sacó los zapatos y empezó bajarse su Jean súper ajustado de a poquito. Bailando como una verdadera perra, se terminó de sacar el pantalón y volvió a colocarse los zapatos de taco. Las curvas de mi mujer eran impresionantes, la tanga le quedaba pintada y tení¬a la cara más sensual que habí¬a visto en mi vida. Aunque la prenda no lo pedí¬a, continuó sacándose la remera hasta dejar a la vista su busto perfecto (90) dentro de un hermoso corpiño. Se paró en la mesa ratona en el medio de nosotros dos y bailando muy sensualmente dando vueltas, se fue sacando la tanga de a poquito, tapando su pubis con una mano. Al terminar de sacársela, se la refregó por la cara a Sergio, que estaba muerto extasiado viendo la excitante escena de Vane, a quien nunca habí¬a visto desnuda y ahora la tenia regalada arriba de la mesa a medio metro.

Siempre con una mano tapando su pubis, Vane se fue recostando sobre la mesa y daba vueltas mientras se tocaba y jadeaba. Se fue incorporando como una gata y quedó en cuatro patas. Giró su cuerpo, dejando la cola para nuestro lado y sacó la mano que le tapaba, para chuparse unos dedos. Lentamente empezó a deslizar una uña por la raya de su concha. Continuó introduciendo la puntita de un dedo dentro de su vagina y haciendo el simulacro como que estaba cogiendo. A estas alturas, ya ambos explotábamos de excitación. Sin dejar de mover su cuerpo, ella fue girando hasta quedar sentada enfrente a nosotros. Abrió mucho sus piernas y ambos pudimos ver que no tení¬a un solo pelo. Vane se habí¬a depilado toda a cero, le quedaba espectacular y yo no lo sabia. Era una
sorpresa que me tenia preparada y justo me la estaba dando en estas condiciones.

Vane continuó tocándose, ofreciéndonos un show inigualable. Su concha se empezó
a abrir de golpe y todo estaba muy mojado alrededor. Como sincronizados, Sergio
y yo sacamos la pija afuera y sentaditos como estábamos nos empezamos a masturbar.
Que alucí¬nate que era ver a mi mujer así¬, en ese estado. De repente se empezó a mover cada vez más rápido y a más velocidad hasta que acabó a los gritos pelados pidiendo por favor que la cogiéramos entre los dos.

Verla toda depilada y en ese estado, diciéndonos esa frase
− Argggg, por favor!! Cójanme entre los dos − me hizo despertar el indio de adentro.

La agarré violentamente, la sacudí¬, la di vuelta y dándole un par de sopapos en la cara, se la metí¬ toda por el orto sin asco y con fuerza, solo llegó a decir
− Por la cola, no…

E inmediatamente estaba jadeando, serruchando y gritando a todo lo que daba. Ante
tal escena sexual de violencia, Sergio se paró y se vino hacia nosotros con su bruto palo en la mano. A pesar de todo, Vane pudo controlarse y le pidió que por favor se ponga un forro. Mas rápido que un bombero, Sergio metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó uno. En ese momento, Vane se arrepintió y le dijo
− No, espera. Antes poneme esa pija en mi boca...

No le dio tiempo. Se la metio en la boca y ella empezó a chupar como una tremenda puta, metiéndose más de media pija en su boca. Al ver eso, yo seguí¬ metiéndosela y sacándosela por la cola cada vez mas rápido,con lo cual Vane acabó al toque y a los alaridos con pija en la boca y todo. Yo tení¬a tanta excitación que no podí¬a acabar.

Vane seguí¬a chupándole la pija a Sergio, que ya la tenia de un tamaño descomunal.
Al ver que yo me moví¬a cada vez más rápido, le saqué el forro de la mano a Sergio y lo empezó a abrir. Se sacó la pija de la boca y empezó a tratar de deslizarle el forro. A ella le costaba mucho ponérselo porque él tení¬a la pija muy grande. Durante la lucha por ponérselo, Vane volvió a acabar, gritando cuantas mala palabras existen. Sergio la ayudó a colocárselo, hasta que lo lograron.

Yo, ya no podí¬a más, tení¬a la poronga como anestesiada y sentí¬ que me empezó a venir de golpe. Así¬ enganchados como estábamos, arrastré a mi mujer hacia el sofá, y con toda mi pija dentro de su cola, me tire hacia atrás, dejando a Vane con toda su concha abierta y expuesta. Yo, en esa posición, ya no me podí¬a mover. Sentí¬ que mi leche se venia y empecé a apretar el culo para no acabar. Vane también lo percibió y empezó a gritarle a Sergio que se la metiera de una vez por todas y que acabásemos los tres juntos.
Sin dudarlo, porque tampoco podí¬a más, Sergio se la fue metiendo de a poquito para que no le duela.

Llegó a un punto tal, que prácticamente nuestras pijas se chocaban dentro del cuerpo de Vane. Allí¬, paró, se derrumbó arriba nuestro y empezó a moverse como un caballo, desenfrenado. A pesar de estar medio asfixiado, yo en ese momento le empecé a llenar la cola de leche. Al sentirla, Vane volvió a acabar como una perra, con toda su piel de gallina y temblando, dejándole sus diez uñas clavadas en la espalda de Sergio, quien en ese momento también acabó de golpe. Quedó tirado arriba nuestro como un trapo, agotado y todo transpirado. Le pedimos por favor que se levantara porque nos pesaba mucho. Al empezar a hacer el esfuerzo por levantarse, Sergio, se volvió a excitar.
Se le salieron los ojos para afuera y le pidió a Vane que por favor no dejara de moverse porque sentí¬a que iba a acabar de vuelta. A pesar que ya le dolí¬a mucho, Vane lo ayudó y se lo bancó. Sergio empezó a jadear como un animal. Se moví¬a como una bestia, su marcado cuerpo se arqueaba todo. Se la metí¬a hasta el fondo, apretando con fuerza.
Yo debajo de todos, sentí¬a que también me estaban cogiendo a mí¬. Vane, excitadí¬sima, abrió su boca como un hipopótamo y él le metió su lengua hasta la garganta. Después de moverse desesperadamente por unos 30 segundos, Sergio volvió a acabar. Habí¬a acabado dos veces al hilo y sin sacarla. Quedó completamente destruido, se corrió hacia un costado y finalmente nos pudimos levantar. Sergio quedó boca arriba con el forro lleno y colocado. Vane se lo quitó con cuidado. Derramó toda la leche en su mano y se la esparció por todo su pecho.

Tocándose las tetas y dando gemidos de placer, acabó por última vez. Acto seguido, se paró y fue para arriba. Escuché que abrió el agua y se dio una ducha. Nosotros quedamos mudos los dos, tirados en el sofá. A los 10 minutos mi mujer bajó como nueva, envuelta en una toalla. Se sentó arriba mí¬o y me empezó a besar, acariciar y a decirme cosas románticas. Me juró que nunca habí¬a sentido tanto placer como en esa noche. Sergio, empezó a mirar desencajado y no entendiendo nada y dijo
−¿Pero entonces ustedes dos son pareja?

Empezó a reí¬rse de golpe y comentó

− ¡Entonces, vos sos el famoso contador que estaba en Sudáfrica! ¿Cómo no me di cuenta antes?

Todos nos reí¬mos. En ese momento Vane, un poco apenada, le dio un piquito, le acarició la cara y le dijo:
− Claudio y yo nos amamos con locura, vamos a estar juntos toda la vida y nada o nadie nos va a lograr separar. Esto lo hicimos por puro placer y salió así¬ de pura casualidad.
− A buen entendedor, pocas palabras − dijo Sergio.

Vane continuó explicándole como era la cosa y Sergio la entendió perfectamente. No hizo falta repetir nada, para eso éramos tres adultos. Sergio asintió en todo y preguntó si al menos se podí¬a quedar a dormir hasta la mañana siguiente porque estaba muy cansado. Allí¬ intervine yo y le dije que disculpara, pero no, que ya había sido suficiente.
Le pedí¬ que por favor hiciera un último esfuerzo y se fuera manejando. El concordó. Se lavó un poco, se vistió, nos saludó a ambos y partió muy contento. El tampoco habí¬a gozado tanto en una noche. Apagamos las luces, cargue a Vane a upa y fuimos para nuestro dormitorio. Nos acostamos y dormimos abrazados toda la noche. A la mañana siguiente, nos despertamos recalientes y nos pegamos otra cogida. Cuando terminamos yo le dije que pensaba que íbamos a estar con Kari y que terminamos con su “ex casi novio”, y la felicité por lo bien que había planificado todo. Ella me miró con los ojos como el dos de oro:
− No boludo. La cosa era con Kari. Ella te quería ver, porque hacía mucho que no te veía para ver si le gustaba la mano. Sergio y Pablo cayeron de casualidad.
− ¿Queeeé?
− Si fue pura casualidad. Espero que a Kari le haya ido bien porque estaba re entusiasmada de que hiciéramos un trío ella, vos y yo. Yo te pisaba para que no armaras quilombo, pero que le dijeras a este chico quién eras y que se las tomara…

Me quería cortar las bolas y tirársela a los chanchos. Faltan meses para que Kari y Vane coincidan un fin de semana en Buenos Aires.

Dominadora

Llevamos siete años de casados. Tenemos dos hijos de tres y cuatro años. Para todos somos una pareja normal. Mi esposa Laura es abogada y tiene un estudio que era del padre en el que trabajan cinco empleados. Yo no soy profesional: tengo un cómodo y aburrido empleo en el Gobierno de la Ciudad, en el que gano muy bien. Nuestra vida social es por demás activa: todos nos tienen como una pareja feliz. Y lo somos aunque ellos no conozcan ciertas tendencias que nosotros mantenemos en secreto. Laura es una mujer de carácter muy fuerte. Esa personalidad la forjó desde su adolescencia cuando tuvo que hacerse cargo de su casa porque su madre la abandonó a ella y a su padre. Trabajó y estudió y nada pudo detenerla para que logre su objetivo de ser abogada como su viejo. La rondaron, y todavía la rondan, muchos pretendientes porque siempre fue una mujer hermosa: mide un metro ochenta, tiene cabello rubio natural, hermosas piernas y exactos pechos. Las dos maternidades no hicieron más que hacer su figura más atractiva. Como dije siempre la pretendieron muchos hombres, entonces, ¿por qué me eligió a mí¬? Siempre fui un tipo medio quedado.

Después de la secundaria, gracias a una influencia de la familia, entré a trabajar en la
municipalidad y me conformé. Mi carácter siempre fue tranquilo y nunca tuve problemas que los demás decidan por mí¬. Es verdad que dicen que tengo una linda
figura y un rostro aniñado, pero Laura me eligió como esposo porque ella siempre tuvo en claro qué precisa de los hombres. Desde la primer vez que tuvimos relaciones, cuando éramos novios, quedó en claro que era ella la que mandaba en la cama. Lo hací¬amos cuándo y cómo ella querí¬a. Generalmente le gustaba montarme y duraba lo que ella deseaba. Siempre tuvo ese poder sobre mí¬: hacerme acabar cuando ella quisiera.

Antes de ella, todas mis relaciones habí¬an sido normales. Pero cuando empecé a
acostarme con Laura todo cambió para mí¬. Ser totalmente pasivo fue lo que me
volvió preso de sus encantos y ya no pude salir de su embrujo. Ella por su parte había tenido como veinte novios y con todos terminó mal, porque no se aguantaban su carácter dominante y decidido.

Lo que pasaba en la cama, aquella dominación aún light por llamarla de alguna manera, se trasladó, en cierta manera, a nuestra vida cotidiana. Laura decidió la fecha de nuestro matrimonio y después quedó embarazada cuando ella quiso. Nunca me alentó a que yo progrese en mi vida laboral; por el contrario, siempre encontró cierto placer nunca expresado, en que sea ella la que aportara la mayor parte del dinero que ingresaba a casa. Varias veces intentó que yo pasara a ser un “amo de casa”. Es lo único que no logró hasta ahora.

Gracias a su carácter tenaz logró ser una respetable profesional. Mientras, el ritmo de nuestras relaciones sexuales fue acomodándose a las tendencias de Laura. Yo aceptaba gustoso y cada vez más dependiente este rumbo. De aquellas insinuaciones surgidas en nuestros encuentros cuando éramos novios, pasamos a verdaderos rituales nunca pactados previamente. No vale la pena comentar como evolucionamos, baste citar como
ejemplo a que punto habí¬amos llegado un año atrás, momento en que se produjo un
hecho que profundizó aún más las caracterí¬sticas dentro de las cuales hací¬amos (me hací¬a) el amor con Laura. Por aquel entonces, si luego de acostar a los chicos, ella
entraba a la habitación y echaba llave a la puerta significaba que yo debí¬a prepararme.
Esto querí¬a decir que debí¬a quitarme la ropa y quedarme en slip.

Entonces, debí¬a ir hasta ella que generalmente me aguardaba con los brazos en
jarra, recostada contra una de las paredes del cuarto. Lentamente debí¬a quitarle
la ropa, su blusa, la pollera que siempre usa por encima de la rodilla para mostrar sus piernas larguísimas, hasta que quedara solamente en tanga, medias negras y zapatos de taco altísimo. Con tacos me lleva media cabeza. Entonces, yo comenzaba a adorarla, esto es, besarle, rozarle, cada parte de su cuerpo, su cuello (su boca me esta vedada) sus hombros, sus pechos, las piernas, sus pies. Llegado a este punto, Laura se daba vuelta y permití¬a que le bese largamente el culo y la espalda. Una vez finalizado esto, debí¬a esperar. Por lo general, debí¬a seguirla de rodillas hasta un sillón que está ubicado en un rincón del cuarto. Una vez allí¬, debí¬a sacarle lentamente las medias, besarle las piernas, y los muslos hasta. La descalzaba y le masajeaba cada dedo. Después me hací¬a una seña (bastaba eso, que me hiciera una seña, rara vez me hablaba) entonces, recorrí¬a el camino inverso, volví¬a a subir con mi boca por sus piernas. Entonces, ella me agarraba de los
pelos y me mantení¬a largos minutos a escasos centí¬metros de su concha, haciéndome
desear con locura lo que yo más quiero en el mundo. Por fin, dejaba que mi lengua hurgue entre sus pliegues, con suavidad primero, con mayor frenesí¬ más tarde hasta que Laura estallaba en su primer orgasmo. Era el momento de seguirla hasta el baño que está dentro de nuestro cuarto. Allí¬ Laura tomaba un baño de inmersión; yo permanecí¬a con ella esperando con el toallón tibio en la mano a que ella terminase.

Cuando apagaba la ducha yo la secaba y la encremaba. A continuación me retiraba y la tení¬a que esperar al costado de nuestra cama. Y ahí¬ empezaba el verdadero juego de Laura, lo que más le agradaba hacer.

Muchas veces me vendaba los ojos: entonces la oí¬a andar a mi alrededor, se detení¬a de pronto y comenzaba a acariciarme el pene durante uno o dos minutos, al tiempo que me besaba largamente. Me dejaba para situarse detrás de mis espaldas y sentir sus pechos en mis espaldas, mientras con su mano me apretaba fuertemente las nalgas. Volví¬a a agarrarme del pene y me llevaba al sillón. Me obligaba a sentarme. Después se sentaba a horcajadas y se contorneaba aunque ignoraba mi pene enhiesto lo que me enloquecí¬a aún más. También podí¬a suceder que tomara mi miembro con sus manos y simulara introducirlo en su sexo pero mi glande apenas si rozaba sus labios vaginales. Más tarde se dedicaba a una larga succión aunque al mismo tiempo apretaba la base de mi pene lo que dejaba muy lejos la posibilidad de acabar; me refregaba sus pechos en la cara; me ofrecí¬a su culo aunque apenas lo rozaba con mi boca. Después me llevaba, por fin, hasta la cama. Allí¬ debí¬a esperarla acostado boca arriba. Laura se trepaba y se paraba con las piernas al lado de mi cuerpo. Comenzaba a bajar lentamente hasta que su sexo se depositaba sobre mi boca. Yo lo chupaba con pasión. Podí¬a suceder también que Laura me regalara con un 69 que me volví¬a más loco porque ella tení¬a unos terribles orgasmo pero yo no. Cuando Laura acababa se sentaba en la cama a un costado mí¬o, entonces, yo le preguntaba si podí¬a acabar: si ella me autorizaba, me ponía en cuatro patas y ella me introducía un anero y me ordeñaba el pene como si fuera una vaca.

En el caso que Laura no me permitiera acabar debí¬a esperar hasta la próxima, o descargarme solitariamente en el baño cuando ella se dormí¬a. Así¬ eran por lo general, nuestras relaciones sexuales. Muchas veces me hacía poner ropa interior femenina. Yo estaba obligado a hacerme depilar completamente dos veces por mes con la depiladora que la atendía a ella que estaba muy buena. Ella me compraba la ropa y me la traía: tangas, corsets, medias y ligueros. También enía vestidos de ella de cuando estaba con tres o cuatro meses de embarazo, que me quedaban muy bien. Ella me peinaba y maquillaba. A veces tenía orgasmos cuando lo hacía, porque se tocaba simultáneamente.
Mucho dependía del humor de laura, porque el otro juego que la volvía absolutamente loca era el de atarme con cinturones míos, dejarme inmovilizado y ella me podía chupar el pene o lamer el culo, pero yo no podía tocarla. De todo eso era lo que más le gustaba y lo hacíamos cuando estaba de muy buen humor. Los mejores orgasmos los obtenía combinando el vestirme con ropa femenina y restringir mis movimientos con mis cinturones de cuero.

Debo aclarar que no habí¬a dolor, violencia ni fí¬sica ni verbal.

Fuera de nuestra habitación, repito, éramos una pareja normal. Pero hace un año sucedió un hecho que conmovió nuestra existencia y que puso las cosas en el lugar en que hoy se encuentran. Una tarde de verano yo habí¬a vuelto del trabajo. Estaba solo.

Sonó el timbre y cuando abrí¬ la puerta me encontré con un mensajero que me entregó un paquete que estaba dirigido a mí¬. Era un cassette VHS. Intrigado lo coloqué inmediatamente en la ví¬deo cassettera y me dispuse a verlo. Era una filmación en el estudio de Laura. Apareció ella y le sonrió al lente. Luego se sentó detrás del escritorio.
Enseguida apareció uno de los empleados que trabaja con ella. Era un muchacho joven, mas alto que ella y de un gran físico. Se llama Esteban y era el último que habí¬a entrado a trabajar con mi esposa. El se paró al lado del sillón giratorio de Laura que lo miró
sonriéndole. Luego, sin preámbulos, Laura le bajó el cierre de la bragueta y extrajo su pito. Era un pene realmente muy imponente más por lo largo que ancho, que mi esposa comenzó a masturbar lentamente y cada tanto se lo llevaba a la boca. Esteban no hací¬a nada, tení¬a los brazos colgados al costado del cuerpo pero no atinaba a nada, solo
disfrutaba. Luego de un rato, él se puso de rodillas. Entonces, mi mujer se abrió de piernas y dejó que él le quite las medias y la bombacha. Ella le colocó la tanga en la cabeza y el se sumergió en el sexo de mi mujer y comenzó a lamerla. Se veí¬a que Laura gozaba hasta que en un momento ella se incorporó y dio vuelta al escritorio, quedando más cerca de la cámara. Él la siguió de rodillas, hasta que se tendió boca arriba en el escritorio delante de ella. Entonces, me pareció que ella le ordenó que se desvistiera. Esteban la obedeció. Cuando quedó desnudo se volvió a acostarse boca arriba en el escritorio. Mi esposa se paró detrás de la cabeza de el, se agachó y tomó con su mano derecha el pene de él y comenzó a chupárselo. Esteban atinó a agarrarla pero ella le ordeno quedarse quieto.

Por fin Laura lo dejó en paz. Se ubicó encima de él y se introdujo el enorme miembro lentamente. Él no usaba forro. Lo cabalgó un rato; después se quedó un rato quieta
mirándolo fijamente. Eso provocaba que él se revolcara pidiéndole que siga moviéndose pero ella no le hací¬a caso, le acercaba los pechos hasta el rostro que pugnaba por besarlos pero no lo conseguí¬a. Laura se reí¬a. En un momento pareció que querí¬a sacarse el pene pero la punta del glande quedaba la borde de sus labios hasta que se lo volví¬a a introducir.

Al fin se irguió como una diosa, se movió unos minutos más y estalló en un orgasmo. Se derrumbó encima de él, recobró el aliento, se incorporó y él quedó tendido esperando.
Laura se tomó su tiempo; se paró y comenzó a pajearlo con suavidad, haciendo que él acabara lanzando una cantidad impresionante de leche.

Después Laura se acercó hasta la cámara y la apagó. Yo no pude creer lo que habí¬a visto.
Por un lado tení¬a una erección brutal; pero por otro, no pude contener las lágrimas.
Nunca pude imaginar que mi mujer me metiera los cuernos. Y si lo hacía que fuera con otro al que también dominara. Tampoco entendí¬a por qué y quien me habí¬a mandado aquella cinta. Me sentí¬a ultrajado, triste porque creí¬a que yo le habí¬a dado todo y no creí¬a merecer que ella tuviera que relaciones con otros hombres. Cuando regresó esa noche del trabajo, no sabí¬a como actuar.

Habí¬a imaginado muchas posibilidades: gritarle, insultarla, pegarle. Pero estaban los chicos por lo que tuve que esperar que ellos se duerman. Luego de acostarlos fui a nuestra habitación. Laura veía tele en la cama. Yo me desvestí¬ y me acosté al lado de ella. Entonces, con voz entrecortada le dije lo que habí¬a visto en el ví¬deo. Ella apago el televisor, y se colocó boca abajo, adoptando esa posición que tanto me gusta, con la cabeza escondida entre sus brazos. Me escuchó sin decir nada. Yo me desahogué, le dije de todo.

Ella me dejó terminar sin decir palabra. Cuando me callé, ella apoyó su cabeza en su mano derecha y me miró sonriendo. Con voz muy tranquila me dijo:
- El ví¬deo te lo mandé yo.
Me pareció mejor que vieras con tus propios ojos como disfruto con Esteban. Vos vas a tener que decidir. No me quiero separar de vos porque te amo, sos un buen padre, me gustás, sos lindo y sos sexy y de nena me volvés loca. Pero tampoco quiero perder a Esteban. Vos viste lo bien dotado que está. Me encanta meterme ese tremendo pedazo en la boca y en la concha, que no es por menospreciarte, pero no se puede comparar con el tuyo que no tiene ni por donde empezar. Él está loco conmigo, puedo hacerle hacer cosas que ni te imaginas. Además te voy a confesar algo. Se lo compré a una amiga que está en esta misma onda, por diez mil pesos. Es decir, Esteban ahora es tan mío como sos vos. Entonces te doy esta alternativa: o nos separamos o te tragas tu orgullo y aceptás mi relación con Esteban. Además, lo que quiero es que podamos pasarla muy bien los tres juntos. En realidad yo con ustedes dos. Vos decidí¬s. Si no te va, me alquilo un departamento y te paso alimentos para los chicos que te van a alcanzar para vos también. Quedate con el auto, que yo me compro otro.

Dicho esto se quitó la sábana que la cubrí¬a y volvió a quedar con la cabeza entre sus brazos. Mientras trataba de digerir lo que habí¬a escuchado no podí¬a quitar los ojos de su hermoso culo, de su espalda, de sus piernas. Me largué a llorar y aunque mi razón decí¬a que debí¬a irme inmediatamente de allí¬, me venció el hechizo que Laura tení¬a sobre mí¬.
Sin poder controlarme me lancé sobre ella, llorando, comencé a besarle sus nalgas, su espalda y sus piernas. Escuché que ella sonreí¬a y decí¬a:
- Así¬ me gusta. Yo sabí¬a que ibas a entender.

Esa noche, como regalo a mi sumisión, a ser un cornudo, Laura me obligó a ponerme en cuatro patas y me ordeñó como si fuera una vaca. Luego de aquel hecho, pasaron dos meses sin que sucediera nada fuera de lo normal. Aunque imaginaba que Laura seguí¬a manteniendo relaciones con Esteban, y esto me excitaba aún más, nada decí¬a ella sobre su nuevo amor. Hasta que un viernes, me dijo:
- Arreglé que los chicos se vayan a pasar el fin de semana con mi padre. Quiero darte una sorpresa.

El sábado por la tarde me dijo que me desnudara, que vaya al cuarto y que la esperara sentado en el sillón y que hasta que ella no me lo ordenara no me moviera de allí¬.
Le obedecí¬, nunca imaginé lo que me esperaba. Oí¬ que tocaban el timbre y que Laura recibí¬a a una persona. Al poco tiempo entró a la habitación acompañada por Esteban.
- Bueno, creo que la vamos a pasar bien los tres juntos. ¿No? No quiero que hablen entre ustedes. Tendrán que hacer lo que yo quiera. ¿Entendido? Acordate Esteban que sos mío.

