miércoles, 10 de noviembre de 2010

La profesora patagónica

Me llamo Luciana, soy profesora secundaria, y vivo en Comodoro Rivadavia, donde la mayor diversión es trabajar, ocultarse del viento o perder plata en el Casino.

Con mi marido, mantenemos excelentes relaciones sexuales pero de buenas a primeras, estas fueron decreciendo no en su frecuencia sino en su intensidad; se habían vuelto algo monótonas y les faltaba ese condimento, ese picante, esa “sal y pimienta” que hace que una explote en ese instante tan sublime y trascendental en la vida de los seres humanos.

Si bien no estaba en el ánimo de ninguno de las dos terminar con nuestro matrimonio, ni siquiera hacer una especie de “impasse”, ambos teníamos ya en mente buscar algún cambio o un ingrediente que nos devolviera esas sensaciones que solíamos tener en materia de sexo, hasta que un día directamente lo hablamos y lo conversamos largamente y decidimos abrirnos hacia otras posibilidades.

Una de la opciones que rápidamente desechamos consistía en que cada uno buscara sexo por su cuenta y sin embargo nos inclinamos por incorporar a un tercero; yo contaba con experiencia en tríos pero nada tenía que ver aquello con esto, ya que lo anterior se había dado en mi adolescencia con dos compañeras del colegio de monjas mientras explorábamos nuestras respectivas sexualidades. Como los varones estaban prohibidos y eran seres “inmundos” (textual), lo hicimos entre tres chicas de 13, 14 y 15 años respectivamente.

Después de una larga y dificultosa búsqueda encontré, Internet mediante, a una mujer de unos treinta años más o menos con la que establecí un rápido contacto; la primera impresión nos satisfizo y sobre manera ya que esta persona irradiaba sensualidad y sexualidad y además, según ella misma nos comentó al respecto, estaba como se dice comúnmente “falta de carne”.

Ya en el primer encuentro sexual nos dimos cuenta que habíamos dado en la tecla, porque la mujer estaba vestida con un conjunto de blusa y pollera tres cuartos, el pelo recogido, un maquillaje muy suave y anteojos; la imagen que proyectaba era la de una bibliotecaria, la de una secretaria o la de una empleada administrativa, de esas que en principio no muestran nada pero que una vez desnudas desbordan de sensualidad y cogen como leonas en celo.

Una vez sentadas los tres en el sillón del living, la mujer en medio de mi marido y yo, la sensación que sentí yo particularmente, fue que aquella era una de esas personas a las que uno enseguida quiere llevárselas a la cama y de no ser porque primero estuvimos un breve instante haciéndonos mimitos entre los tres, efectivamente hubiese ocurrido aquello ya que no solo nos fuimos raudamente hacia la habitación sino que además prácticamente nos arrancamos las ropas.

La mujer tenía ciertamente “hambre atrasada” y se notó rápidamente pues no le alcanzaban ambas manos para tocarnos, ni boca para besarnos y chuparnos todo cuanto encontraba a su paso por nuestro cuerpo; después de morderme literalmente los pezones, bajó hasta mi concha y abriéndomela con los dedos, comenzó a pasarle la lengua.

Nunca en mi puta vida me lamieron la concha como lo hizo aquella mujer; me hacía delirar con la habilidad que tenía para comerme el clítoris y toda la comisura anterior de mi vulva, incluidos mis labios menores y mayores; para colmo, como yo me depilo por completo porque me gusta estar siempre hecha una nenita, veía con lujo de detalles como ella trabajaba en toda mi zona vaginal y no solo eso porque la muy turra además, me metía el dedo en el culo.

Una y otra vez me comía la concha y si bien, eventualmente estiraba una mano para apretarme las tetas, se notaba que no tenía la menor intención de dejar de lamerme, con esa lengua que me quemaba por dentro ante cada pasada ¡Qué bárbaro! ¡Qué manera de chupar una chucha! ¡Qué increíble habilidad para lamer justo donde sacaba lo mejor de mí!

A todo esto y por la posición casi perpendicular a mí en la que se encontraba la mujer, arrodillada sobre la cama, con la cola bien parada y la cabeza metida en mi concha, podía yo ver también a mi marido, ubicado detrás de nuestra invitada, que estaba ya metiéndole mano a esta en toda su masa glútea, alternando también con lamidas en toda la parte posterior.

La verdad era que nos había estado haciendo muchísima falta, tanto a mi marido como a mí, una relación de este tipo para volver a experimentar esas sensaciones de sexo a pleno, pero mientras yo seguía con la concha abierta ya de par y par y siendo comida una y otra vez por la mujer, quien parecía no poder saciar nunca su apetito sexual, el trabajito de mi esposo empezó a hacer efecto y de repente nuestra invitada dejó abruptamente mi concha para comenzar a arquear su columna a retorcerse de gozo con la pija de él ensartada en el culo.

La respiración entre cortada, las palpitaciones a mil y gemidos y jadeos que rápidamente pasaron a ser gritos y alaridos de placer, me hicieron intuir que aquella mujer iría a acabar como una catarata y como yo ya estaba predispuesta a experimentar todo el gozo posible sin guardarme nada para mí, ubiqué mis tetas debajo de la concha de la mujer, de tal manera que el “chorro” cayera justo encima de mis gomas.

La mujer no paraba de gritar, y, tanto esta como mi marido, se prendieron a cada uno de mis pezones y me lamieron hasta que literalmente, limpiaron toda esa zona de mi cuerpo, para posteriormente besarme con sus bocas impregnadas de jugos vaginales.

Por supuesto, mi esposo acabó a rabiar y después de meternos las manos en ambas conchas, les pusimos nuestros dedos mojados en la boca de la mujer, para que ella también pudiese degustar ese manjar y por último nos quedamos recostados en la cama, para reestablecer fuerzas pero sin dejar de abrazarnos, acariciarnos y besarnos suave y dulcemente entre los tres.

Al cabo de unos minutos, volvimos a coger siendo en esta ocasión mi marido, el destinatario de una espectacular mamada de pija que la mujer, ya catalogada por mí como toda una experta en ese menester, comenzó a practicarle, mientras que yo, quien hasta ese momento me había mantenido en una actitud bastante pasiva, comencé a lamer, a chupar y a meter mano por donde se me ocurría en el momento.

Los gritos de mi esposo se unieron a los de la mujer aunque por razones totalmente contrapuestas, ya que los primeros eran de gozo y de placer en tanto que los segundos eran de dolor, porque yo, estando ya un poco “sacada”, le había metido dos dedos bien adentro del culo a ella y estaba intentando introducirle un tercero, por eso mientras mi marido le suplicaba a la mujer que no dejase de chuparle la pija, esta me rogaba e imploraba que le sacara los dedos del ano y que dejara de penetrarla por atrás ¡Ay, me duele, me duele mucho! Expresaba con un gemido lloroso.

Los tres estábamos hechos un ovillo sobre la cama, anudados y entrelazados; cuatro tetas, tres culos dos conchas y una pija en solitaria minoría, más las bocas con sus respectivas lenguas, las manos y las piernas, todo era utilizado, todo servía a la hora de coger, tocar, chupar, besar, manosear, lamer y volver a coger; nos estábamos haciendo de todo, todo era válido a la hora de buscarle el máximo provecho a ese momento.

Que delicia de polvos; era un infierno como nos revolcábamos en la cama, como entre los tres sacábamos lo mejor de cada uno y si bien todos nos entregamos absolutamente y sin reserva alguna, es decir todos hacíamos y nos dejábamos hacer, los tres buscábamos permanentemente que uno (o dos) se comiera nuestras conchas, porque es precisamente allí donde una mujer explota.

En un momento ella apartó a mi marido y se dedicó exclusivamente a mi concha con dedicación. Tuve un flashbacks y recordé cuando mi compañera de Colegio (la de trece) me lamió tanto la concha que me arrancó el primer orgasmo de mi vida que fue tremendo. Con esto en mente, me deje ir y tuve un orgasmo excepcionalmente delicioso. Mi marido es un buen chupador, pero lo de esta mujer era excelso. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que fue mi mejor orgasmo en los últimos quince años.

Después de “mil” orgasmos más en un sin número de posiciones diferentes, nos despedimos de nuestra invitada, no sin antes convenir en un nuevo encuentro y tan acertados estuvimos mi marido y yo con esta mujer, que esa misma noche, al acostarnos, luego de haber prácticamente agotado todo en cuanto a sexo, volvimos a coger esta vez nosotros dos, tal y como lo hacíamos hasta no mucho tiempo atrás en honor a ella.
No sé como será la cosa en las relaciones homosexuales, pero en nuestro caso en particular, el hecho de habernos abierto a la posibilidad de incorporar a nuestra cama a una tercera persona, resultó a todas luces una decisión más que acertada, ya que nos devolvió una manera de gozar y de sentir placer sexual que ambas habíamos perdido.
lucianaluzcomodoro@yahoo.com.ar

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