Mi nombre es Andrés, tengo 32 años, soy hijo único. Lo ocurrido se divide en tres partes. La primera fue en mi infancia a mis 10 años. Vivíamos con mis padres en un edificio de departamentos de una ciudad mediana de la Pcia. de Buenos Aires. Tanto mi padre como mi madre son profesionales y yo era un verdadero problema para ellos, ya que no tenemos familia en la ciudad y nadie se podía quedar a cuidarme mientras ellos salían. No podían llevarme a una guardería infantil por mi edad. Era grande para ser chico y demasiado chico para quedarme solo en casa.
En el mismo piso vivía una familia que tenía una hija de 18 años, Analía, morocha y muy bonita, de pelo castaño oscuro largo. Mi madre y la madre de ella eran buenas vecinas y amigas, por lo que le ofreció a Analía que mientras estudiaba, lo hiciera en casa y de paso me echaba un ojo y se ganaba unos pesos extra. Yo era bastante tímido, retraído y muy callado, por lo que recuerdo que Analía aceptó inmediatamente.
Yo a la tarde hacía los deberes de la escuela y ella estudiaba y me ayudaba a mí. Cuando terminaba con los deberes me ponía a leer o ver televisión, así que yo era poco problema para mi vecina. A las cinco y media de la tarde, puntualmente tomábamos una merienda que preparaba mi cuidadora. Pasaron meses de esta forma. Llegada la primavera a mi madre se le ocurría siempre la idea que yo anduviera con shorts de algodón de los que se usan para educación física. Los nuevos los dejaba para la escuela y los viejos eran para entre casa, que generalmente me quedaban ajustados porque eran de uno o dos años atrás. Analía la primera vez que me vio con esos shorts se quedó contemplándome y me dijo:
− ¡Che Andy, qué lindo culito tenés!
El comentario, a esa edad no lo entendí. Sumado a eso me pasó una mano y me lo agarró con fuerza diciendo:
− ¡Uy! ¡Qué lindo! Es una nalguita de primera. Me cortaría un par de churrasquitos para esta noche.
El comentario no me gustó porque se refería a mi culo demasiado gordito y parado para lo flaco que era yo. Sumado a eso en la escuela me cargaban diciendo que tenía culo de mina. Sin embargo la caricia, aunque algo brusca, en un lugar poco habitual me gustó.
Los comentarios sobre mi culito se repetían siempre con una caricia sobre la ropa o bajando a mis muslos libres por el short.
Un sábado mamá me compró unos shorts nuevos. Me los compró un par de talles más grandes para que me duraran un poco más. El lunes, como mis viejos ya no estaban cuando llegué me puse esos shorts nuevos en lugar de los apretados. Lo hice para que no me sobresaliera tanto el culo. Analía llegó y me ayudó con la tarea. Ella se fue a estudiar a la mesa del comedor. Cuando terminé con lo mío, se lo llevé para que lo revisara y me quedé parado al lado de ella. Era una redacción estúpida como todas las de la escuela. Analía la leía y me decía que estaba bien mientras las uñas largas de su mano derecha se paseaban por la parte posterior de mis muslos. De pronto metió la mano por debajo de mi short y comentó:
− Esto está muy bueno Andy… Me encanta.
Yo estaba duro, como hipnotizado por aquellas caricias que se iban acercando a mi culo. Supongo que como no reaccionaba ella avanzo hasta rascarme con las uñas muy suavemente mis nalgas. Yo sentía emociones y cosquillas desconocidas para mi a lo que ella me comentó:
− ¡Sos un gato de tan mimoso! ¡Con ese culito divino! ¿Cuándo me vas a dejar que te corte un pedacito para mi?
Yo seguía inmóvil. Ella debe haber reaccionado o temido ir más allá y me dijo:
− ¡Andá a terminar con la tarea de matemáticas! Si está todo bien, te sigo rascando. Si hay alguna cuenta mal, te corto una chuletita para comérmela esta noche.
Creo que aquel fue el primer juego sexual de mi vida, porque me fui a terminar con los deberes, absolutamente perturbado, confundido, excitado y absolutamente enamorado de mi tutora.
Hice la tarea de matemáticas con mucho cuidados y la revisé varias veces. Finalmente, temeros y excitado se la llevé a Analía. De nuevo me paré a su derecha, al lado de la silla en la que ella estaba sentada estudiando. Revisó las cuentas de dividir con una calculadora. Cada una de las que estaba bien subía más la mano hasta que alcanzó mi cola y me rasco de nuevo suavemente con sus uñas. No pude evitar emitir un sonidito de placer. Ella giró la cabeza para mirarme y se sonrió.
− Si hubieras nacido nena en lugar de varón, − me dijo − no te imaginás las cosas que podrías hacer con este culito tuyo.
El comentario me intrigó y le pregunté por qué decía eso, a lo que ella contestó:
− ¡Sos muy chico para entender! ¡Cuando seas más grande te vas a acordar de lo que te dije!
A veces mamá insistía que de entrecasa usara los short viejos que me quedaban realmente apretados. Cuando usaba esos las caricias de Analía cuando hacía las cosas bien, se limitaba a una palpadita o sus deliciosas uñas por el interior de mis muslos. Recuerdo una vez que llegó muy cerca de mis bolas. Cuando lo hizo, instintivamente abrí un poco las piernas, pero Analía sacó la mano de allí.
Llegaron las vacaciones y fui a parar a una colonia de verano a la que debía ir todos los días. Con el short de baño la cola se me debía ver mucho más porque los chicos me volvían loco. Me palpaban y pellizcaban a lo que yo respondía enojándome y tirando alguna trompada. Fue un verano de pesadilla.
Cuando comenzaron las clases, retomé la rutina con mi vecina, pero al parecer sin caricias ni alusiones a mi culo. Al parecer a mamá la habían llamado de la colonia y le habían contado lo que ocurría conmigo. Me llevaron a un médico endocrinólogo que me hizo hacer análisis. Concluyó que todo estaba bien. Papá le preguntó si con dieta podía reducir mis glúteos. El médico nos observó a los tres. Me hizo pesar y me midió concluyendo que yo era un flaco esmirriado y que si hacía dieta desaparecería. Concluyó que era genético y que se pasaría con la edad cuando fuera mayor y si hacía ejercicios para desarrollar el resto y que mis glúteos no se notaran tanto.
De todo aquello, lo que lamentaba era que Analía ya no me decía nada sobre mi cola y lo peor era que no me pasaba sus uñas por mis nalgas o mis muslos.
Las bromas de mis compañeros siguieron con poco apoyo de la maestra de sexto grado, por lo que mi nivel escolar se fue al sótano. Mamá volvió a hablar con Analía, quien recuerdo que le dijo que ella se iba a hacer cargo de que yo mejorara.
Un día haciendo una tarea sobre el martín Fierro, que me resultaba particularmente difícil, me dijo que si la hacía bien tendría premio. Aluciné con una rascadita aunque fuera por encima de los jeans holgados que usaba y me empeñé a muerte. La terminé y se la llevé. Comenzó a leer y me dijo que estaba bien. Metió su mano por debajo de la remera y me rascó la espalda con sus uñas. No era lo mismo, pero no estaba mal. Cuando terminó de leer me dijo:
− ¡Está perfecta! ¡Vení que te doy un beso!
En lugar de darme un beso en la mejilla me lo dio en el cuello debajo de la oreja, lo que me hizo vibrar extrañamente. Días después, en los que no pasaba nada de lo que yo esperaba, venía muy mal con geometría y ángulos. Analía me dijo que para estar en casa que por que no me cambiaba los jeans por el short de algodón. ¡Era la señal! Recuerdo que finalmente logré sumar ángulos con minutos y segundos. A medida que los revisaba Analía avanzaba con sus uñas por el interior de mis muslos. Cuando comprobó que todo estaba bien me rascó las bolas y el ano. Debo haber puesto una cara de sorpresa o de alegría tal que ella se moría de risa al verme.
− ¡Así que vos funcionás a mimos! ¡Qué putito sos!
Era cierto. Funcionaba a mimos. A esos mimos, con lo que logré zafar mi sexto grado. Sin embargo para mi desconsuelo, los dueños del antiguo edificio donde vivíamos no nos renovaron los contratos de alquiler porque se lo iban a vender a la Provincia. Analía y sus padres se mudaron al Norte de la ciudad mientras que mis padres alquilaron una casa cerca del centro por el trabajo de ambos. Terminé la primaria a los tirones y comencé el secundario con no menos problemas. El principal era mi culo y mis piernas que eran los de una mujer a los que la naturaleza le había adosado testículos y un pene que no paraba de crecer.
A mis 16 yo era un desastre en el colegio. Papá y mamá se seguían viendo con los padres de Analía, y también la veían a ella. Yo fingía desinterés cuando hablaban de su familia y de ella en particular. Un sábado mamá me anunció gravemente que iba a comenzar a tomar clases de apoyo con Analía los jueves y sábados. Que ellos me llevarían y me irían a buscar.
Cuando la vi de nuevo no lo podía creer. Tenía el pelo más largo y oscuro, estaba realmente hermosa y usaba unos anteojos que le daban un aspecto angelical. Me abrazó afectuosamente. Hacían cinco años que no nos veíamos. Aquello no fue como yo esperaba, porque Analía se había recibido de profesora de lengua y literatura, pero me ayudaba con matemática, castellano, historia y geografía. No hubo alusiones a mi culo, ni mimos como cuando yo era un nene. De todas formas yo estaba absorto con ella y platónicamente seguía enamorado. Durante ese año me enteré que salía con más de un chico y para mi escándalo deduje que con varias chicas también. Su teléfono celular no paraba de llamar.
Pese al esfuerzo tuve que recuperar lengua y literatura. Mis viejos le pagaban una pequeña fortuna a mi divina profesora que se esforzaba mucho conmigo, pero el problema era yo, no ella.
− Si aprobás el examen de castellano, me parece que te voy a dar un premio como cuando estábamos en el departamento de tus viejos − me dijo sorpresivamente un día.
Me maté estudiando y aprobé el examen de castellano con un 7 rasguñado. La llamé por teléfono para contarle. Me dijo que estuviera el sábado a las 10 de la mañana. Yo ardía y estaba al palo hasta ese día. Llegué puntualmente. Me hizo pasar, cerró la puerta de calle con la llave cruzada.
− Sacate la ropa. ¡Dale! − me ordenó sin preguntarme nada previamente.
Me saqué la ropa y ella me miró de adelante dando un silbido de admiración con un gesto con ambas manos. Me hizo dar vuelta y se quedó mirando mi culo.
− ¿Vos tenés 16 ahora?
− Ya cumplí los 17.
− Seguís teniendo un culito hermoso. Bien de mina como a mi me gustan. Tu culo siempre fue mi locura.
− La locura eran las caricias que me hacías…
− ¡También! − se admiró ella − ¿Y decime una cosa, ya aprendiste a usarlo o todavía no?
− No te entiendo − contesté yo.
− ¿Lo usaste o no?
Yo me quedé mirándola porque realmente no entendía lo que me estaba diciendo. Ella me miró y me preguntó:
− ¿Lo tenés virgen o ya te lo rompieron?
− Yo no soy puto. − Le contesté − Me gustan las mujeres… ¡Me gustás vos!
− No tenés necesidad de ser puto para usarlo. Yo te voy a enseñar.
Me hizo acostar boca abajo en la mesa del comedor en una posición en la que yo parecía un pollo a la parrilla gigante. Me empezó a pasar las uñas por los cachetes. Era increíble. Me daba descargas eléctricas.
− Esta es un arma secreta que me enseñó una amiga mía. No hay hombre o mujer que se resista a la caricia con el borde de las uñas largas.
− Me vuelve loco. − Agregué − ¿A todos les produce lo mismo?
− A hombres y mujeres, pero a los hombres especialmente los puede.
Las caricias me relajaron y ella fue bajando a mis bolas y al perineo. El pito lo tenía al mango. Ella me hizo levantarme un poquito y me lo dobló para abajo. Yo estaba con las piernas abiertas. Me pasó con las uñas lentamente por el anverso del pene, las bolas, el perineo y el ano. Cuando estaba en esas sentí que me echaba un líquido o crema tibia. Me abrió el ano con dos dedos y me chorreo algo adentro. Se puso un guante y me empezó a meter un dedo en el culo metiéndolo y sacándolo. Luego me metió un segundo dedo y los abrió. Por el hueco me echó más cantidad del lubricante que sentí que me entraba hasta la nuca. En ningún momento me dolió. Me dejó en la mesa, se sacó el guante y fue a la habitación y trajo una especie de cono de látex color piel. Lo untó con el gel y me lo empezó a meter y sacar. Cuando lo hizo más profundamente sentí deseos de evacuar y se lo dije.
− ¿Te duele? − me preguntó ella por toda respuesta.
− No, tengo ganas de ira al baño.
− No, es una sensación falsa. Pensá en lo que te estoy haciendo y disfrutalo.
Dicho esto con la derecha me metía, sacaba y daba vueltas el cono. Con la izquierda me pasaba las uñas. No se cuanto estuvimos, pero en un momento le dije:
− ¡Analía, no doy más! ¡Voy a acabar!
− Esperá. − Me dijo ella mientras iba a la cocina y traía varios pañitos de papel y me los puso en el glande del pito.
Redobló las embestidas con el cono y con las uñas me rascaba las bolas. Yo sentí durante varios minutos que acababa y no podía, lo que era delicioso y frustrante a la vez. Finalmente ella me metió el cono hasta el fondo y me lo daba vueltas. En ese momento imaginé que era una pija y acabé como nunca en mi vida. Además de fuerte fue larguísimo.
Me limpio, juntó los paños de papel y los tiró en la cocina.
− ¡Vestite! − me ordenó, cosa que hice de inmediato aunque todo el cuerpo me temblaba.
Cuando ella volvió, se había lavado las manos y recogido el pelo. Yo me acerqué y quise besarla. Ella dio vuelta la cara.
− Los besos son para el amor. Esto es trabajo. Tu trabajo es aprobar, el mío es que vos apruebes como sea. Para eso me pagan. De paso tu culo me vuelve loca y enseñarte a usarlo me produce muchísima excitación y me divierte horrores hacértelo. Me encanta verte con ese culo divino para arriba.
− ¿No querés que te coja? − le pregunté.
− Yo ya tengo quienes me cogen… Vamos a hacer un trato… Un orgasmo por cada examen aprobado de las materias que tenés bajas. Si no te llevás ninguna a recuperación o a examen te voy a dar un premio especial.
Me pasé todo el resto del año estudiando como un nerd. Mis viejos no lo podían creer. Cada examen que aprobaba Analía repetía lo que ella llamaba “la adoración del culo”. Mi ano se fue relajando y me metía consoladores y vibradores cada vez más grandes, los que yo recibía con creciente placer.
Tuve que rendir el último examen bimestral de matemáticas. Necesitaba un 8. Eran cinco ejercicios de dos puntos cada uno. Hice cuatro, de los cuales uno seguro estaba mal, así que me llevaba toda la amargura de tener que ir a recuperación y perderme el “premio especial” de Analía. A la clase siguiente, cuando la profesora nos entregó los exámenes yo esperaba un seis y me encontré con un extraño 7,50 porque el ejercicio estaba bien planteado y mal calculado. Me hubiera correspondido un siete. Obviamente no entendía nada. La profesora anunció las notas y cuando me mencionó dijo:
− Andrés… ¡Una lástima por apurado! – Yo creí morir cuando oí eso, pero continuó − Sacó un 7,50, pero por redondeo le corresponde 8 y no rinde recuperatorio…
Todos los demás me miraron y yo no lo podía creer: había zafado de todas las materias.
− ¡No al pedo tiene el culo que tiene! − comentó uno de mis compañeros. Todos se rieron y yo como estaba tan contento y había aprendido a convivir con mi culo, me paré, me puse de espaldas a la profesora me incliné un poco y le mostré el culo a todos. La profesora se bajó los anteojos, me miró el culo, se sonrió e hizo un gesto de aprobación. Todos se mataban de risa.
Le avisé a Analía que me dijo que como de costumbre tenía que estar el sábado a las diez. Papá y mamá no entendían para que iba a ir si ya había pasado al último año. Yo les dije que era para agradecerle y porque me habían quedado dudas.
Cuando llegue Analía siguió la rutina de hacerme desnudar, ponerme boca abajo como el pollo asado, rascarme suavemente, lubricarme y meterme una tremenda poronga de goma con vibrador. Cuando yo ya estaba en camino de acabar, me hizo dar vuelta boca arriba. Mi propia poronga era casi tan grande como la de goma. Me dejó así con la orden de que esperara. De pronto oí el timbre de la casa y entré en pánico. Veo que Analía se levanta a abrir.
− ¿Me visto? − le pregunté.
− Vos quedate como yo te puse. Sos un adorno en la mesa. Quiero que te vean así.
Ante esa respuesta me sentí mareado. ¿Qué me esperaba? Oí a una mujer que saludaba y entraba. En el comedor se dio vuelta y se dieron un beso apasionado con Analía. La mujer se sacó los anteojos negros y la conocí. Era la Sra. Irene, profesora de matemáticas de mi colegio a quien yo tendría el años siguiente. Irene era una mujer de unos 35 años bellísima, pero de carácter horrible y era el cuco del colegio. Irene se dio vuelta me contempló desnudo con mi mástil apuntando al techo y dijo:
− ¡Qué belleza nena, tenías razón, valía la pena!
Diciendo esto me tocaba la pija y yo no sabía si debía saludarla. Analía me dio vuelta y le mostró a Irene mi culo. Irene comentó:
− Una belleza. Aparte lisito. − Y continuó indagando − ¿Es así o lo hiciste depilar?
− No, todo natural.
− Hermoso.
Irene se sentó a la mesa. Me hizo acercar a ella para que mi pija le quedara a la altura de la cara. Sin decir una palabra más me empezó a chupar la pija. Yo tenía tanto miedo que no estaba muy animado.
− Mirá Irene − le dijo Analía − esto lo vuelve loco…
Comenzó a rascarme con las uñas en las bolas mientra Irene me la seguía chupando como si yo fuera un mate tapado. Las chicas con las que salía me lo habían hecho, pero nunca con tanta maestría. Luego de unos diez o quince minutos, me pareció que Irene se estaba poniendo impaciente. Analía se dio cuenta y me metió el vibrador en el culo. Sentí que acababa e Irene no la soltaba, por lo que deduje que quería tragársela. Le di ele gusto y ¡cómo! Irene parecía una aspiradora. Luego que yo acabara siguió un rato más. Ella tomó el consolador de manos de Analía y me lo metió y revolvió en el culo sin dejar de chuparme, por lo que le devolví con otra acabada dolorosa de tan intensa y placentera.
− ¡Ah, es completito el chico! ¡Qué juguete hermoso! − Le comentó a Analía. Luego dirigiéndose a mí, continuó − Esto es un secreto. Si a vos esto te gusta, lo podemos seguir haciendo si no le contás nada a nadie. ¡Ni a tu almohada ni a tu psicólogo! No te olvides que el año que viene te tengo de alumno. Donde derrapes, no te recibís más de bachiller. Si sos discreto y estudiás para ser el mejor, todos la vamos a pasar bárbaro.
Analía me hizo vestir. Irene se fue para el cuarto de Analía. Cuando me vestí me acompañó hasta la puerta, y antes de abrir me dijo:
− Cuento con que seas vivo, no le digas de esto a nadie y estudies para ser el mejor. Creo que el premio valía la pena.
Dicho eso me acercó la boca y me dio el mejor beso de lengua que recibí en mi vida. Yo atiné a balbucear:
− Analía… Yo te quiero… Estoy enamorado de vos.
− Andy, esto es una despedida. Yo me caso en una semana. Te agradezco tus sentimientos. Sos mi juguete sexual favorito. Me hubiera gustado con locura cogerte y que me cogieras, pero no. ¡Es mejor así! ¡Hacele caso a Irene! ¡Ella sabe más que yo!
Al año siguiente, vuelto de las vacaciones en Mar del Plata, comencé el último año de a secundaria. Efectivamente Irene era mi profesora, con sus modales autoritarios y sus gestos agrios. El primer examen lo aprobé e Irene me dio una notita citándome un jueves a las seis de la tarde a su casa. Irene era casada y tenía dos hijos chiquitos. Estaba sola en la casa y me la chupó como la primera vez y metiéndome un consolador monstruoso en el culo. Si Analía rascaba bien con la punta de sus uñas, Irene era una verdadera artista. Estuve cinco o seis veces más en su casa, siempre los jueves a la tarde. Cuando aprobé con nueve el último examen y me recibí de bachiller, me cogió con todas las de la ley. Ella arriba mío, sin forro acabando como una leona, y luego se puso un arnés y me copio ella por atrás. Volvió a acabar y me volvió a chupara la pija y tuve mi primer orgasmo simultáneo de mi vida.
Entré a la facultad de Filosofía y letras, para estudiar Lengua y Literatura. Con Irene seguimos siendo amantes por varios años más hasta que ella se separó y se casó con un tipo mucho más joven del que no zafaba tan fácilmente. En la despedida de Irene, ya éramos colegas docentes ambos, que fue con muchos llantos mutuos, cientos de besos y confesiones, ella supo que yo seguía enamorado de Analía. Me dijo entonces que Analía había tenido muchas novios y novias. Que nunca había cogido conmigo, porque dos de sus amantes con las que hacían tríos eran ella misma, Irene, y mi mamá que ya había fallecido hacía varios años. Mi viejo duró poco más.
Desde entonces mi vida sexual fue un desastre. Probé con mujeres, hombres, chicas más jóvenes, con chicos, con maricas, taxi boys, pero nunca con ninguno obtuve el placer que me daba Analía, a la que perdí el rastro como si la tierra se la hubiera tragado como se tragó a mi sexualidad.
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