La oscuridad de aquella noche de 2002, se negaba a entrar por la ventana de la habitación, sino solo algunos destellos de luz de la luna. Ya llevábamos dos semanas de verano en Villa General Belgrano a dos horas de Córdoba, mi prima Carolina y Yo, Verónica.
Teníamos con 18 años, éramos primas hermanas por parte de papá, quien estaba de viaje con mamá en su dos0° aniversario de casados. Me dieron la oportunidad de pasar el verano con Carolina en la casa de nuestros abuelos, unos viejos divinos y algo sordos, pero siempre muy queridos. En esas dos semanas ocurrió de todo; yo salí bastante bien del 5º de bachillerato y entré en la universidad, estaba muy feliz y desde mi primer día, la pase súper.
En nuestro segundo día fuimos a la Villa, en donde ya llegaban los primeros turistas. En una esquina nos topamos con dos chicos que me miraban descaradamente, no sé pero esto me calentó un poco, vestía con short de lycra, sin ropa interior y una camisetita blanca, pegadita al cuerpo y con buen escote lo que hizo que mis tetas redonditas y paradas se hicieran notar bastante sensualmente. Se lo comenté a Carolina y ella se rió a carcajadas. Ella siempre recatada vestía con jeans negros pegaditos y blusa verde jade, a mí me pareció que lucia espectacularmente sexy, su trasero paradito se veía perfectamente por lo ajustado que traía el pantalón, sus senos se movían sensualmente al caminar y eso me parecía muy sexy.
Miré con lujuria a los chicos y metí un dedo entre mis labios a través de mi lycra como si me la acomodara para que me quedara incrustada en la vagina. Carolina me vio, se asustó y me dijo:
- ¿Qué hacés?
- Nada, los provoco- respondí- nada más− si vamos a tener que estar en esta Villa refugio de nazis, por lo menos que tengamos un poco de diversión.
− ¿Los abuelos son nazis?
− ¡No boluda! ¡No entendés nada!
Ya en casa a la tardecita, cuando subí a mi habitación estaba demasiado caliente por lo ocurrido, además mi prima estaba demasiado sexy ese día, yo era curiosa desde que mi novio me dejó después de hacerme un cunnilingus que por poco lo tuve que amenazar para que lo hiciera. Después de eso salió huyendo y nunca más supe de él. No había tenido sexo con una mujer todavía y eso me cohibía mucho.
En mi habitación me desnudé, el calor era insoportable y me acosté en mi cama. La habitación de Carolina estaba a la derecha de la mía, pero sé que no estaba allí sino en la cocina, o eso suponía. Yo me tocaba los senos para masturbarme, apretaba mis pezones y estos se endurecían de inmediato. Bajé a mi abdomen entre caricias estaba extasiada al llegar a mi sexo, mi monte de Venus estaba bien limpio ya que me depilaba con regularidad semanalmente y lo rozaba con las yemas de mis dedos. Comencé a meterme los dedos entre mis labios, las sensaciones eran buenísimas, al principio eran gemidos los que retumbaban en habitación, ahora eran gritos de placer.
En realidad había tenido un despertar tardío de mi sexualidad y viví las calenturas que deberían haber ocurrido a los 14 ó 15, a mis 18.
Conseguí un orgasmo, lo que asustó a Carolina que me escuchaba por la puerta entre abierta, ya que oí sus pasos perderse en el pasillo:
Quedé empapada de sudor, fluidos y lágrimas. Quedé completamente exhausta y creo que dormité. Carolina me despertó bruscamente para avisarme que estaba lista la cena:
−¡Despertate pajera de mierda! ¡Sos una inmadura! ¡Mirá si los viejos te veían!
Ahí caí en la cuenta de lo que podría haber pasado.
− ¿Dónde están? − le pregunté.
− Desde hace rato los abuelos habían comido y se fueron a dormir.
Al entrar en el comedor comprobé que era cierto que los abuelos se habían ido a dormir, Carolina estaba sola en la mesa; al entrar se levantó para servirme de cenar diciendo:
− Debes tener hambre… − mientras me servía un plato de pollo con papas- después de semejante entrada cualquiera tendría hambre. No podés ser más inmadura.
− ¿Me estaba espiando?-le dije, no como reproche sino lujuriosamente, pues ya sabía bien que ella me había estado mirando, pero quería ver su reacción.
- No, yo no te espiaba- dijo pero con rubor en sus mejillas- Me asustaron tus gritos y subí, menos mal que los abuelos no oyeron, ni se dieron cuenta de nada.
- Sí claro -balbucee.
- ¿Cómo es la cosa?- me preguntó enojada.
- Nada, lo que pasa es que cuando llegamos del pueblo- le expliqué mientras tragaba la comida rápidamente- estaba caliente y no pude aguantar, además a vos te encantó ¿no?
- ¡No! ¡Yo no soy pajera como vos! ¡Sabés perfectamente que eso es pecado mortal!
- ¡Pará! Eso para el colegio de monjas iba, pero ahora ya vamos a entrar en la facultad. No lo repitas porque vas a quedar como una pobre pelotuda.
Terminé de comer y limpiar la cocina y el comedor y me fui a la cama, pero al llegar a la entrada de mi cuarto oí que ella se estaba masturbando. Fui a curiosear. Que la boluda de mi prima, la mojigata santulona se pajeara, me daba mucho morbo.
La verdad es que Carolina me parecía terriblemente sexy y quería verla en acción. Ella no tenía la más remota idea de lo que producía en la gente. Digo gente porque era tanto en varones como en mujeres. Tenía una cara angelical además de un muy buen físico. Varias de mis compañeras de división me decían que le hubieran dado con mucho gusto.
La puerta de su habitación estaba entre abierta. Me di cuenta que la muy turrita quería que yo la viera o por lo menos la oyera. Era tan caída de la palmera: con eso seguro me quería demostrar que no era tan santulona como yo le decía.
Carolina estaba acostada en la cama pajeándose ferozmente. Me asombró ver que también estaba completamente depilada, cosa que o me esperaba de su personalidad mojigata. Eso, según la mamá de ella, no era para chicas decentes…
Carolina se daba con demasiada violencia e indudablemente el orgasmo no llegaba. La veía sufrir y esforzarse en vano. Yo me empezaba a enojar de verla tan boluda, por lo que intervine:
− ¡Pará Caro! ¡Así no!
− Vero, vos no te metas.
− Si no quisieras que me metiera, hubieras cerrado la puerta con llave en lugar de dejarla entreabierta. Pará un poquito y relajate.
− ¿Qué? ¿Me vas a enseñar? No te necesito.
− ¿Ah no? ¿Entonces que te pasa?
− ¡No sé! ¡Me puse nerviosa!
− Caro... ¿Cuántas veces te pajeaste en tu vida?
− Pocas… dos o tres…
− ¿Y cómo te fue?
− No sé… mal…
− Entonces dejame a mi.
La hice poner boca arriba y abrir las piernas. Fui a mi habitación y traje crema Hind’s. Me unté los dedos y comencé a acariciarla lentamente. Muy despacio y con morosidad. La hice poner panza abajo y le frote el ano con la crema metiendo el dedo. Caro tenía pequeñas reacciones. Luego le hice poner el culo para arriba y seguí acariciándola, metiéndole los dedos en la concha.
Lo extraño de todo aquello era que no me producía ninguna aversión ni repugnancia. Lo estaba haciendo con mi prima, y era como si me lo hiciera a mí misma. Sabía que tenía que tocar y cómo, porque estaba segura que ella iba a reaccionar igual que yo. Metía mis dedos en su concha, en el culo y con el pulgar le masajeaba de arriba abajo el clítoris. Veía que ella empezaba a chorrear. Le pasé una toallita para sacarle la crema, la hice poner boca arriba y me abalancé sobre ella y le hice un cunnilingus lento y caliente. Lo demoraba a propósito porque notaba que Caro era de calentarse mucho, pero de a poco.
− ¡Ay! ¡Ay! − gritaba Caro − ¡No se lo que me pasa! ¡Me siento mareada! ¡Tengo algo acá! ¡Tengo nauseas! ¡Ay! ¡Me pasa algo en el estómago!
Sentí que su cuerpo se tensaba como una manguera a presión. Me sentí orgullosa de ser yo la que tuviera la capacidad de producir aquello. Seguí lamiéndola y ella gritó:
− ¡Hacelo más rápido y más fuerte!
Sadicamente seguí haciéndolo despacio hasta que no pudo más me agarró de los pelos y comenzó a gritar como una poseída. Gritaba y se revolvía. Los “ayes” y los “más” era lo único que se oía. Me retiré un poco. Ella bajo la mano y continuó mi obra. Seguía y se revolvía como un pez fuera del agua. Por el despertador de la mesa de luz estuvo tres minutos. Yo le pegué otra lamida y agarró viaje otra vez. Terminó extenuada, transpirando y llorando. Me pasó el brazo por el cuello y nos quedamos apretadas como diez minutos más dándonos besos pequeños y húmedos.
Los días siguientes la pasamos súper bien en la casa de Villa Gral. Belgrano. Tenía sesiones deliciosas masturbándome todos los días, recordando lo ocurrido con Carolina.
Supongo que Caro había aprendido cómo hacerlo porque no requería más “de mis servicios” lo que me daba bastante fastidio.
Una noche nuestros abuelos se fueron a la casa de unos amigos a jugar al truco. Es casi imposible describir lo que era jugar al truco con ellos dos que son sordos como una piedra. Era desopilante, porque no oían lo que les cantaban y siembre terminaban en discusiones inacabables acusándose mutuamente de hacer trampas.
Estaba preparando un arroz en la cocina después cuanto ya se habían ido los viejos. Para no perder el tiempo agarré la zanahoria más gorda que había, la pelé con un pelapapas, la lavé, le pasé manteca y la usé de improvisado consolador tirada boca arriba en la mesa de la cocina. De pronto entró Carolina en la cocina, lo que no me importó, mas bien me excitó aún más.
Me miraba cruzada de brazos, con expresión boquiabierta. Al verla me deschavé, me puse en cuatro sobre la mesa con el culo en dirección a ella. Agarré manteca con los dedos y me la metí en el orto. Luego me clavé la zanahoria lentamente hasta el fondo. Me dolí, pero era más la excitación que el dolor. Al parecer a Carolina le gustaba aquello porque se sonreía y los ojos le brillaban. Yo pasando mi mano derecha por entre las piernas me saque la zanahoria del culo y me la metí en la vagina vagina, haciendo círculos en mis labios y clítoris. Llegué a un orgasmo perfecto no por la caricia que era sumamente tosca sino que el rgasmo me vino al verla a Carolina que se le chorreaba un pequeñísima gota de saliva en la comisura del labio. ¡Cómo me calentó eso!
− ¡No podés ser tan puta! − me dijo Caro.
− El otro día no pensaste lo mismo − le retruqué yo.
Cenamos un simple arroz blanco con salchichas. Ella se fue a dormir, porque esa noche me tocaba a mi limpiar la cocina. Por un arroz y seis salchichas aquello era un verdadero desastre. Cuando terminé subí a mi cuarto y me encontre con Carolina en bolas en mi cama con una sonrisita perversa. No hablamos. La besé. Estuvimos muchísimo tiempo besándonos como nunca había logrado que un tipo hiciera. No entienden que los besos a las mujeres nos calientan más que cualquier otra cosa. Luego le tocó a las caricias. Entre esas caricias llegué a su sexo y comencé a masajear sus labios y clítoris, ella solo abrió sus piernas y desfloró su vagina para mí. Incursioné en su ano, gracias a mi cremita Hind’s de cabecera. Se acomodaba incómoda pero cuando osé sacar el dedo pensando que le molestaba, me dijo que ni me atreviera. Finalmente su ano se abrió para que mi dedo lo penetrase y no habiendo dado muchos movimientos, Caro se vació sobre mí en orgasmos escandalosos, interminables y respiraciones entrecortadas…
La penumbra de la noche se negaba a entrar por la ventana con algunos destellos de luz plateada de la luna, donde descansábamos, ya llevábamos diez días de verano en Villa General Belgrano, a dos horas de la ciudad de Córdoba. Mi prima y yo tomábamos muy típico Fernando y conversábamos animadamente (más animadas que de lo normal):
− ¿Te gusta alguien en particular?- me preguntó.