Esteban no le contestó nada. Yo no podí¬a creer lo que estaba sucediendo. Pero no me atreví¬ a moverme. Aquel fin de semana fue una muestra de lo que sucedió muchas
veces más. En realidad, los que disfrutaron fueron ellos, porque yo era el último eslabón del triángulo. Laura estaba, y lo sigue estando, hechizada con el terrible pene de Esteban.
Le encanta tenerlo entre sus manos, aplastarlo con sus manos, enloquecerlo con largas mamadas. Le controla más que a mí¬ el orgasmo, muchas veces lo hace llorar suplicándole que le permita acabar. A mi Laura me tiene como el sirviente de los dos.
A veces deja que me masturbe mientras los veo coger. Pero la mayorí¬a de las ocasiones debo besarle el culo mientras ella se lo coge.

También me obligó a que me inicie en el campo bisexual porque Esteban me ha roto el culo mientras yo estoy vestido y maquillado. Cuando Laura me ve vestido y que Esteban me poseé, se toca unos 15 segundos y acaba en orgasmos terribles. El que Esteban me rompa el culo no ha sido demasiado doloroso, porque yo ya tenía el culo muy abierto por el anero y los consoladores que solía meterme Laura. Pero ella prefería ver cómo me metían un tremendo pene en mi agujero.

Pasamos encerrados dí¬as enteros sometidos, Esteban y yo, a los caprichos de Laura.

Un día Laura se cansó de la extrema pasividad de Esteban que ya no tenía erecciones como al principio, especialmente cuando me enculaba a mi. Eso le fue erosionando el placer que sentía por el chico, por lo que lo publicó en Mercado Libre como “juguete sexual usado”. Previamente había promocionado la subasta en varios sitios, especialmente en mazmorra.com . Lo terminó rematando en 24 mil pesos. Más del doble de lo que le había costado.

Alguien de Mazmorra le sugirió que me publicara en Mercado Libre como “muñeco sexual en alquiler”. Me alquilaron un matrimonio, una pareja gay y varias mujeres, algunas dominantes y otras simplemente necesitadas.

El mayor susto lo pasé cuando me alquilaron una pareja de lesbianas, que pagaron 3 mil pesos, para una fiesta de disfraces y me tuvieron durante seis horas en una mesa de quesos, decorado como si fuera un pavo para comer. Los invitados pinchaban los trozos de queso y de paso a mí. No me podía mover y ni siquiera ir al baño. Me devolvieron a casa a las 5 de la mañana en pleno invierno totalmente desnudo, untado con mayonesa, cremas y aceite de oliva. Esa noche me ordeñó como una vaca, por lo bien que la había hecho quedar. Le pregunté como sabía, si no había hablado con las lesbianas. Fue al placard, sacó la ropa con la que me habían llevado y me dijo que ella había estado en la fiesta disfrazada con una amiga. Que la de la idea de llevarme a casa desnudo como si fuera un trozo de carne, fue de ella. Volvimos a coger y ambos gozamos muchísimo.

Una mujer de cincuenta y tantos, que me alquiló varias veces y me vestía de mujer para cogerme, le ofreció a Laura 50 mil pesos por mí, pero en propiedad definitiva. Laura quedó en contestar en quince días, en los que me tuvo con la intriga de qué haría conmigo. Llegó a decirme que con ese dinero podía comprar a cuatro chicos de 18 a 25 tanto o más sumisos que yo, que una vez entrenados les podía sacar el doble a cada uno. Cuando vino la mujer que había hecho la oferta, Laura le dijo que lo había consultado con otra gente y que tenía una pareja de gays que ofrecían 110 mil pesos por mí. La mujer se estiró hasta 70 mil pesos. Finalmente ella le dijo, para mi terror, que prefería venderme a la pareja de gays.

Cuando la mujer se fue, Laura me dijo que era mentira, pero que quería saber cuál era mi valor real de mercado. Que ella no me vendería a una mujer mayor que ella ni a un gay, pero que no descartaba en el futuro venderme a otra dominante joven y linda o a algún matrimonio que apreciara mis dotes de travesti y ahora bisexual. Pero que llegado ese caso, no pediría menos de 80 o 90 mil pesos, para comprarse a alguna sumisa femenina que fuera muy linda. Me aclaró que las sumisas femeninas cuestan cuatro veces más que los sumisos masculinos.

Buenos Aires da para todo esto y mucho más. En club swinger muy conocido de Palermo se rematan sumisos y sumisas. También se alquilan por el rato, por día o por pequeñas temporadas. Es únicamente por invitación y ser conocido en la movida. Laura me alquiló varias veces a mujeres y a parejas.

Yo ya me acostumbré a estas cosas. La verdad es que no imaginó la vida sin Laura por más que mi orgullo de hombre y de marido los haya dejado en nuestra suite. Me aterra pensar que me venda, pero en ese mismo temor, cuando me lo dijo hemos tenido las mejores relaciones sexuales de nuestros siete años de casados.

INOCENCIA PERDIDA

Hola, mi nombre es Lorena y tengo18 años de edad. Vengo de una familia de clase media del interior de Córdoba, cerca de la capital. Vengo de una familia de padres separados y siete hermanos. Mi madre me pegaba constantemente por cualquier cosa, hasta que un día me cansé y me fui a Buenos Aires, ya que en donde yo vivía no había empleo. Deje mis estudios a los dieciséis años por culpa de mi madre que no quería costear mis gastos porque decía que yo nunca sería nadie. Mi intención de ir a la Capital Federal era la de continuar mis estudios y trabajar a la vez.

Llegue a Retiro y me dedique a buscar trabajo. Llegue al centro y preguntaba en varios sitios si necesitaban a alguien para limpieza pero mi búsqueda fue infructuosa. Solamente tenía en el bolsillo lo suficiente para regresar a mi casa, cosa que no queria hacer. Deambulaba por el centro, tenia mucha hambre y se estaba haciendo de noche. Mis lagrimas no paraban de aflorar en mis ojos, hasta que vi un anuncio en un bar (Se solicitan chicas). Era, aunque pareciera una paradoja, en la Avenida Córdoba cerca de San Martín. El sitio era oscuro, por supuesto se trataba de un bar nocturno. En la
barra habia una chica, la cual al verme, inmediatamente no dejo de posar su mirada en mi. Yo me dirigi a ella.
- Buenas noches señorita.
- Decime pendeja, que te anda pasando?
− Necesito trabajo.
− Con esos ojazos, necesitas pedir trabajo?
- Acabo de llegar del interior, no tengo dinero, no consigo trabajo y quisiera trabajar aqui aunque sea limpiando. Yo soy muy responsable. Me llamo Lorena.
- No podrías negar que sos “coordobesa” negra! Ja! Tranquila! Yo te ayudo con el encargado. Yo pase por lo mismo que vos, pero viniendo de Santa Fe. No te preocupes, vení y vamos a la oficina. Mi nombre de guerra es Tibisay.
- Mucho gusto, Tibisay. Qué nombre raro!
− Teresa, aquí no sirve. Ja!

