Me llamo Susana. Siempre se me había hecho imposible de entender cómo había parejas que quisieran integrar a un tercero a sus actividades sexuales. Sabía que hay matrimonios que acostumbraba a hacer eso, no solo por los clasificados que eventualmente leía en los diarios y en las revistas eróticas que me divertía ojear de vez en cuando, sino también por historias que tienen como protagonistas a gente que conozco. Claro que eso último eran comentarios que escuchaba de otros y siempre quedaba la posibilidad de que se tratara de meros mitos urbanos. Pero estaba lejos de sospechar siquiera que un día me excitara frente a la situación de ver a mi marido con otra persona en la cama, y menos aún que esa persona fuera del mismo sexo que Augusto.
El había sido un verdadero pornógrafo antes de casarse, y si bien yo conocí la parte “sana” de su Augusto, con el correr del tiempo fui descubriendo las facetas oscuras de su pasado. Entre ellas la que más se destacaba era la fantasía que tuenía Augusto por cogerse a travestis y homosexuales afeminados.
Me enteré cuando en el nueva depto de ambos acomodé algunas cajas de mi marido, hallando, en una de ellas, cientos de DVDs con ese tipo de sexo. La sorpresa y el miedo me invadieron pues me pregunté con quién me había juntado. Debo reconocer que él ya me había confesado, algunos años atrás, que había fantaseado con culearse a chicos afeminados y a travestis, ya que se excitaba con la exageración de los modales femeninos, además de ser un obsesionado del sexo anal.
De hecho tuve parejas anteriores, pero dejé que fuera la pija de Augusto la primera que ingresara en mi trasero, descubriendo un nuevo mundo de placer. Así fui testigo de cuánto le fascinaba a mi marido prenderse a mamarme la cola, penetrándome con la lengua y hasta haciéndome tener orgasmos de esa forma.
Él me dijo que en una oportunidad se levantó a un travesti y se lo llevó a un hotel alojamiento, pero que una vez a solas con él le repugnó la idea de abotonarse a otro hombre, por lo que desde esa ocasión sus fantasías habían desaparecido.
Quizás otra mujer hubiera abandonado a Augusto por semejante perversión, pero yo estaba orgullosa de mi hombre en el rol de macho, por lo que pronto descubrí que me excitaba comprobar lo calentón que era y sumé la revelación a mis juegos: me masturbaba imaginando a mi hombre culeandose afeminados y transexuales, y cuando él me estaba cogiendo le pedía que me contara una y otra vez, y en detalle, las fantasías que había tenido en esa época.
- No quiero hablar más del tema, Susana − me dijo Augusto una noche de charla marital-. No puedo aceptar que mi mujer pretenda que me acueste con nadie y menos con un marica.
- Es que esto es diferente, no estoy pidiéndote que te acuestes con otra mujer, no tengo el morbo de quienes disfrutan viendo a su cónyuge teniendo sexo con otra persona, sino que siento que siempre va a estar el fantasma de tu fantasía conviviendo con nosotros, a menos que concretes algo que siempre te calentó.
- ¡Pero eso ya lo hice! −dijo ofuscado-. Te conté que una vez me llevé al telo al travesti más sensual que hubiera visto, pero finalmente me cayó la ficha y ni siquiera dejé que me palpara el bulto.
- Eso fue así porque se prostituía, no fue con vos por calentura sino por dinero. Muy distinto es si te llevás a la cama a un putito, pendejo, lindo deseoso de comerse tu pija.
- ¡No puedo creer que me estés diciendo estas cosas!
- Creeme, te vas a sentirte liberado si finalmente te sacás la leche cogiéndote a un mariquita, y yo me sentiría más tranquila, pues terminada la fantasía sé que solo vas a querer estar conmigo, y no bombeándome por el orto mientras pensás que te estás trincando a un travesti.
- ¡Carajo! ¡Jamás he pensado en algo así mientras te cojo!
- ¡Si, pero a veces me asalta el temor! Además te confieso - dije bajando la voz y poniéndome en gata seductora- me re calienta la idea de que le calmes la calentura a un putito clavándolo con esa pija divina que tenés.
- ¡Ufff! ¡No puedo seguir hablando esto! No te preocupa mi fantasía sino que te da morbo a vos. Me voy a trabajar, realmente me asustás.
Tras ese tipo de conversaciones debo admitir que mis temores pasaban a segundo plano, mientras que en realidad mi obsesión se centraba en ver a Augusto montándose a un mariquita hambriento de pija y sacudirlo hasta sacarse la leche. Si a ellos les gusta ver a dos minas matándose, por que a nosotras no nos puede gustar ver a dos tipos haciendo lo mismo…
Dicen que el ocio es la madre de todos los vicios: me metí en Internet y aprendí sobre los placeres de los homosexuales pasivos. No tardé en reconocer que estaba buscando al putito más afeminado, para entregárselo a mi marido servido en bandeja de plata.
Visité foros, salones de chat, blogs, páginas de contactos y otros portales similares, trabando conversaciones con homosexuales que fomentaban más mi morbo. ¿Acaso estaba alimentando una fantasía, al igual a lo hecho por mi marido tiempo atrás?
¿Terminaría condenándome y arrepintiéndome de por vida en caso de que lograra convencer a Augusto? Todo podía ser, pero yo estaba dispuesta a llevar hasta las últimas consecuencias aquello, aunque significara un divorcio lleno de traumas.
Una mañana en la que despuntaba mi nuevo hobby en internet, me encontré con un clasificado que me provocó un deja vu:
“Me llamo Luciano, pero siento que soy Luciana, porque siempre me gustaron los hombres bien masculinos. Tengo 18 años, soy pasivo y afeminado, y quiero conocer hombres que me traten como a una hembrita caliente. Soy delgado, bajito, lampito, de piel muy suave, colita redonda y parada, bien de nena. Tengo rasgos femeninos, labios carnosos y hasta voz de chica. Me gusta usar lencería y ropita que destaque mis atributos traseros. Tengo muy poca experiencia por la colita y me gustaría que algún macho me enseñe”.
De inmediato tuve la sensación de que Luciano era lo que buscaba y le envié un mail:
“Hola Luciano, perdón, Luciana. Me llamo Susana y soy mujer, pero igual te escribo pues desde hace algún tiempo tengo el morbo de ver a mi marido con una personita como vos para que nos saquemos las ganas, ya que tenemos muchas fantasías con travestis y chicos afeminados. Mi marido es un experto culeador. Te cuento que nunca quise tener sexo anal hasta que él empezó a chuparme la cola, cosa que le encanta hacer. Bueno, espero me respondas. Un beso”.
La respuesta no tardó en llegar:
“Hola Su!: Gracias por escribirme! Me ha gustado muchísimo lo que me contaste y te envidio! Qué gusto debe ser tener a un macho así que se desviva por hacerte la cola todo el tiempo! Me calienta mucho la idea de ser el putito (no me ofendo, me encanta que me digan así) que le lleves a tu marido. Quiero ser la nena muy sumisa de un macho calentón que se quiera dar el gusto con mi culo. Te adelanto que no tengo mucha experiencia por atrás porque las veces que me han intentado coger me ha dolido y he pedido que me la sacaran, así que solo lo me han puerteado, pero sí he chupado varias pijas y te juro que me muero por sentir una en mi cola. Te mando unas fotos para que veas lo linda que soy, besos!”
Cuando vi las fotos no tuve dudas de que había encontrado al putito ideal. Luciano era delgadito, rubieito, con una cara que delataba su homosexualidad por los rasgos femeninos. Constaté que no había exagerado ni mentido sobre su cuerpo, pues era delgadito, menudo y su cola, no muy grande, era redonda y pulposa. No tenía vellos, por lo que estimé que consumía hormonas femeninas y que se depilaba. En una de las fotos se lo veía arrodillado y con las manos apoyadas en el suelo, levantando su cola, que apenas cubría con una bombachita. No pudo dejar de imaginar a Augusto atr�ás de ese mariquita, bajándole la tanga para hundirle la verga hasta los testículos. Mientras pensaba eso me mojé y sin pensarlo fui al baño de la gerencia de la oficina, donde me masturbé sintiendo el agua tibia del bidet acariciándome la vagina.
Del intercambio de mails pasé a chatear con Luciano, manteniendo largas charlas en las que elogiaba la sexualidad de Augusto, especialmente cuando de sexo anal se trataba, como también describí la forma y sabor de la pija de mi esposo. Luciano, por su parte me pidió las fotos de Augusto. Entre los archivos que le mandé a Luciano había muchas fotos de la pija de Augusto.
Una noche en la que Augusto salió para comer un asado con sus amigos, lo llamé a Luciano. El putito se emocionó al escucharme por primera vez. Las charlas se sucedieron en otras ocasiones y cada una de ellas nos sumaba calenturas a Luciano y a mi. Augusto seguí sin saber nada.
Un día decidí pasar al siguiente nivel para no dejar que otro desvirgara a la marica. Así que tras algunas averiguaciones, lo llamé:
- ¿Conocés Rio Escondido? Ahí cerca de Luján…
- Sí, he ido con amigos varias veces. Queda cerca.
- Hay unas cabañas metidas en un campo, se llaman El Remanso, ¿te suena?
- Sí, pero nunca fuimos.
- ¿Te gustaría pasar el próximo fin de semana allí con nosotros?
- ¡Uh, sí! ¿Por qué me preguntás?
- Porque vamos a ir el viernes con Augusto y volvemos el domingo. Te invito a que vayas para hacer lo que hemos estado fantaseando.
- ¿Este fin de semana?
- Sí, quiero verte ya mismo con mi macho.
- Pero no tengo plata y…
- Vos hacete cargo del viaje que no es mucho. En la terminal de Luján va a haber un remisse esperándote para llevarte a las cabañaas. Yo voy a dejar una paga para vos el viernes y el sábado. El domingo quiero tener a Augusto para mí sola.
Esa misma tarde, recibí un SMS de Luciano:
Hola, Su! Ya tengo mi pasaje a Luján. Llego el viernes a las 11.
Mi respuesta fue inmediata.
“ Acabo de alquilar las cabañas. La nuestra es la 6 y la tuya la 7, están al lado. Apenas llegues a la terminal habrá un remisero esperándote. Apenas llegues vení a la 6.
El Remanso no nos era desconocido, ya que en varias ocasiones nos habíamos alojado allí. La favorita era la 6 ya que estaba más alejada que las demás y eso nos permitía sentirnos absolutamente solos, practicar el nudismo y coger al aire libre.
Llegamos a la 1 de la tarde. Estimé que Luciano ya estaría en la cabaña 7, lo que confirmé sutilmente al conversar con Ofelia, la casera: “Tenemos todo completo, ayer llegaron dos matrimonios con sus hijos y esta mañana un chico jovencito solo. Re mariquita, primero pensé que era una nena. El alquiler lo pagué por Internet, por lo que Ofelia nunca se enteraró que yo había llevado al nene-nena.
Pasé por la cabaña 7 y vi a Luciano tomando sol boca abajo. Era más lindo que en fotos, delgado, menudo, delicado. Al acercarme me asombré por la cola. Tenía una zunga roja que realzaba su culito divino.
- Hola, Lu − le dije.
- ¡Hola! − Me respondió el pendejo, feliz de verme- Al fin nos conocemos.
- ¡Qué cuerpito que tenés! ¡realmente sos una princesita! − le dije.
- ¿Sabe tu marido que estoy aquí? − preguntó él.
- No, querida! ¿te puedo decir así? Augusto no sabe nada, pero no te preocupes que todo va a ir bien. Disfrutá de todo, bañate y relajate. Luego, a eso de las 4 de la tarde, pasá por nuestra cabaña como si dieras un paseo, entonces lo vas a conocer.
- Pero va a querer? − me preguntó algo desilusionado.
- Lucianita, hoy no va a pasar nada, pero puedo asegurarte que mañana vas a tener a mi esposo muy metido en tu colita.
Augusto hacía un asado en la parrilla, mientras yo preparaba la ensalada y almorzamos a la una. Lavamos los platos y nos recostamos en la cama un rato, dormimos mientras disfrutábamos de una suave brisa sur que se colaba por la ventana. Yo en realidad no pegué un ojo. Mi mente estaba fija en otro asunto. A las cuatro lo desperté a Augusto para ir a la pileta.
Nos tiramos al agua y nadamos algunos minutos. Cuando subí por la escalerita le pregunté:
- Amor, te sigue gustando mi cola?
- Claro, siempre me has gustado. ¿A qué viene la pregunta?
- A nada… es que a veces pienso que estoy gorda. ¿Cómo me ves la cola?
Yo sabía que Augusto no podría resistirse mi indirecta, y lo confirmé al oír el ruido del agua, anunciándome su acercamiento. Un segundo después sentí sus manos agarrándome el culo.
- Amor! Tenés el mejor culo del mundo y nunca voy a dejar de celebrar que haya sido yo el que te lo abrió.
Acto seguido, le apreté la cara entre las cachas y sentí la lengua de Augusto en mi ano. Me relajé para permitirle la entrada de la lengua en mi orto. Vi que mi marido tenía la pija dura, como le sucedía cada vez que me chupaba el culo.
- Ponémela, amor.
- ¿Vamos a la cama?
- No, acá, culeame.
- ¿No querés por la conchita primero?
- No, tengo ganas de que me tapones el ojete ahora.
- Bajate entonces.
Me llevó a un costado de la pileta. Sentí como me iba entrando aquel pedazo de carne dura y caliente. Me dolió un poco, por lo que se moví para sacarme un poco la verga, para luego volver a recular y lograr así que se me metiera más. Repetí dos o tres veces el movimiento, hasta sentir los testículos de Augusto apretados en mi cola.
Estábamos en esa cuando se apareció Luciano puntualmente. Vestía un short de jean muy cortito y apretado y una pupera negra también ajustada, cubriéndose del sol con un sombrerito rojo. Calzado en ojotas avanzó decidido y aparentando estar distraído.
- ¿Y ese bicho raro? − Me dijo Augusto, sorprendido.
- Un mariquita que está en la cabaña de al lado, hoy lo conocí cuando fui a pagar.
- Salgamos, estamos en bolas y abotonados.
- Quedate adentro mío, no nos ver!.
- ¿Qué no? ¡Si ahí viene!
- Quedate, por favor, no me la saqués! me excita que nos vea!
Le apreté la pija con los esfínteres y Augusto se resignó para no ponerse en evidencia.
- Hola! −saludó Luciano, acercándose-. A usted ya la conocí esta mañana, señora.
- Hola, querida… perdón, querido! ¿cómo estás? Soy Susana y él es mi marido, Augusto, y vos te llamabas…
- Luciano.
- Hola! − lo saludó Augusto, parco.
- Estoy solo y salí a dar un paseo. Esto es bonito, pero estaba un poco aburrido y… Disculpen… Veo que los estoy interrumpiendo! Después los veo.
Sonrojado, Luciano regresó a la cabaña 6.
- ¡Se dio cuenta! −exclamó Augusto.
- Sí, y me hizo calentar mucho, pobrecito, seguro que fue a meterse los dedos en la cola por la envidia que me tuvo. Imaginate, a una mariquita así… le encantaría que un macho como vos lo tuviera enculado como me tenés ahora a mí.
- ¡Sos una perversa!
- Sí, decime que ahora te molesta! A vos también te calienta! Te siento tu pija más hinchada que recién? Decime… ¿No le harías el favor a un putito tan rico como Luciano?
- Ya empezaste de nuevo! me prometiste que te ibas a dejar de joder con eso… No soy soplanucas…
- No te hagas el santurrón que bien que te pajeabas con la fantasía de culearte a un trolito − le corté yo, moviéndome para incitarlo.
- Fue en una época de confusión, ahora solo me calentás vos.
- ¿Viste que lindo culito tenía el pendejo? Cola de nena, de minita calentona. Y vino solito! ¿no te dan ganas de llevártelo adentro para llenarle el culito de leche?
- ¡Que puta pervertida! −me gritó Augusto, llevándome con la pija adentro del orto hasta los escalones, saliendo del agua hasta la altura de las rodillas y haciendo que buscara apoyo con las manos en el borde. Seguidamente me empezó a bombear con saña.
- ¡Mirá, putita, entendé de una buena vez que el único culo que quiero es el tuyo… Zorritaa degenerada… comete esta pija!
− ¡Quiero verte cogerlo! ¡muero por verte cogerlo! − terminé la discusión.
Augusto se fue a bañar y yo empecé un diálogo con Luciano por SMS:
Yo: Viste cómo me hacía la cola?
Lu: Si.
Yo: Te gustó?
Lu: Muchísimo.
SYo: A las 9 de la noche puntual vení a la cabaña. Vestite lo más nenita que puedas.
Inventé una repentina jaqueca para evitar el polvo de la merienda, ya que quería que Augusto estuviera bien alzado para la noche. Pasadas las 20 le dije que me sentía mejor y que tenía ganas de jugar. Le preparé un jugo de naranja en el que le eché un viagra pulverizado, y le pidi que abriera una botella de champán mientras encendía un porro para fumar a medias. Con la bebida espumante, la hierba y las ganas, ambos comenzamos a transar en la cama. Yo lo comencé a pajear a Augusto mientras nos chupabamos las bocas, cuando escuchamos pasos de ojotas en la entrada.
- Vino alguien −dijo Augus, preocupado.
- Sí, me olvidé de decirte que tendríamos visitas. Esperame.
- ¡Susana! ¡Estás desnuda carajo! − me gritó, tratando de detenerme.
- ¡Shhh! ¡Loco! ¡No te preocupes!
Fui a la puerta a recibir a Lu:
− Hola, princesita, pasá, vamos a tomar champaña con mi marido.
Por suerte Augusto estaba lo bastante fumado como para reaccionar rápido, por lo que lo encontramos tendido en la cama y con la verga dura.
- Amor, ¿te acordás de Luciana? La invité a tomar algo con nosotros ya que está muy solita.
- Pero… Susana! qué es esto? − me preguntó.
- Mirá, princesita − le dije a Luo ignorándolo a Augusto- ¿Habías visto una cosa tan caliente como esta alguna vez?
Le agarré la pija a Augusto y continué con la masturbación que interrumpiera momentos antes.
- ¿Estás loca? − me decía él.
Como respuesta, lo miré maliciosamente y me metí su pija en mia boca, chupándosela.
- No finjas, amor, si hoy me diste como nunca por la calentura que te agarraste al ver a esta hermosura… ¿Viste qué bonita es? Parece una muñequita y además es virgen! Tiene el culito cerrado y yo te la regalo para que se lo abras, como lo hiciste conmigo. Acercate, Luly… enseñale la colita al Tío Augusto...
- Pero… pero… -protestaba Augusto.
Le volví a chupar la verga, mientras el putito me miraba alucinado, con los ojos brillantes de lujuria. Me obedeció y se colocó junto a él, mostrándole la cola que cubría con unas calzas de mujer cortas de color blanco, que marcaban la bombachita que tenía abajo.
Sin dejar de chuparlo, le tomé la mano a mi marido y se la coloqué en el trasero del putito.
- Tocá, amor, ¿viste que culito más durito? ¿te gusta la mariquita que te trajo mami?
Mientras volví a las mamadas. Para mi alegría Augusto comenzó tímidamente a manosear el culo del putito, que se regocijó con la aceptación de mi hombre y se olvidó sus temores de haber viajado en vano.
- A ver, Lucianita… −le dije al putín− mostrame cómo la chupás así aprendo.
El trolito se inclinó, me miró buscando aprobación, y ante mi sonrisa perversa comenzó a lamerle el tronco duro de la pija de la que había estado soñando durante semanas.
Augusto me miraba atónito con los ojos desorbitados. El mariquita se la estaba engullendo chupaba muy bien. Yo noté que me estaba mojando.
Avancé de rodillas hasta ubicar mi entrepierna sobre la cara de Augusto, corriéndome la tanga roja.
- Esto no es un 69 pero es muy parecido, ¿no crees, vida?
Me bajé hasta colocarle la concha en la boca. No pasó un segundo cuando él ya estaba succionando y lamiendo mi vagina mientras Lu le pegaba una lamida que no sé si lo calentaba más a él o a mi.
- ¿Te gusta la putita que te traje, amor? − le pregunté, bajándole las calzas a Luciano y dejándole al desnudo las redondas nalgas rosadas entre las cuales se perdía una bombachita blanca. −¡Pero mirá qué culito que vas a desvirgar, mi vida! Le vas a cambiar la vida a este putito, que se va a volver con el orto lleno de tu leche.
Al oír eso, Luciano se excitó aún más y aceleró la velocidad de su succión, mientras que Augusto me chupaba con más ganas la concha. Yo no pude aguantar mucho y acabé como una yegua.
- Basta, princesita! –ordené yo-. Desnudate y subite a la cama que el Tío Augusto te va a dar besos en el huequito.
Mientras el mariquita obedecía sin decir palabra, y sin retirar los ojos de la hinchada verga, me recosté junto a mi esposo, besándolo en la boca.
- ¿Te la chupa bien, papi?
- Sí, casi tan bien como vos, mi vida.
- Mentiroso −me reí-, este mariquita te la debe mamar mejor que cualquier mujer! y ahora vos le vas a chupar la cola para dilatársela y lubricársela! vos de aquí no te vas con el ortito sano, Lucianita.
El mariquita gimió como con un sollozo. Tal era la calentura de aquella situación. Luciano estaba como drogado, como si también hubiera fumado marihuana. Lo perdía y dominaba el hecho de que una mujer dejara que su esposo lo cogiera, y lo volvía loco de deseo comprobar que el hombre estaba dispuesto a culearselo.
- No te podés quejar de nada, Papi − le susurré yo-, este putito tiene un culo más meneado que el de una quinceañera! saborealo, papi, chupáselo, quiero verte porque me caliento de nuevo.
Luciano, totalmente desnudo, se arrodilló en la cama, abriéndose de piernas y levantando su trasero mientras recostaba su cara sobre una almohada. Augusto le separó las cachas, descubriendo el agujerito rosado sin pelos y cerrado. Parecía el culo de una adolescente. Todo Luciano parecía una nena, si no fuera por el pequeño pene que le colgaba adelante. Augusto ni se lo miró, sus ojos estaban hipnotizados por el agujerito.
Aplicó sobre sus labios, iniciando una suave succión mientras la lengua se paseaba como un pincel por el aro de aquella belleza. Luciano suspiró profundo con esa caricia. Instantes después se estremeció al sentir la lengua metiéndose en el hoyo.
Yo, en tanto, me coloqué debajo de Augusto y le busqué pija. Estaba por acabar de nuevo. El putito gemía. De pronto me salí y le dije a Augusto:
- Culeátelo, amor.
Él me miró. Estaba caliente, mambeado, perdido, ya no era un hombre, sino un animal alzado, alborotado.
- Sí, culeátelo, rompele el orto, hacelo gozar!
− Alcanzame un forro − me pidió él.
− ¡No! Culeátelo así nomás, él quiere tu leche adentro! Está sanito.
− Qué???????? Cómo sabes????????????????
Augusto dudó unos segundos mientras me miraba algo incrédulo. Luego se volvió al putito, que abría más las piernas. Augusto se tomó la pija, se sentó en el borde de la cama. Lo hizo levantar y se lo puso a upa. Le apoyó la cabeza en el ano. La frotó, hundió la punta, volvió a frotarla y apoyó otra vez más la cabeza en la entrada.
- Aflojate − le dijo Augusto− no hagas nada de fuerza! dejala entrar y no te va a doler nada de nada, ¿sí?
- Sí −musitó Luciano casi en un ruego.
Augusto empujó, y con trabajo el glande comenzó a metersela en el culito, que intentó cerrar por instinto, pero Augusto aumentó la fuerza y entonces la cabeza traspasó el aro. Luciano gritó.
- ¡Ay! Ay! me la enterraste toda! − dijo Lu.
- Toda no, solo la cabeza, pero te la va a meter hasta los huevos − lo corregí.
− Me duele! me duele! Ay! Ay! es muy gruesa!
− Shhhh − le dijo Augusto-, te dije que no hagas fuerza, relajá el culo.
Le sacó la pija con cuidado, pero antes que Luciano dijera nada, se la metió de nuevo, haciéndolo gemir. Repitió la acción un par de veces más, logrando así que los esfínteres fueran relajándose. Cuando volvió a meterle la cabeza de la chota empujó un poco más hasta introducir la mitad del tronco. El trolito volvió a gemir como una nena.
- Mmmmm! Papi! qué caliente estás! desde ahora mami te va a buscar mariquitas como Lucianita para que le abrás la colita! y esta mariquita nos mandar a todos sus amiguitos putitos para que prueben la verga de Augusto, ¿verdad, princesita?
Yo me frotaba fuerte el clítoris buscando mi séptimo orgasmo. Tanta calentura me daba ver a mi hombre culeándose a un trolito afeminado, que no necesitaba tocarse para volcar.
Augusto, había avanzado más, al punto de lograr meterle toda su pija en el culo del trolito. Augusto pegó su pecho a la espalda del chico, hizo que su boca llegara al oído.
- Ya dejaste de ser virgen, bebé ahora tenés el culitoo abierto y seguro que te vas a comer millones de vergas! pero jamás vas a olvidar mi guasca, como yo jamás me voy a olvidar de tu culito virgo…
- ¡Ay! sí me gusta! amo tu guasca… dame… dame… quiero guasca!
- ¡Así! − lo animé yo-, ¡así, princesita, gozá a este macho que te esta abriendo bien el culito…
Augusto estaba bañado en sudor y su rostro estaba transfigurado hasta convertirse en una máscara de calentura más pura y terrible. Le di un beso intenso, desesperado, y violento.
- ¡Me hago pis! me hago pis! me hago pis! − gimió Luciano.
- Meate acá − le ordené.
En realidad me imaginé que la pija de Augusto le estaría presionando la próstata y que por eso decía que se hacía pis. Dicho y hecho. Primero le salió líquido preseminal y después acabó como una fuente. No terminaba nunca de eyacular. Cuando vi eso, yo tuve otro orgasmo. Augusto también le acabó al putito.
− Lo siento! Lo siento adentro! Lo estoy sintiendo!
Indudablemente Augusto le estaba acabando adentro. Lu no se sacó la pija de Augusto sino que empezó a bajar y subir de nuevo. Se le paró la pija. Augusto se la agarró y se la masajeaba entera. De pronto Lu, volvió a gemir y acabó otra vez…. ¡Lo qué es la edad!
−
- ¿Acbaste fuerte, papi? No se la saques! quedate así, bien abotonado, porque tenés ganas de seguir dándole, ¿verdad?
- Si… creo que aunque quisiera no se la podría sacar. Lo tengo abrochado.
Al decir esto y saber que tenía mi aval, Augusto recobró la iniciativa y empezó a bombear otra vez a Luciano, que balbuceaba ya sin fuerzas, pero no por ello sin ganas de seguir sacándole leche a ese hombre alborotado.
Por un momento temí que fuera cierto el mito de que los humanos también se quedan abotonados cuando practican el sexo anal, pero su morbo aumentó y empezó a masajearle la chota al pendejo que se le paró de nevo. A los dos o tres minutos acabó por tercera vez. Augusto cumplió el sueño de todo hombre ya que acabó dentro del chico otra vez sin sacarla.
Augusto se relajó y dejó que el putito se liberara de su pija.
- Paso al baño −dijo el chico, con las piernas temblorosas.
- Mmmmmh! Muñequita… ahora ya sos una verdadera mariquita… Sos nuestra mariquita − le dije yo.
- Sos una perversa −respondió Augusto sonriendo.
- Vos me hiciste así, ¿querés cogertelo otra vez?
- No, ahora quiero tu conchita y tu culo.
- Princesita… ahora descansá porque Tío Augusto la va a culear a ella. Observá!
Luciano nos dijo.
- Me encantó muchas gracias!
Augusto me copio por el culo. Lu observaba y se tocaba.
Durante el fin de semana, Augusto se lo cogió cuatro veces. Cada vez más fácil que la anterior. Yo me sumaba pajeándolo a Lu, que respondía siempre con chorros espectaculares. Por cada cogida de Augusto a Lu, yo acabé tres o cuatro veces.
El Domingo lo llevamos a la casa porque le dolía todo. Un par de semanas después lo trajimos una semana a casa y nos divertimos transformándolo en una nena hecha y derecha. Ha traído a sus amigos y amigas y la verdad es que nuestra vida sexual se ha vuelto diez veces más intensa y excitante. El próximo nivel es que uno de los pendejos se lo culee a Augusto. Sé que lo voy a lograr. El goza y yo tengo orgasmos solamente viendolos. Que calentura! (Escribiendo esto acabé dos veces).
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