- Después de lo de Germán? − dije mientras hacía un fondo blanco- no quiero saber más nada de tipos por un buen tiempo, es un forro, una mierda en la cama.
- Vero… No te creo que fuera tan malo en la cama- me dijo Carolina.
- ¿Malo? ¡No! ¡Es malísimo y eso que se pavoneaba de hacer gritar a sus novias en la cama! Bueno a mí no, yo fingí. Lo único que quería era penetrarme por el culo y listo, otra para la estadística, ni siquiera me chupó la cuca- repliqué- no, ahora lo que quiero es alguien que me coja bien ¿no te parece?- dije esto con atrevimiento ya que me estaban pegando los tragos.
- Las mujeres somos mejores amantes que los hombres ¿Me enseñarías?
No esperé dos pedidos y me lancé sobre ella, nos besamos largamente, sentí su lengua en mi garganta, nadie en toda mi vida me había besado así, mis manos temblaban.
Carolina me dijo:
- Quiero que me cojas como una buena amante. ¿Está claro?
Yo por mi parte me tomé todo mi tiempo explorando cada centímetro de su piel, mi placer iba en aumento, besando su vientre, ella gritaba:
- Sí Vero, más abajo, sí más abajo en la concha mi vida, sí…
Seguí con mi procesión erótica, llegando a su monte de Venus. Carolina agarró mi cabeza y la enterró en su sexo diciendo entre gemidos:
- Ahí, mi amor chupame ahí hasta que me gastes.
Sumisa abrí sus labios y me comí su conchita, rosadita y húmeda, muy húmeda, estimulé su clítoris, ella dejó de gritar y me dijo:
- Vero meteme tus dedos en el culito, sí, mastúrbame… -llegó a tro orgasmo increíble que descargó sobre mi rostro, por primera vez en pocos segundos, lo que demuestra que el seso es todo.
Le metí los dedos por el ano nuevamente, mis movimientos eran rápidos, pero eso era el cielo para ella, pues lo gozaba entre gritos y gemidos de placer:
- Me duele, sí, más duro, nena, sí duele, más duro, cogeme fuerte- Con todos estos gritos y gemidos, su respiración era muy entre cortada, su sexo y ano se abrían y cerraban al compás de su respiración; llegó a un orgasmo superior, yo entre sus piernas recibí todos sus fluidos y ella me dijo:
− Ahora te cojo yo a vos, mi amor.
Yo estaba limpiando su conchita y culo que estaban muy mojados. Me besó, metiendome la lengua hasta la garganta, mientras me masajeaba mis tetas. Seguidamente me tiró sobre la cama y se me echó encima; comenzó a lamerme todo el cuerpo.
Mis sorpresas no se terminaban allí. Se ubicó haciendo tijerita conmigo.
− ¡Lo vi en Internet! − fue toda su explicación.
Lo hizo como si tuviera una tremenda experiencia. Acabamos las dos juntas cuando notábamos que la otra se estaba viniendo. Nos agarramos y nos clavamos las uñas mutuamente.
Luego, como si nada hubiera pasado, chupó mis senos con su lengua, haciendo círculos alrededor de los pezones que para ese entonces ya me ardían. Mientras llevaba su mano a mi sexo. Siguió bajando con su lengua a mi abdomen, donde me daba lengüetazos certeros, que sentí extraordinariamente. A cada chupada sentía que mis entrañas se derretían y el clásico vacío en él estomago. Terminó por llegar a mi concha, allí fue un poco brusca pero yo estaba tan excitada, que me gustó. Abrió mis labios y empezó a chupar mi clítoris, yo arqueé la espalda y gemía continuamente.
Ella me penetró con tres dedos, después con cuatro, hasta meterme la mano completa en mi concha, donde sentí una mezcla de dolor y placer y acabé con otro orgasmo.
Ella al verme empapada en sudor y fluidos me dijo:
- Te voy a romper el culo, sí mi amor.
- ¿Qué? − Pregunte yo − ¿Cómo?
Me dio la vuelta, me chupó el culo; primero las nalgas que lamió, y abriéndome el culo dejó al descubierto mi ano, que penetró con su lengua y lubricó con Hind’s. En todo ese tiempo no dejé de gritar, esto me gustaba mucho:
- Ay, Carito, cogeme, sí, quiero que me cojas el culo.
- No te preocupes mi vida porque te lo voy a desvirgar yo - me dijo sin dejar de masturbarme. Ella tenía las piernas empapadas en fluidos y de cuando en cuando daba gemidos excitados.
Después de lubricar todo mi culo sacó una zanahoria metida en un forro y me la ensartó completamente muy despacio. Era ideal porque iba desde lo más finito a lo más grueso, aparte de mi calentura y lo resbaloso del forro. La zanahoria debía tener varios días por lo que no estaba dura y parecía la consistencia de una pija: delicioso. Yo di un gemido de placer estremecedor, sentí el temblor que dio Carolina y su orgasmo por el hecho de hacerme eso. Ya impregnadas de nuestros fluidos, la zanahoria entraba solita y de a poco completita. Grité porque sentía mi culito partirse en dos, pero me gustaba. Sacaba y metía, primero suave para acostumbrar mi ano a su tamaño, después con mayor y asombrosa velocidad. Totalmente extasiada perdí la cuenta de mis orgasmos. ¿Me parecía a mi o Carolina lo sabía usar?
− ¿Caro, me pareció a mi o vos tenés una cancha bárbara con esto?
− Experiencia amor, esto es mejor que un consolador y mas barato. Los pibes ahora les gusta que les hagas el culito. Y si no se lo hacés vos, van a ir a buscar a un amigo que se los haga con una pija de verdad. Prefiero hacérselo yo.
− ¿Se lo hiciste a alguno de tus novios?
− ¿Cómo que alguno? ¡A todos! ¡Me vuelve loca! ¡Y a ellos ni te cuento!
Después de un rato ella dejó de encularme, cambio el forro de la zanahoria y reanudó el movimiento de cogerme por mi vagina, desde que Carolina me mostró su culo siempre imaginé y soñé con ese momento, ser penetrada por una pendeja sexy y sensual que no fuera tan bruta como los pibes.
Hicimos otra tijerita que terminó en otro orgasmo agotadoramente largo, desparramando gran cantidad de fluidos en las sábanas. Yo quedé exhausta y caí rendida entre las sábanas. A la mañana siguiente no me podía levantarme, mi concha y el culo me dolían muchísimo. Carolina me preguntó:
- ¿Como amaneciste?
- Bien, me encantó la violación anal de anoche.
− ¿Violación?, pero si sos una ninfómana calentona- Yo le respondí:
− Bueno vos no sos precisamente una frígida que digamos.
Fue un mes de dos cogidas por día. Siempre perdimos la cuenta de los orgasmos. Cuando volvimos a Córdoba, cada una en lo suyo, nos encontrábamos un par de veces en la semana. Papá y mi tía no podían creerlo, ya que nunca en la vida nos habíamos llevado bien para nada. Caro seguí haciéndose la santa delante de la madre. Hemos compartido machos varias veces y hemos disfrutado infinidad de tríos con varones que muy pocas veces se iban sin probar nuestra famosa zanahoria achucharrada. Hicimos tríos con otras chicas, algunas amigas e iniciamos a chicos menores que nosotras y pendejas también. Interrumpimos solamente cuando nos casamos una y otra. Nuestros actuales maridos nos probaron a ambas y la famosísima zanahoria. Cuando nuestros abuelos fallecieron nosotras nos hicimos cargo de la casa de Villa General Belgrano donde nos encontramos no menos de dos veces por mes, solas o con nuestros maridos.
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