Tibisay era morocha, muy bonita, de mi misma estatura, flaca, cabello castaño claro, senos grandes y cuerpo muy sensual. Llevaba un vestido en lycra negra supercorto y botas negras altas hasta los muslos. Llegamos a la oficina llena de papeles y desordenada. Había un tipo gordo, malhumorado y desarreglado.
- Decime Tibisay.
- Papi te traigo una chica para el trabajo.
- A ver… No sirve para esto, demasiado aspecto de nena inocente, mejor buscate un trabajo en otro lado.
- Señor yo estoy dispuesta a todo y aprendo rapido. Para mi no hay trabajo que denigre. Yo puedo limpiar y hacer todo lo que quiera.
- Justamente el trabajo no es de limpieza.
- Lorena mamita lo que dice él es verdad, pero estas dispuesta a todo?
- Claro.
− A todo, a todo?
− Si.
- Papi ayudala. Mirá que carita y los ojazos que tiene.
- Esta bien. Desnudate para verte mejor.
Me quede paralizada. Por mi mente pasaron muchas cosas y justo cuando pense en volverme a mi casa, me dije que no. Haria cualquier cosa. Lentamente me quite los zapatos, pantalones y blusa.
- Desnudate completa − Dijo el jefe.
Me saqué todo y quede desnudita. El señor se paro.
- Acercate a mi.
Me le acerque y el tipo comenzo a ver bien mi rostro, mis dientes, luego toco mis senos, los toco y apreto, mis pezones los pellizco y reaccionaron al pellizo poniendose paraditos. Luego bajo una mano hacia mi concha la cual llevaba depilada y metio dos dedos sin resistencia alguna de mi parte. Senti un poco de morbo al hacer eso.
- Que bien, creia que eras virgen pero veo que no.
- No, no soy virgen. Tengo relaciones desde los 11 años.
− Y decime… ¿Estas limpia?
− Recién lego de viaje…
− ¿Sos boluda o me estás tomando el pelo? Te pregunto si no tenés alguna venére o HIV?
− No. Nada.
- Perfecto! Mirá qué bien. Dónde vivís? Vos no sos de acá? Sos mejicana?
- No. Justamente busco el trabajo para poder buscar algo. Soy cordobesa.
- Yo estaba buscando alguna chica que tuviera casa afuera, pero como Tibisay te pide. Necesito una compañera para trabajar con ella. La que tenía la rajé porque era un barril con patas. Si queres, dormís en el cuarto con ella hasta que se desocupe una habitacion que esta ocupada por los momentos. Que decís?
- Bueno señor, si Tibisay quiere, yo estoy dispuesta.
- Claro pendeja, yo hasta te presto ropa para que trabajes mientras compras la tuya.
- Entonces no se hable mas. Semanal te voy a pagar 1000, mas fichas. Tibisay te va a entrenar en eso. Te parece bien? Eso sí, si engordás, te rajo.

Saqué cuentas rápidamente y creo que en el pueblo tardaba dos meses en ganar lo que aquí me iban a pagar por semana.
- Si señor. Muchas gracias. Ahora mismo me cambio.
- Espera. No tan rapido. Abrimos a la noche. Ahora Tibi te va a enseñar. Empezá con estas pilchas y acá tenés un adelanto de 500 para que te compres ropa interior nueva.

Me vesti y fui a la barra. Tibisay me esperaba.
- Como te sentís, pendeja?
- Bien.
- Vamos al cuarto, imagino estas cansada y necesitas bañarte, ademas hay que prepararte bien. Es mejor que duermas un poco y mañana empecés a trabajar.

El cuarto era minúsculo con una cama matrimonial. El olor a sexo era penetrante. Tenia un roperito donde Tibisay guardaba sus cosas y un baño impecablemente limpio donde se aseaba. Tibisay me dejo sola y me dispuse a bañarme. Estaba aterrada por lo que habia hecho, pero esto lo veia como algo temporal ya que con el dinero haria algo mejor y estudiaria. Luego me acoste a dormir desnuda del cansancio que tenia. Pase toda la noche durmiendo. Como a las cinco de la mañana senti que llego Tibisay. Se desnudo y se acosto a mi lado a dormir. Yo pensaba dentro de mi que primera vez que dormia con una mujer y que recien la habia conocido el dia anterior. No le hice mucho caso y segui durmiendo. Eran como las 11 de la mañana y me desperte. Me coloque mi ropa interior y fui a lavarme la cara. Tibisay habia llevado factura pero no me atrevia a probar bocado, por si ella se molestaba y espere que se despertara. Al rato ella se despertó.
- Buenos dias Tibisay.
- Buenos dias Lorenita.
- Traje factura para vos, debes estar hambrienta.
- Gracias. No las habia tocado, pensando que eran solo tuyas.
- No seas boluda, pendeja. Comé tranquila que hay que hacerte algunas cositas.

Comi mientras Tibisay se bañaba. Salio desnuda del baño, como si nada. Tenia un cuerpo impresionante.
- Sentate aqui que voy a hacerte las uñas de los pies y manos y luego te voy a enseñar a maquillarte. Y por que tomastes la decision de alejarte de tus viejos.
- Mucho maltrato, me pegaban mucho, prefiero no hablar de eso.
- Aca la vas a pasar muy bien y con plata. No te preocupes.

Tibisay me coloco uñas postizas largas en las manos y me pinto las uñas de las manos y los pies de rojo fuego.
- Te gustan?
- Si. Me encantan. Siempre me ha gustado ser muy femenina, pero nunca he podido.
- Ahora tenés que ser todo lo femenina y sexy que puedas. Te veo un poco tensa. Acostate en la cama que te voy a darte un masaje. Sacate la ropa.

Me acoste boca arriba en la cama y me quedé en bolas. Tibisay tomo un aceite de la mesita de luz y comenzo a masajearme el cuello.
- Cerra los ojos y relajate.

Con sus manos fue esparciendo la crema por mis brazos. Era muy relajante sentir las manos suaves de Tibisay en mi cuerpo. Sentia un cosquilleo por mi cuerpo.
- Como te sentís?
- Bien. Muy bien. Me gusta.

Luego comenzó a frotarme crema sobre mis tetitas, primero por la base hasta llegar poco a poco a mis pezones, los cuales inmediatamente se pusieron duros como si fueran explotar. Comence a ponerme nerviosa ya que me excitaba eso pero no queria que se diera cuenta.
- Tranquila pendeja. Solo relajate. Dejate llevar.

Sus manos fueron bajando hacia mi abdomen y me tranquilize un poco, aunque no dejaba de sentir ese cosquilleo tan placentero. Sus manos llegaron a mis mulos, los cuales los tenia cerrados. Sentia como ella con delicadeza los iba abriendo poco a poco y sus dedos se acercaban y alejaban. Era divino sentir eso y Tibisay se dio cuenta. Con una de sus manos me pasó aceite en la concha. Salté al sentir su mano en mi raja
frotandomela. Al principio sus movimientos eran lentos. Senti como un dedo
intentaba meterse en mi concha.
- Te gusta mucho el masaje?
- Si. Mucho, pero me parece que esto está mal.
− No seas boluda pendeja, vas a ser copera y te asustás de que te pase un poco de aceitito por la cachucha?

No aguante y lance un gemido de placer. Nunca antes me lo habia hecho nadie y jamás ni siquiera fantaseé que me lo hiciera otra mujer, pero era una sensación tremenda. Me deje llevar y Tibisay se entusiasmó y comenzo a jugar con sus dedos dentro de mi concha y al rato senti su lengua en mi concha. La succionaba con lujuria y me volvia loca mucho mejor y más suave que cualquiera de los chicos que andaba en el pueblo o en Córdoba capital.
- Uh! Que cuca tan rica tenes, pendeja. ¿Vas a ser mia?
- Siiiiii. Ufffff. Me gusta mucho. Seguí por favor…
− ¿Vas a ser mía o no vas a ser mía?
− Seguí por favor, no pares…
− No me contestaste. ¿Vas a ser mía?
− Lo que vos digas…

Tibisay siguió lamiéndome y tuve un orgasmo increible, nunca antes habia sentido tanto
placer. La boca de Tibisay se acerco a la mia y nos fundimos en un beso
indescriptible mientras mis pezones tocaban los suyos. Que lindo era sentir
su cuerpo pegado al mio. Era suave, linda, delicada, lisita. Le acerque mano a su concha que estaba muy humeda.
- Quiero probarte… − le dije.
- Dale pendeja. Me vas a decir que nunca te comiste una concha?
− No jamás!
− Pero vos dóde vivias. Adentro de un termo?
− Si, tomando mate aunque no hubiera yerba − me reí yo por primera vez un muchísimo tiempo.
− Y una conchita? Nunca?
− De verdad. Nunca.
− Uh! Pendeja! No sabés de lo que te has venido perdiendo.

Acerque mi boca a su concha y el sabor de su cuca me supo a gloria. Su concha era grande y bien depilada, así que mi lengua entraba con facilidad. Sentia tirantes los musculos de la lengua los de tanto que la sacaba para complacer a mi benefactora.
− Tranquila nena, que lo estabas haciendo bien. Los apuros dejalos para los machos. Entre nosotras nos tomamos todo el tiempo del mundo. Con los tipos es trabajo. Entre nosotras es placer.

Me relajé y me puse menos tensa aunque instintivamente aumenté el ritmo hasta que Tibisay tuvo su orgasmo.
− Cómo fue? − le pregunté.
− Mirá pendeja, yo te voy a contar algo. Ya hace tres años que trabajo acá y me estoy por abrir, porque gané muy buena guita. Fueron pocos los machos que me complacieron realmente. Imaginate los boludos que caen por aca. Casi nunca me falló con una mujer. Una o dos veces, nada más. Siempre son de ocho para arriba. Yo espero que llegues a 10, por lo menos conmigo.

Nos besamos y abrazamos nuevamente y luego fuimos a ducharnos juntas. Después me depiló las cejas y comenzó a maquillarme. El resultado final en mi rostro es que me veia muy puta y me encantaba sentirme asi. Me presto una mini de latex rojo super cortita y un top que hacia juego y resaltaba mis pezones. Ella se vistio igual que yo, pero en negro, y al rato salimos a la barra. Esa noche nos volteamos a dos tipos, onda ejecutivos, en una orgia divina.

Tibisay se compró un departamento hermoso y me invitó a vivir con ella. Ella dice que soy su posesión y yo digo que ella es mi dueña. No solo lo digo, sino que lo siento. Tibisay tiene un novio muy lindo, profesor de educación física, al que no puede convencer de que venga a trabajar con nosotras. Yo salgo con un médico cirujano plástico. Seguimos trabajando las dos en ese departamento. Atendemos a hombres, grupos de hombres, mujeres solas y parejas.

El chico que sale conmigo nos hemos operado varias veces para mejorar las caras y poder cobrar más. Los hombres agarran lo que vengan, pero las mujeres son mucho más selectivas, y o mejor de todo es que si les fue bien, vuelven y nos recomiendan. Ya tengo como 10 clientas fijas y Tibisay otras tantas. Tenemos cinco clientas que vienen con las dos al mismo tiempo. Hay tres o cuatro con las que gozamos muchísimo.

Ya nos consideran de nivel ejecutivo. Yo terminé la secundaria y voy a la Facultad. Nunca más volví a Córdoba. Tibisay fue mi benefactora. Cuando no tenemos clientes nos matamos entre nosotras. Yo aprendí muy bien y estamos en Gemidos.com

domingo, 14 de noviembre de 2010

La equivocación

El detergente que me protegía las manos al principio pareció darme buen resultado; luego, al igual que los demás, también falló, de manera que, inevitablemente veía como las manos se me surcaban y envejecían a pesar de mis treinta y cinco años.
En alguna de las tareas, como la de amasar la harina del futuro budín, podía ensimismarme durante casi una hora; entonces sonaba el teléfono, pero no era fácil
tomar el tubo con las manos sucias de masa, y porque las formas usuales de conversación palidecen y pierden sentido cuando el interlocutor lleva una vida rutinaria y sin atractivos para contar. Así habían ido menguando mis amistades con los años.
− Lamentablemente te tengo que confirmar lo que sospechábas – me dijo ella.
– ¿Estás completamente segura? – pregunté con lágrimas en los ojos.
− Lo vimos salir del hotel ayer por la noche con esa mujer.

Se me dibujó el rostro sonriente y complaciente de Jorge, mi marido, a quien le había
mantenido la más absoluta fidelidad durante casi cinco años; con quien había pasado las penurias económicas de los primeros tiempos; a quien había intentado complacerlo de tantas maneras; a quien le preparaba aquellas comidas que engullía al llegar de la oficina, sin siquiera entender el sacrificio de la resignación y el abandono de las metas personales. ¡Cinco años de mi vida!

Me quité la ropa manchada de harina, en silencio y con la rabia contenida. Desde hacía un tiempo sospechaba que mi esposo me era infiel, por eso, en las últimas semanas, había optado por escuchar a aquella detective que decía haberlo visto con otra. Me palpé mis pronunciados senos desnudos frente al espejo; no podía entender qué había ido a buscar mi compañero en otra mujer, pero tampoco quería quedarme para preguntárselo cuando regresara.

Debía soportar este mal momento con frialdad; calcular, con el mayor pragmatismo posible, qué hacer para remediar cinco largos años de sumisión inútil.

Luego de bañarme y perfumarme, busqué entre mis prendas íntimas las más insinuantes,
las que sólo había usado en la intimidad para mi marido. Me sabía aún con formas sensuales y proporcionadas; elegí un vestido ajustado color salmón que no usaba hacía tiempo y, posteriormente, alisé mi cabello negro con un cepillo frente al espejo del baño,
peinándolo a un costado de la manera en que le parecía más insinuante.
− El mundo nos envicia de responsabilidades absurdas – me dije.

El ser humano no merece tan poco. Primero iría a visitar a Federico, el mejor amigo de Jorge. Guardé el coche en el estacionamiento y me tomé unos minutos para retocarme el maquillaje. La persona encargada del aestaionamiento recibió las llaves y le adelanté
una generosa propina, extraída del dinero que Jorge me daba semanalmente para las compras.

El edificio en que trabajaba Federico, se asemejaba a un enorme bloque de cemento, erguido a un costado del estacionamiento. Entré saludando alegremente al portero.
− ¡Qué sorpres verte por aquí! – me saludó Federico apenas cerró la puerta de su oficina haciéndome pasar.
– Espero que te de gusto verme − respondí quedándome de pie y mientras el otro se sentaba detrás de su escritorio.
Giré hasta detrás del mueble y me arrodilló entre las piernas de nuestro amigo. Federico
no tuvo tiempo para reaccionar. Pero sus ojos siguieron absortos mi acción cuando, desprendiéndole el cierre del pantalón, en un solo movimiento me coloqué el pene flácido en la boca y comencé a succionarlo enérgicamente. No podía creer lo que estaba sucediendo. Con mi lengua húmeda me esforzaba por inflar el glande que, al tacto tibio, comenzaba a reaccionar.

Fede consideró en un momento que debía detenerme, frenar aquel arranque de locura.
Pero terminó aflojándose hacia atrás en su asiento, para disfrutar de las sensaciones que, a esas alturas, eran demasiado placenteras para cortarlas. Yo ya sentía el miembro palpitante, duro, aprisionado, acorralado por un tacto suave y jugoso; era una sensación distinta la de tener, después de tantos años, el pene de otro hombre en mi boca. Me había ensimismado completamente; con el propósito de dar el mayor placer posible, recurría a cuanta estratagema con la lengua y con los labios. Una catarata de semen chocó contra mi garganta. Finalmente me puse de pie y miré a Federico secándome
las comisuras:
- Cuando lo veas, saluda a Jorge de mi parte.

El próximo en visitar, sería un sobrino de mi marido. Entré al apartamento de soltero en actitud firme, serena. Comenzaba a divertirme el papel que estaba desempeñando. Ramiro, con la capacidad de sorpresa intacta a sus diecinueve años, confundido, superado por la circunstancia de ver a su tía visitarlo en aquella actitud intimidatoria; pero sin ánimo para la menor rebeldía, observó impávido cómo me desnudaba completamente en el living de su pequeño departamento de estudiante. Permaneció así,
sin palabras, avergonzado, reprimiendo cualquier expresión; pero observando. Le exhibí un cuerpo que, seguro, le debe haber espectacular, con mis largas y consistentes piernas algo abiertas y desafiantes, sin vello púbico, donde se me asomaba claramente una raja
que le cautivaba la atención. Me convertí en una descolocada presencia que le estaba llenando de sensualidad; el cabello me lo había soltado hasta casi caerme sobre los senos, redondos y perfectos, coronados por unos rozados pezones que parecían llamarlo.
Entonces con una voz, demasiado sensual, pero en tono firme, murmuré unas palabras
que le erizaron la piel:
- Ahora vos. Quiero que te desnudes completamente.

Ramiro permaneció inmóvil, temblando desde su rincón. Así que yo tuve que hacer el trabajo de quitarle la camisa y bajarle los pantalones. Al agacharme para deslizarle
la ropa interior, le saltó frente a mi cara un pene completamente erecto y palpitante.
Sentí, otra vez, mientras colocaba al muchacho de espaldas en el piso, la misma emocionante sensación de trasgresión que había experimentado con Federico. Excitada, ya húmeda, me dejé caer en cuclillas sobre el miembro empinado de mi sobrino que ahora se animaba a acariciarme los pechos; y podía percibir en el chico la mirada de placer que iba sustituyendo a la de sorpresa. A mí también me sorprendía mi propio deleite por el morbo de la situación, y no recordaba otro momento que me hubiera
hecho correr tan rápido los jugos vaginales. En aquella posición, orgullosa después de tanto tiempo de mi poder femenino, reivindicaba mi cuerpo con embates, introduciéndome el falo del muchacho hasta mis entrañas. Ramiro intentó contener unos instantes la eyaculación; pero terminó inundando rápidamente mis conductos y, al sentir
el cálido líquido por dentro, me retorcí también en un placentero orgasmo. Me sentí en aquel instante dueña de mi vida y mi éxtasis.
- Jorge debería estar orgulloso de tener un sobrino tan excitante – le dije a Ramiro con una sonrisa mientras me vestía.

Luego me fui a la casa de la que según la detective era su amante, una tal Romina. Era una chica joven y poco agraciada. Cuando me abrió la puerta de su casa, le dije que yo era un regalo que le mandaba su novio. Ella dudó, pero al verme ataviada como una puta, debe haber creído el papel que representaba yo.
− ¿Para que te manda? − me preguntó desconfiada.
− Parece que a él le gustaría verte con otra mujer. Yo vine a enseñarte.

Estaba segura que Jorge se lo debería haber pedido, porque a mi me lo rogó estos cinco años de casados. Ella me dijo:
− Si, es verdad, entonces qué? Quiere que yo te enseñe. ¿Te animás?

Antes de que me pudiera contestar nada yo la estaba besando apasionadamente. Acariciándola y franeleándola como sé que le gusta a cualquier mujer. Ella me dejó hacer con bastante pasividad. La desnudé completamente y la llevé hasta el sillón de su living. La acaricié y lamí todo el cuerpo. Insistí lo suficiente hasta que se aflojó y empezó a gozar. Entró en una especie de extraño vórtice de realimentación y Romina se iba dando máquina, jadeando y gritando. Tanta excitación me contagió y realmente gocé de aquella violación consentida. Romina, pasó de resistirse a pedirme más y más acción. Tuvo una sucesión de pequeños orgasmos y finalmente uno realmente enorme, eterno e inacabable. Pese a eso me pidió seguir, lo que me pareció bien, porque yo estaba por acabar. Ella tuvo un segundo orgasmo y yo tuve el mío. Fue inmenso, profundo, terrible, y único. Cuando me tranquilizaba posteriormente me pregunté por qué me había negado tanto de coger con otra mujer, si el resultado podía ser como el que acababa de tener. Lo bueno era que estaba a tiempo y ahora sería libre de probarlo todas las veces que quisiera.

Romina me miró con ojos de gratitud y me acarició la cara.
− Qué buena idea tuvo Fede.
− ¿Cómo Fede? − le pregunté yo.
− Mi novio es Federico MMM.

Federico MMM era el amigo de Jorge que acababa de felar en su oficina. No entendía nada.
− ¿Vos no salís con Jorge DDD?
− No, Jorge es muy amigo de Fede, es muy buen tipo. El lunes pasado nos prestó la camioneta para ir a un hotel alojamiento porque cumplíamos un año de novios. ¿Pero a vos quien te manda? ¿Fede o Jorge?
− Jorge − mentí.
− Me parece que te equivocaste. Vos tenías que ir a la casa de Gisela, no aquí. A Gisela no la conozco, pero dicen que es preciosa. Jorge vive enamorado de ella. Pero me alegra que te hayas equivocado. Quiero que vuelvas. Yo te pago. Lo que sentí fue único en mi vida. No dejes de visitarla a Gisela y hacerle lo mismo.

Agarró un papel y escribió mi dirección que copió de una agenda.
− Hacelo con ella y cumplí con Jorge y después volvé que quiero hacerlo de nuevo con vos. Yo te pago.

Sentí vértigo. No sabía cómo salir de aquel estado de confusión en el cual me encontraba. Para peor no me sentía arrepentida de probar el pene de Federico, o el de Ramiro, ó quizás la vagina de Romina.

A partir de un juguete

En una galería de Avenida Cabildo está uno de los sex-shops más completos de Buenos Aires, siendo muy discreto . Eché un vistazo, curiosa, jamás habí¬a entrado en uno. No se veí¬a nada y me armé de valor y entré. Me quedé sorprendida. La cantidad de películas, objetos, menudo kilombo!!!. Incluso ví¬ dos tip¬os meterse en una cabina, me imagino que para hacer algo entre ellos, lo que me calentó terriblemente.
Bueno, el caso es que, viendo que allí¬ todo el mundo iba a lo que iba a hacer, me dí¬ una vuelta. Llegué a la sección de los consoladores y me quedé impresionada. Habí¬a algunos de un tamaño bestial. También los habí¬a de colores, de dos extremos, nunca me
hubiera imaginado todo eso. Al final, me armé de valor y en un rato que no habí¬a
nadie a la vista decidí¬ coger dos. Uno era un kit de sexo anal y el otro un
consolador de latex. De esas cosas que hacés en el momento y que luego no te
podes creer que lo has hecho.

Llegué a casa y me acosté después de cenar, sin casi acordarme de lo que tení¬a en el placard.

Llegó el finde y me volví¬ a quedar en casa. Mi amiga Mar estaba realmente mala onda, pero al final la convencí¬ para que saliera. A eso de la una de la mañana me fui¬ a la cama y fue entonces cuando me acordé de mis nuevos juguetes. Abrí¬ los dos y los lavé bien lavados (una nunca se sabe). El cosolador imitaba a la perfección a un pito masculino, con sus venas y todo. Bien mirado era hasta cómico. Me desnudé y me metí¬ en la cama,
separé mis piernas y comencé a pasármelo por la concha, que ya tení¬a algo
mojada.

Comencé a imaginar mi fantasí¬a favorita, que un negro grandote me hací¬a
el amor , y enseguida me lo empecé a meter. La sensación era extraña, como tener
dentro una pija pero que vos controlas. Da mucho gusto, aunque no tanto como una
pija con un hombre pegado al otro extremo. Llegué al orgasmo, con el consolador metido bien adentro y moviéndolo como una loca.

Entonces decidí¬ probar el anal. Me unté los dedos con crema lubricante y me la extendí¬ por el ano, poniéndome a cuatro patas, sin llegar a meterme los dedos. Querí¬a hacer algo que no me atreví¬a a hacer con un hombre, por miedo al dolor, que era practicar el sexo anal sin dilatación, un poco a lo bestia.

Agarré el consolador, que tení¬a forma como de cono y empecé a hacer presión en mi ano. La forma afilada y el que yo controlará el dolor que me producía, parando un poco la presión, hizo que me entrará en el culo. Me dolió un poco, sobre todo al principio, pero finalmente entró. Comencé a masajearme el clí¬toris con el consolador metido en el culo, sin moverlo. No tardé en sentir el placer viniendo de mi clí¬toris y de mi ano. Me imaginaba siendo sodomizada por un amante negro, que me la metí¬a sin lubricarme y sin dilatarme, ábriendome el orto y clavándomela hasta el fondo. Comencé a gemir por el placer que me estaba dando y a hablarle a mi amante imaginario “Así, abrime el culo, puto, cogeme” y boludeces así¬. Comencé a tener mi segundo orgasmo, largo y muy profundo, segregando mucho lí¬quido. Me saqué el consolador y me quedé exhausta, con la cabeza en la almohada.

Entonces la oí¬ a la hija de remil putas de mi amiga Marcela que estaba en la puerta de mi habitación y me dijo:
− Si estabas de joda, por qué no me invitaste, puta del orto?

Me quedé helada, con la cara ardiéndome de la vergüenza. Me pescó mal!!!!
No supe que decir, creo que se me escapó un “lo siento”.

Marcela ya sabí¬a que me masturbaba diariamente, pero de ahí¬ a que te agarren in fraganti y encima con un consolador en el orto, hay un trecho importante.

Menuda situació!!!! Se acercó riéndose de mí¬. Por fí¬n se me pasó la cortada y yo
también me reí¬. Habí¬a vuelto antes porque estaba preocupada por mí¬, y me dijo
− Ya veo porque no querías salir.

Mientras hablábamos fui¬ al baño y lavé los dos consoladores, mientras Marcela los miraba con curiosidad. Los iba a meter en la caja para guardarlos en el placard, pero Marcela adelantó una mano y los agarró:
− Esperá, no los guardes, que nunca había visto uno.

Los observó mientras me preguntaba desde cuando los tení¬a, y si era igual que hacerlo con una pija, y todas las preguntas que surgen.

