miércoles, 10 de noviembre de 2010

La mujer del pescador.

Abrí el MSN y una ventana se abrió con este extraño mensaje:

“¿Querés venir a cenar a casa este viernes? Mi esposo se va de pesca con unos amigos y vuelve el domingo. No me gusta quedarme sola”

Me dijo una conocida. En principio su propuesta me tomó por sorpresa porque en realidad no hacía mucho que yo la había conocido. Le respondí que sí, pero le aclaré que iba a llegar tarde porque los viernes termino muy tarde de trabajar.

Cuando llegó el día pasé de camino a su casa por el supermercado para comprar unas botellas de champagne bueno los famosos imperialitas platenses para comer de postre.

Una vez que llegué a su casa, me sorprendió la ropa que tenía puesta: una malla de lycra y una remera con nada debajo de ambas prendas, según pude observar a simple vista. Raro porque ella siempre anda vestida muy elegantemente, pero inmediatamente se disculpó por su indumentaria diciéndome:

− Perdoname que te atienda así, pero en casa me gusta estar cómoda.
− Ay, por favor, no es nada; yo también hago lo mismo cuando llego a mi casa y sobre todo después del trabajo − le contesté yo.
− Bueno, pasá y ponete cómoda, como en tu casa, la cena ya está casi lista”

Volvió a sorprenderme la manera en que estaba puesta la mesa más acorde para una cita que un reunión de amigas, pero enseguida recordé que Susana era bastante “paqueta” y supuse que aquello sería algo habitual en su forma de vida.

Yo en ningún momento le hice insinuación alguna con respecto a mis inclinaciones sexuales, soy 100% bisexual, algo debió haber intuido Su, porque estuvo “tirándome onda” durante toda la cena y después de comer, me dijo:

− ¿Querés que pasemos un rato al living? Así nos sentamos un rato en el sillón a charlar.
− ¿No querés que te ayude a lavar los platos? − Le respondí y Susana me dijo rápidamente, mientras me acompañaba al living, que no hacía falta; que ella los lavaría después “para no aburrirse”, según sus propios dichos (en varios momentos de la “velada” repitió insistentemente esa palabra “aburrida”).
− ¿Te animás a acompañarme con un licorcito? Son los pequeños “gustitos” que me doy de vez en cuando − me pidió y yo le contesté sonriendo de la misma manera.
− Sí dale, bueno, a mí también me gusta.

Susana llenó las copitas más de la cuenta, me ofreció la suya para hacer el “chin-chin” e inmediatamente comenzamos una divertida charla; la que, a medida que el licor hacía subir la temperatura de nuestros cuerpos, fue subiendo también de tono y girando en torno a los temas de índole sexual.

Risas van, risas vienen y el licor de por medio, Susana aprovechaba cualquier circunstancia para apoyar sus manos sobre alguna parte de mi cuerpo; mis muslos, mis hombros e inclusive la parte superior de mis pechos, además, ya estábamos sentadas muy juntitas la una de la otra, intercambiando miradas y provocativas y en momento de la conversación, me dijo:

− ¿Querés que veamos una película un poco subida de tono? La bajé de Internet y me intriga verla.

Le respondí afirmativamente y apenas puso el “DVD” en el reproductor, confirmé lo que venía sospechando durante toda la cena, precisamente porque yo ya había visto ese video, cuya temática tiene que ver con un grupo de mujeres que salen “a divertirse”: L Word, una serie americana muy subida de tono y controvertida. Obviamente a mí no me iba a asustar.

Efectivamente y nomás al comenzar la serie, las “chicas” se reúnen en una casa con pileta y obviamente se terminan metiendo al agua en topless; entre tanto, Su y yo teníamos la vista fija en la pantalla del televisor, pero nos mirábamos mutuamente de reojo, sobre todo para dilucidar las reacciones de cada una, ante las imágenes que ella consideraba tan “subidas de tono” y que para mí eran habituales. Me reía por dentro.

La situación se volvió un poco incómoda porque ninguna de las dos daba el primer paso. Ella por timidez y yo por tozudez, para que ella se largara. Gracias a las chicas de la serie, que justo empezaban a ponerse muy “cachondas” Susana me agarró la mano y yo le correspondí con una sonrisa.

Aquel gesto fue el “clik” que ambas necesitábamos y rápidamente nos pusimos acordes con el video que estábamos mirando; nos abrazamos, nos dimos un beso en la boca y enseguida comenzamos a tocarnos; yo metí la mano por debajo de su remera hasta dar con sus tetas, obviamente desnudas, mientras Susana buscaba apoyar la suya, sobre la zona de mi “bajo vientre”.

Después de ese primer “aproach”, empezamos a desvestirnos cruzando miradas y sonrisas muy provocativas, hasta quedar ambas totalmente desnudas.

− Desde la primera vez que te conocí te tuve ganas, pero no sabía como encararte − exclamó Su y yo le pregunté:
− ¿Y como sabías que yo era...?
− ¿Bisexual? − Dijo Susana en tono de interrogación y agregó − Mirá en realidad una chica tan linda y joven, soltera y sin novio o amigo fijos, despierta curiosidad primero y tentación después. − Y finalizó diciendo − Además, no sabés lo provocadoras que son tus tetas y eso que nunca las mostrás. No sabía que eras bi. Me supuse que no lo verías mal.

Dicho esto último, empezó a acariciarme precisamente las tetas, tocándomelas muy suavemente, pasando la yema de sus dedos por mis areolas y pellizcándome muy suavemente los pezones, que ya se habían puesto bien duros y paraditos; si bien supuse que a continuación la mujer iría a lamerme o a chuparme, apoyó sus tetas contra las mías y comenzó a refregarlas.

− Una sola de las tuyas hacen las dos mías. ¡Qué hermosas las tenés! − Me dijo en alusión a mis senos de 100 cm. y totalmente naturales, sin ningún tipo de cirugía ni nada adicional. Paso seguido sí, empezó a chuparme las tetas mientras yo apretaba y manoseaba las suyas.

Si bien las mujeres, independientemente de nuestras inclinaciones sexuales, tenemos el don de explotar al máximo nuestros propios cuerpos para obtener de ellos el mejor y mayor placer, era obvio que aquella Susanita no era la primera vez que estaba con una mujer ni mucho menos, porque sabía perfectamente a donde poner su lengua y sus deditos y cómo usarlos.

Después de intercambiar posiciones, es decir que mientras una de nosotras chupaba las tetas, la otra las toqueteaba, manoseaba y acariciaba, nos recostamos en el sillón, en la típica posición del 69, por supuesto para lamer y comer nuestras respectivas conchas y fue precisamente por sugerencias de Susana, quien dejando de lado su lenguaje fino y educado, me dijo:

−Ay, chupémonos las conchas ¿Querés?

Mi monte de Venus contrastaba con el de Su porque el de ella parecía el de una chica pre-adolescente, sin un pelo; enseguida separé sus labios con mis dedos y empecé a juguetear allí con la punta de mi lengua; ella en cambio, rápidamente comenzó a chupar mi clítoris y a lamer íntegramente mi concha ya empapada, otra prueba de que no era primeriza a la hora de comer conchas.

Luego de una fenomenal “comida de chucha” por parte de ambas, nos sentamos siempre sobre el mismo sillón y fuimos arrimándonos la una a la otra, hasta ponernos en la posición correcta, en la que los dos clítoris hacían contacto entre sí y allí empezamos a cogernos mutuamente.

Yo soy bastante gritona, pero Susana no me iba en saga, así que el living parecía un concierto de gritos, alaridos, gemidos y jadeos, a los que les agregábamos palabras bien cochinas y chanchas, pero que nos servían y mucho para extraer lo mejor de cada una de nosotras dos.

A punto de acabar, no sabíamos qué parte de nuestros cuerpos tocar y acariciar para acrecentar al máximo ese momento de placer sublime, pero nuestras tetas y más precisamente nuestros pezones, se llevaron todos los laureles y así quedaron también, enrojecidos y ardientes. El sillón también pasó susto, ya que no se desarmó de casualidad, pero que se corrió bastante del lugar en el que estaba, a causa de nuestros fuertes movimientos.

Estábamos cogiendo tan impetuosamente que nuestras tetas, las mías sobre todo por razones de tamaño, parecían que se irían a desprender de nuestros cuerpos y después de acabar ambas en forma de catarata y con un fuerte alarido, nos quedamos un rato abrazadas y besándonos en la boca, para luego recostarse la mujer boca abajo sobre mis muslos, ofreciéndose así su hermoso culo.

Mientras nos reponíamos del esfuerzo y de la fenomenal excitación que nos había provocado esa cogida maravillosa, yo aproveché para toquetear, acariciar y manosear ese gran culo, muchísimo mejor que el mío más grande, más parado y más redondito y rápidamente volví a encenderme, por lo que no me quedó más remedio que morder esos tentadores cachetes y lamer el rosado ano de Susana que tanto placer me había brindado.

Si bien aquella cogida había colmado con creces todas mis expectativas, como buena multi-orgásmica que soy, no me contenté para nada y por supuesto deseé más, por lo que, en esa misma posición, es decir con el culo de Susy sobre mis muslos, comencé a acariciarla y a penetrarla doblemente con mis dedos por el ano y por la concha, y como ella también tenía lo suyo aún para poner, volvimos a coger una y otra vez hasta quedar ambas exhaustas y sin una sola gota como para exprimir.

Antes de irme, la intriga me carcomía.

− ¿Vos ya estuviste con alguna mujer antes? − le pregunté.
− Si, pero cuando tenía 16 años. Es decir hace 14 años y me acuerdo como si fuera hoy. Necesitaba de ese recuerdo para poder acabar cuando estoy con mi marido.
− ¿Por?
− Porque cogemos una vez cada dos meses, en la posición del misionero. El serrucha un poquito y a la mierda. Al día de hoy hace 13 meses que no tenía un orgasmo. Ahora voy a pensar en este polvazo para acabar. Además vos no sabías que todos los pescadores son re cornudos.


Nos dimos una ligera ducha, en la que aprovechamos a darnos los últimos besitos, toquecitos, lamiditas, etc. y quedamos de acuerdo en que, a la primera ocasión que se presente, su marido fuera de casa, volveríamos a juntarnos para “cenar”, ya sea en su casa o en la mía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario