miércoles, 10 de noviembre de 2010

Eenemigas intimas

Mi nombre es Roxana. Tengo dieciocho años y estoy en el último año del secundario de un colegio religioso salesiano de General Pico. El verano pasado fui a una colonia de vacaciones con casi todos los chicos del barrio. Era una forma de rajar de las tareas domésticas del verano y rajar de casa para que no nos rompieran las pelotas.

Hacíamos algunas actividades recreativas y tres veces por dia nos llevaban a la pileta de natación. Los chicos del curso eran bastante boludos y muy pendejos, por lo que me aburría bastante. Para peor, también estaban Carolina y sus amigas. No sólo las había tenido que soportar en el colegio, durante todo el año, sino que también me las tenía que seguir aguantando acá.

Cuando nos tocaba alguna actividad conjunta teníamos que participar sin la menor queja. Podía sentir el odio en su mirada. Y creo que yo también la odiaba. Carolina es apenas más alta que yo, con sus, también, dieciocho años. Era insoportable y varias veces nos habíamos peleado, pero no pasó de un par de cachetadas, tiradas de pelo y empujones.

Una noche, estábamos en el parque donde nos reuníamos con mis amigos del barrio y ella, comenzó a burlarse de mí. Me molestó tanto que quise correrla para ir a pegarle. Así fue como nos alejamos de los demás y le perdí el rastro. Me molestó y volví con mis amigos. Más tarde, cuando volvía a casa me la crucé en medio del parque. Era de noche, no había nadie y sólo funcionaba un farol como de costumbre.

− Ahora que no están tus amiguitos. ¿Te la bancás, trola de mierda? − Me preguntó mientras colocaba sus manos en la cintura desafiándome.
− No necesito a nadie para cagarte a trompadas, puta reventada.

Le pegué una cachetada y me la devolvió con una velocidad que no esperaba. Me lancé sobre ella y rodamos por el pasto mientras nos pateábamos y pegábamos con los puños. Ella comenzó a tirarme del pelo y comencé a hacerme lo mismo. Me dolía pero no iba a dejarme vencer por esta puta del orto. Esta vez íbamos a ir más allá del asunto. Era ella o yo de una vez para siempre.

Seguimos forcejeando y Carolina logró dominarme. Me tenía agarrada por las muñecas y se sentó sobre mí. Forcejeé para zafarme y no pude. Entonces, Carolina al ver mi desesperación me gritó si aceptaba que ella era mejor que yo. Por toda respuesta le escupí la cara. Eso la enfureció y me dio una trompada en la boca que me partió el labio. Sentí la sangre en la punta de mi lengua y me di cuenta de que si no reaccionaba iba a pasarlo muy mal. Levanté mi puño y le tiré un par de golpes sin resultados hasta que sentí un quejido de ella. Salio de encima de mí y se hizo un ovillo a mi lado.
Pude ver mi mano. Estaba roja de sangre. También le había lastimado la boca. Me sentía medio atontada por los golpes que había recibido y cuando quise levantarme, nuevamente Carolina se había sentado sobre mí. Esta vez no le dejé dominar mis muñecas y entrelazamos nuestros dedos mientras forcejeábamos. Nuestras entrepiernas entraron en contacto friccionándose, provocándome una rarísima sensación erótica. Estábamos concha contra concha. ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaba excitando mientras peleaba con la pendeja del orto que más odiaba en el mundo?

Dada la situación le solté una mano y le apreté una teta con la esperanza de que el dolor me la quitara de encima. Pero no. Ella hizo lo mismo y nos estrujamos mutuamente en una competencia por ver quién resistía más. Por eso tuve que volver a agarrar su mano y nuevamente entrelazamos los dedos mientras nos debatíamos febrilmente por vencer. Un momento ella estaba encima mío, al siguiente debajo y de vuelta arriba.

No obstante, Carolina era un poco más fuerte que yo y me dominó.
− Siempre fuiste una puta barata − Me dijo entre jadeos − Te odio y me gustaría matarte.
Tuve mucho miedo. Estaba cansada e indefensa y sabía que podría hacerlo si se lo proponía. Comencé a forcejear con nuevos bríos y se le escaparon unos quejidos. Sentía la humedad en mi bombacha y no entendeía nada. Estaba muy confundida, pero no era momento para ponerse a meditar.

− Te odio. Esta vez no voy a matarte, pero sí voy a marcarte con el "Beso fatal" ¿Sabés lo que es eso?
Negué con la cabeza.
− Es mi marca, puta del orto. Mi forma de que sepas que cada vez que nos veamos, vas a tener que obedecerme a menos que quieras que te de otra paliza y le vas a tener que decir a tu novio delante de todo el mundo que a vos te gusta que te cojan las chicas.

Bajó su rostro hacia el mío. Yo esperaba que me mordiera para dejarme una cicatriz y luego decir “se la hice yo”, en cambio me lamió el labio superior. Lentamente. Degustándome. Yo peleaba por zafarme, pero sin lograrlo y me besó metiéndome la lengua hasta la garganta. Intenté correr la cara pero no pude. Sentía sus pechos apoyados sobre los míos y estaba cada vez más excitada y confundida por todo lo que estaba pasando. Abrí mi boca y acepté el beso. Nos comimos ávidamente, como si siempre hubiéramos estado esperando este momento.

En unos segundos nuestras lenguas estaban fundiéndose descontroladamente. Sus manos ahora comenzaron a deslizarse por mis brazos para posarse en mis mejillas mientras degustábamos nuestros labios. Sentí el sabor de su sangre y comencé e acariciar su espalda. Sentí sus manos paseando por mi cuerpo hasta abrirme la blusa para jugar con mis tetas libremente sin dejar de jugar con su lengua en mi boca.

Jadeábamos como yeguas desenfrenadas dándonos pequeños mordisquitos en los labios mientras nos desabrochábamos los jeans. Mi mano izquierda bajó el cierre de su jean mientras la derecha recorría la curva de su culo que era decididamente una belleza. Ella hacía lo mismo conmigo y estuvimos explorándonos un rato largo, en medio del parque, pero con suficiente visión como para saber que no venía nadie.

Jadeando y disfruté de esas sensaciones nuevas para mí. ¡Me gustaban! Sentí sus dedos separando mi ropa interior y tuve un temblor. Introduje como pude mis dedos en su entrepierna y pude comprobar que Carolina estaba tan mojada como yo. A esas alturas, nuestros pezones se acariciaban directamente y me volvia loca. Carolina tenía unos botones durísimos que parecían querer reventar el corpiño de un momento a otro.

Repentinamente sentimos un ruido y vimos una luz. Era un cana que se acercaba. Nos quedamos en silencio, abrazadas boca abajo esperando que pasara de largo. Por suerte, pasó diciendo solamente que ya era hora que volvieramos a casa. Carolina apoyó su frente contra la mía y me dijo que mejor nos fuéramos. Nos cagamos de risa de la situación luego de darnos un leve piquito, nos arreglamos la ropa y nos pusimos de pie cuando el rati nos dio la espalda.

− Bueno. Estuvo buenísimoo. Podríamos "pelearnos" más seguido − Le dije mientras le acariciaba la entrepierna con mi dedo mayor.
− No te apures pendeja. Esto no termina así. No me voy a ir así como así. Me dejaste recaliente. ¿Por qué no me dijiste antes y nos ahorrabamos las peleas? ¡Forra!
− ¿Y qué pensás hacer? − Respondí sin poder evitar morderme el labio inferior.
− En casa no, porque están mis tres hermanos, pero vos no tenías un dormitorio para vos sola. ¿No?
− Sí.
− ¿Y que van a decir tus viejos de que vayas con una amiga?
− Nada! Nunca dicen nada. Incluso cierro la puerta con llave.
− ¿Vamos?
− ¡Dale!
Fuimos a mi casa. Casi no podía mantenerme en pie. Me temblaban las piernas y sentía mariposas en el estómago. A estas alturas, mi concha necesitaba urgente un poco de atención.

Cuando entramos en el pasillo, me tomó del mentón y me arrinconó contra la pared, apoyándose sobre mí. Sus tetas coincidían con los mías y entreabrí las piernas para que nuestras conchas se encontraran y disfrutáramos del roce por sobre la tela de los pantalones.

− Esto no cambia nada. Todavía te odio, pero nunca lo había pasado tan bien con alguien −me dije ella.
− Yo también te odio. Muchísimo. Me das asco, pero besas muy bien. ¿Es tu primera vez con una mujer?
− Técnicamente no. A veces practicábamos con mi prima Cecilia. Pero sí es la primera vez que no lo hago con ella. ¿Vos? − dijo Carolina.
− No. No sé qué hacer − dije yo.
− Déjate llevar. De la misma manera que hiciste en el parque − Me contestó lamiendo mis labios.

Saqué mi lengua y nos matamos como si fuera la última vez que nos fuéramos a ver. Mis manos se posaron en sus nalgas y comencé a recorrerle la zanja. Segundos después estábamos en mi dormitorio donde nos desnudamos y nos pegamos nuestra primera cogida que fue increíble.

Hoy Carolina es más que mi mejor amiga. Compartimos de todo: primero orgasmos a matar y desde el final del verano pasado chicos. Los probamos y nos los pasamos. Los cuartetos los hacemos en Villegas o en Santa Rosa. Aca es muy jodido porque todos hablan demasiado. Nadie de nuestros grupos entiende que es lo que pasó entre nosotras que somos inseparables y por qué Carolina pasa más tiempo en mi casa conmigo que en su casa o con sus chicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario