domingo, 14 de noviembre de 2010

La equivocación

El detergente que me protegía las manos al principio pareció darme buen resultado; luego, al igual que los demás, también falló, de manera que, inevitablemente veía como las manos se me surcaban y envejecían a pesar de mis treinta y cinco años.
En alguna de las tareas, como la de amasar la harina del futuro budín, podía ensimismarme durante casi una hora; entonces sonaba el teléfono, pero no era fácil
tomar el tubo con las manos sucias de masa, y porque las formas usuales de conversación palidecen y pierden sentido cuando el interlocutor lleva una vida rutinaria y sin atractivos para contar. Así habían ido menguando mis amistades con los años.
− Lamentablemente te tengo que confirmar lo que sospechábas – me dijo ella.
– ¿Estás completamente segura? – pregunté con lágrimas en los ojos.
− Lo vimos salir del hotel ayer por la noche con esa mujer.

Se me dibujó el rostro sonriente y complaciente de Jorge, mi marido, a quien le había
mantenido la más absoluta fidelidad durante casi cinco años; con quien había pasado las penurias económicas de los primeros tiempos; a quien había intentado complacerlo de tantas maneras; a quien le preparaba aquellas comidas que engullía al llegar de la oficina, sin siquiera entender el sacrificio de la resignación y el abandono de las metas personales. ¡Cinco años de mi vida!

Me quité la ropa manchada de harina, en silencio y con la rabia contenida. Desde hacía un tiempo sospechaba que mi esposo me era infiel, por eso, en las últimas semanas, había optado por escuchar a aquella detective que decía haberlo visto con otra. Me palpé mis pronunciados senos desnudos frente al espejo; no podía entender qué había ido a buscar mi compañero en otra mujer, pero tampoco quería quedarme para preguntárselo cuando regresara.

Debía soportar este mal momento con frialdad; calcular, con el mayor pragmatismo posible, qué hacer para remediar cinco largos años de sumisión inútil.

Luego de bañarme y perfumarme, busqué entre mis prendas íntimas las más insinuantes,
las que sólo había usado en la intimidad para mi marido. Me sabía aún con formas sensuales y proporcionadas; elegí un vestido ajustado color salmón que no usaba hacía tiempo y, posteriormente, alisé mi cabello negro con un cepillo frente al espejo del baño,
peinándolo a un costado de la manera en que le parecía más insinuante.
− El mundo nos envicia de responsabilidades absurdas – me dije.

El ser humano no merece tan poco. Primero iría a visitar a Federico, el mejor amigo de Jorge. Guardé el coche en el estacionamiento y me tomé unos minutos para retocarme el maquillaje. La persona encargada del aestaionamiento recibió las llaves y le adelanté
una generosa propina, extraída del dinero que Jorge me daba semanalmente para las compras.

El edificio en que trabajaba Federico, se asemejaba a un enorme bloque de cemento, erguido a un costado del estacionamiento. Entré saludando alegremente al portero.
− ¡Qué sorpres verte por aquí! – me saludó Federico apenas cerró la puerta de su oficina haciéndome pasar.
– Espero que te de gusto verme − respondí quedándome de pie y mientras el otro se sentaba detrás de su escritorio.
Giré hasta detrás del mueble y me arrodilló entre las piernas de nuestro amigo. Federico
no tuvo tiempo para reaccionar. Pero sus ojos siguieron absortos mi acción cuando, desprendiéndole el cierre del pantalón, en un solo movimiento me coloqué el pene flácido en la boca y comencé a succionarlo enérgicamente. No podía creer lo que estaba sucediendo. Con mi lengua húmeda me esforzaba por inflar el glande que, al tacto tibio, comenzaba a reaccionar.

Fede consideró en un momento que debía detenerme, frenar aquel arranque de locura.
Pero terminó aflojándose hacia atrás en su asiento, para disfrutar de las sensaciones que, a esas alturas, eran demasiado placenteras para cortarlas. Yo ya sentía el miembro palpitante, duro, aprisionado, acorralado por un tacto suave y jugoso; era una sensación distinta la de tener, después de tantos años, el pene de otro hombre en mi boca. Me había ensimismado completamente; con el propósito de dar el mayor placer posible, recurría a cuanta estratagema con la lengua y con los labios. Una catarata de semen chocó contra mi garganta. Finalmente me puse de pie y miré a Federico secándome
las comisuras:
- Cuando lo veas, saluda a Jorge de mi parte.

El próximo en visitar, sería un sobrino de mi marido. Entré al apartamento de soltero en actitud firme, serena. Comenzaba a divertirme el papel que estaba desempeñando. Ramiro, con la capacidad de sorpresa intacta a sus diecinueve años, confundido, superado por la circunstancia de ver a su tía visitarlo en aquella actitud intimidatoria; pero sin ánimo para la menor rebeldía, observó impávido cómo me desnudaba completamente en el living de su pequeño departamento de estudiante. Permaneció así,
sin palabras, avergonzado, reprimiendo cualquier expresión; pero observando. Le exhibí un cuerpo que, seguro, le debe haber espectacular, con mis largas y consistentes piernas algo abiertas y desafiantes, sin vello púbico, donde se me asomaba claramente una raja
que le cautivaba la atención. Me convertí en una descolocada presencia que le estaba llenando de sensualidad; el cabello me lo había soltado hasta casi caerme sobre los senos, redondos y perfectos, coronados por unos rozados pezones que parecían llamarlo.
Entonces con una voz, demasiado sensual, pero en tono firme, murmuré unas palabras
que le erizaron la piel:
- Ahora vos. Quiero que te desnudes completamente.

Ramiro permaneció inmóvil, temblando desde su rincón. Así que yo tuve que hacer el trabajo de quitarle la camisa y bajarle los pantalones. Al agacharme para deslizarle
la ropa interior, le saltó frente a mi cara un pene completamente erecto y palpitante.
Sentí, otra vez, mientras colocaba al muchacho de espaldas en el piso, la misma emocionante sensación de trasgresión que había experimentado con Federico. Excitada, ya húmeda, me dejé caer en cuclillas sobre el miembro empinado de mi sobrino que ahora se animaba a acariciarme los pechos; y podía percibir en el chico la mirada de placer que iba sustituyendo a la de sorpresa. A mí también me sorprendía mi propio deleite por el morbo de la situación, y no recordaba otro momento que me hubiera
hecho correr tan rápido los jugos vaginales. En aquella posición, orgullosa después de tanto tiempo de mi poder femenino, reivindicaba mi cuerpo con embates, introduciéndome el falo del muchacho hasta mis entrañas. Ramiro intentó contener unos instantes la eyaculación; pero terminó inundando rápidamente mis conductos y, al sentir
el cálido líquido por dentro, me retorcí también en un placentero orgasmo. Me sentí en aquel instante dueña de mi vida y mi éxtasis.
- Jorge debería estar orgulloso de tener un sobrino tan excitante – le dije a Ramiro con una sonrisa mientras me vestía.

Luego me fui a la casa de la que según la detective era su amante, una tal Romina. Era una chica joven y poco agraciada. Cuando me abrió la puerta de su casa, le dije que yo era un regalo que le mandaba su novio. Ella dudó, pero al verme ataviada como una puta, debe haber creído el papel que representaba yo.
− ¿Para que te manda? − me preguntó desconfiada.
− Parece que a él le gustaría verte con otra mujer. Yo vine a enseñarte.

Estaba segura que Jorge se lo debería haber pedido, porque a mi me lo rogó estos cinco años de casados. Ella me dijo:
− Si, es verdad, entonces qué? Quiere que yo te enseñe. ¿Te animás?

Antes de que me pudiera contestar nada yo la estaba besando apasionadamente. Acariciándola y franeleándola como sé que le gusta a cualquier mujer. Ella me dejó hacer con bastante pasividad. La desnudé completamente y la llevé hasta el sillón de su living. La acaricié y lamí todo el cuerpo. Insistí lo suficiente hasta que se aflojó y empezó a gozar. Entró en una especie de extraño vórtice de realimentación y Romina se iba dando máquina, jadeando y gritando. Tanta excitación me contagió y realmente gocé de aquella violación consentida. Romina, pasó de resistirse a pedirme más y más acción. Tuvo una sucesión de pequeños orgasmos y finalmente uno realmente enorme, eterno e inacabable. Pese a eso me pidió seguir, lo que me pareció bien, porque yo estaba por acabar. Ella tuvo un segundo orgasmo y yo tuve el mío. Fue inmenso, profundo, terrible, y único. Cuando me tranquilizaba posteriormente me pregunté por qué me había negado tanto de coger con otra mujer, si el resultado podía ser como el que acababa de tener. Lo bueno era que estaba a tiempo y ahora sería libre de probarlo todas las veces que quisiera.

Romina me miró con ojos de gratitud y me acarició la cara.
− Qué buena idea tuvo Fede.
− ¿Cómo Fede? − le pregunté yo.
− Mi novio es Federico MMM.

Federico MMM era el amigo de Jorge que acababa de felar en su oficina. No entendía nada.
− ¿Vos no salís con Jorge DDD?
− No, Jorge es muy amigo de Fede, es muy buen tipo. El lunes pasado nos prestó la camioneta para ir a un hotel alojamiento porque cumplíamos un año de novios. ¿Pero a vos quien te manda? ¿Fede o Jorge?
− Jorge − mentí.
− Me parece que te equivocaste. Vos tenías que ir a la casa de Gisela, no aquí. A Gisela no la conozco, pero dicen que es preciosa. Jorge vive enamorado de ella. Pero me alegra que te hayas equivocado. Quiero que vuelvas. Yo te pago. Lo que sentí fue único en mi vida. No dejes de visitarla a Gisela y hacerle lo mismo.

Agarró un papel y escribió mi dirección que copió de una agenda.
− Hacelo con ella y cumplí con Jorge y después volvé que quiero hacerlo de nuevo con vos. Yo te pago.

Sentí vértigo. No sabía cómo salir de aquel estado de confusión en el cual me encontraba. Para peor no me sentía arrepentida de probar el pene de Federico, o el de Ramiro, ó quizás la vagina de Romina.

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