Yo le contesté que lo acababa de estrenar. Ella se quedó mirando el consolador anal y mirándome a los ojos me preguntó
− Sil, ¿que se siénte por ahí¬?, ¿De verdad te gustó?

Yo le contesté que sí¬, que era un placer diferente, que se los llevara y los probara tranquilamente. Ellos los miraba y me lo preguntó, lo que llevaba rondándole por la cabeza hacía un buen rato
− Sivia, vos que sabés, ¿me lo haces vos?

Tengo que aclarar que hasta ese dí¬a yo no habí¬a tenido nunca sexo con otra mujer. Tenía curiosidad, querí¬a probarlo, pero era como una de esas fantasí¬as más í¬ntimas que la del negro pijudo que no sabes si algún dí¬a se harán realidad.

Le dije a Marce que se desnudara. Mar era rubia Koleston, con unos ojazos que me daban envidia, azules claros, claros. Yo creo que está mucho mejor de morocha, pero bueno… Me hizo gracia ver que tení¬a los pelos del pubis también teñidos de rubio. ¡Jajaja!… Mar, reina, ¡que detallazo!, vos antes muerta que sencillita!

Le dije que sobre todo confiara en mí¬, que tení¬a que dejar la vergüenza y dejarse llevar y, si no le gustaba, le dolí¬a demasiado o querí¬a
parar, que me lo dijera y lo dejábamos ahi. Se fue al bidet y se lavó bien primero.
Se puso en cuatro patas y yo me senté detrás. Cuando vi¬ su culo, gordito pero sin
una estrí¬a y sin celulitis le dí¬ un azote, no pude aguantarme. Noté como Marcela se relajaba al reírse. Me puse crema en los dedos y comencé a pasárselos por el ano, sin metérselos, mientras le susurraba que estuviera tranquila y relajada, que no pasaba nada, que no le iba a doler.

La verdad es que yo me estaba empezando a excitar bastante por el morbo de la
situación. Un par de veces llevé los dedos hasta la raja de Marce y ella estaba bastante seca, supongo que de los nervios. Seguí¬ haciendo cí¬rculos en su ano y, poco a poco, le introduje un dedo. Noté como Mar temblaba y le pregunté si le dolí¬a
− No, no me ha dolido nada, pero es muy raro…, la sensación, no sé, pero no pares.

Le hice caso y seguí¬ jugando con el dedo en su culo, sacándolo y metiéndolo, haciendo cí¬rculos. Pronto fue Mar la que moví¬a el culo para buscar mi dedo, así¬ que intenté con un segundo dedo, que entró muy fácil. Mar gritó, más de sorpresa que de gusto. Repetí¬ los movimientos en su culo. Tení¬a la cabeza en la almohada, por lo
que no me veí¬a, así¬ que mi mano izquierda se bajó hasta mi clí¬toris, que me
ardí¬a pidiendo guerra.

Nuevamente fue ella la que movió el culo hacia atrás. Joder con Mar, si al final tení¬a más vicios que yo… Estuve un buen rato con los dos dedos dentro de su culo, cogiéndola así¬, hasta que noté que entraban perfectamente.

Marcela también estaba disfrutando y la veí¬a excitada, aunque la notaba cortada.
Subí¬ mi mano izquierda, y observando sus reacciones se la llevé a su clítoris. Comencé a hacer cí¬rculos suaves. Ahí¬ Mar comenzó a perder los papeles, ya gemí¬a de gusto
− Ay, Silvia, que lindo lo que me estás haciendo!

Yo acentúe el movimiento sobre su concha, sacando y metiendo los dedos de su culo.
No iba a utilizar el consolador hasta que de verdad no estuviera bien caliente, así¬ que seguí¬ un buen rato hasta que noté que le quedaba poquito para acabar. Yo estaba dejando caer lo que no está escrito. Imagínense, con Marcela, una de mis mejores amigas, en cuatro patas, con mis dedos adentro de su culo, masturbándola. Por fí¬n le
pregunté:
− ¿Querés que te meta el consolador?
− Si, Silvy, metémelo, por favor.

Saqué los dedos de su culo, tomé el consolador y lo embadurné bien de crema.
Apunté a su culo y le dije
− Mastúrbate vos mientras.

Apreté un poco, un poco más. El ano iba cediendo bien, por la forma del aparato. Le entró la mitad más ancha, con Marce gimiendo y lanzando ruiditos medio de dolor, medio de gusto. Por fin le entró la parte más ancha y llegó la parte más fina. Marce no paraba de pajearse y en ese momento con su otra mano la dirigió hacia el consolador, la
puso encima de la mí¬a y empujó hasta meterse el consolador hasta la ventosa del
final. Ya no gemí¬a, gritaba como una loca. No pude más, verla así¬, metiéndoselo
en el culo, con su raja abierta tan cerca de mí¬. La agarré de las caderas y le metí mi lengua en su rajita y me puse a lamerla como una loca, pasándola a todo lo largo de su concha, bajando la cabeza para llegar a su clítori¬s, mojándola entera, ufh!… sólo de acordarme me pongo recontra caliente.

Mar no aguantó así¬ ni dos minutos. Acabó mientras con una mano metí¬a y sacaba el consolador de su culo y con la otra agarraba mi cabeza por el pelo para aplastarme contra su concha. Noté mucho flujo en mi cara cuando lo hizo. Por fin se relajó y me dejó separarme, casi me habí¬a ahogado. Se sacó el consolador del culo y se dejó caer de lado.
− Syl, que acbada, bestial, ha sido bestial.

No hacia falta que lo jurara, ya lo habí¬a notado. La dejé que se recuperar, aunque yo todaví¬a no habí¬a acabado. En cuanto la vi¬ que se habí¬a recuperado, me puse encima suyo, con las rodillas a ambos lados de su cara.
− Me toca a mí Mar, no me dejes así − dije mientras me dejaba caer sobre su cara.

No sabí¬a cómo iba a reaccionar, pero creí¬ morirme de gusto cuando note su cabeza debajo mí¬o y su lengua en mi concha, muy, muy mojada. ¡Me estaba comiendo la concha una min¬a y la mina era una de mis mejores amigas, y de mis mejores amigas era la má linda y sexy!!!!!!

Moví¬ mis caderas sobre su lengua, apretando, para notarla bien, me estaba matando de placer. Encima, casi leyéndome el pensamiento, una de sus manos fue hasta mi ojete y allí¬ me metió un dedo. No pude más y acabé como una salvaje, frotando mi concha contra toda su cara. Im-pre−sio−nan−te.

Luego hicimos tijerita. Yo lo había visto en una porno por Internet. Las dos estábamos en bolas y nos dimos como si recién empezáramos. Los ruidos eran una especie de coordinador entre ambas que íbamos en un terrible in crescendo hasta acabar con agarradas, pellizcones, clavadas de uñas y gritos de dos locas de placer.

Marcela me dijo:

− ¿Por qué mierda nunca me dijiste que sabías hacer esto? Para qué me dejaste que anduviera buscando chongos para arriba y para abjo, si vos podías hacer esto…
− Yo no sabía, Mar − le contesté yo.
− Pero te lo imaginarías.
− Solo fantasías − le contesté.
− Me las hubieras contado antes. ¡Quiero más!

Nos revolcamos de nuevo en un 69 y en poco minutos nos dimos otro orgasmo escandaloso, gritado y con puteadas. Marcela se dio vuelta y me besó en a boca con una dulzura que no había tenido nunca ningún tipo conmigo.
− Fue el mejor que haya tenido en mi vida − me dijo Mar.
− El mío también − le contesté.
− ¿Y ahora que hacemos? Yo torta, creí que no era, pero después de hoy, tengo mis dudas.

Yo me quedé en silencio como si estuviera meditando y luego de dos o tres minutos de silencio tenso le dije:
− Mi mente dice que me siguen gustando los tipos, y si son porongudos, mejor, pero que no me voy a perder ninguna oportunidad que pueda coger con vos, así te cases y tengas cinco nenes.

Algo así viene ocurriendo desde hace cuatro años, en el que Marce y yo vivimos juntas y cogemos no menos de 15 ó 20 veces por mes, dependiendo de nuestros ciclos. Cuando alguna de las dos sale con un macho, cuando nos juntamos nos contamos los detalles y nos cogemos con todo el morbo del mundo. No sé si significa ser lesbiana o bisexual, pero lo que disfruto con Marcela en la cama, difícilmente me lo da ningún machito.