sábado, 13 de noviembre de 2010

El gigoló bahiense

Mi nombre es Claudio. Hace varios años, cuando yo tenía 19 años, salía con una chica que era originalmente de Buenos Aires, y la madre se había mudado a Bahía Blanca porque se casó con un español alto capo de una petroquímica de la zona.

Yo soy músico. Tecladista. Me gusta el rock, pero la mano para trabajar pintaba por el lado de la cumbia, así que si quería vivir de mi trabajo me tenía que adaptar o desaparecer hasta hacerme algún lugar en Buenos Aires.

Antonella, mi chica tenía 17 cuando la conocí. Terminó la secundaria en Bahía y quiso volverse a Buenos Aires para estudiar diseño de indumentaria.

Mis planes era ir a trabajar a la Capital y hacerme un lugar de a poco en lo que me gusta. Me habían llamado de Magenta, hacía un año, pero el look no daba así que me tuve que dejar crecer el pelo todo lo que diera, la cara libre y de ser posible depilada incluyendo cejas. Un puto look, pero con 8 lucas por mes de básico y comisiones por shows.

En marzo del 2006 Antonella se iba a Capital con todos sus bagayos. La madre la llevaba a instalar el departamento y ambas coincidieron en que fuera yo también para despedirme por unos meses de mi chica y ayudar a instalarla. La realidad era que ella prefería vivir con el padre que es un arquitecto muy renombrado que a quedarse con la madre que es diseñadora de modas, pero que largó todo por el gallego este que está lleno de plata, pero es un pelado viejo y jodido.

Carolina, la madre nos llevó en la Nissan 4 x 4. Instalar a Antonella era todo un problema en Buenos Aires por los horarios de uso de los ascensores, que no coincidían con el del estacionamiento y esas pelotudeces a las que son tan afectos los porteños. La despedida fue sentida hasta que cuando cada uno agarró para un lado distinto nos saludamos con cuernos los dos.

Volví con Carolina, que por entonces tenía 36 años y estaba fuertísima. Iba al gimnasio todos los días desde los 8 años. Muy linda de cara, flaca, alta elegante y parecía más la hermana de Antonella que la madre. Nadie entendía que hacía al lado de ese pelotudo, cara de mate lavado.

Volvimos a Bahía por la Ruta 3. Casi llegando a Bahía, después de Coronel Dorrego, me dijo “Vamos a entrar a Monte, que quiero ver cómo está la casa”. Eran las cinco de la tarde, un viento y un frio terribles, día jueves, y la verdad es que yo quería llegar a Bahía en lugar de estar dando vueltas. Entramos a Monte como quiso la señora.

La casa, que yo no conocía, era un polvo. Desniveles, frente a la playa, parque y pileta. Tenía dos siervas y un jardinero piletero, así que no sabía para qué mierda tenía que entrar. Estuvo boludeando con cada planta. Tomamos mate, luego café y por último whisky. Despues de tomar el tercer vaso de whisky me dijo “Qué cagada! Tomé demasiado. ¿Te jodería mucho si nos quedamos esta noche acá?” Yo me ofrecí a manejar hasta Bahía, pero ella decía que a José no le gustaba que nadie excepto ella tocara la camioneta. Me fui a caminar a la playa. Recaliente. Cuando volví había pocas luces de la cas prendidas. Me decía que en el horno había pizza casera, cerveza en la heladera y que tenía la habitación lista con la luz prendida arriba.

Comí y subí. La habitación que estaba abierta y tenía la luz prendida, parecía sacada de una revista de decoración. Había un camisón de gajos de colores de la gama del azul sobre la cama con otra nota que decía que no tenía piyamas, pero que si no quería meterme en la cama en bolas usar el camisón. Por supuesto me metí a la cama en bolas.

A la mañana siguiente me despertó Carolina con el desayuno. Tenía puesto un camisón como el que había dejado sobre la cama pero en tonos de negro y gris. El desayuno era de película. Café, medias lunas, manteca, jugo, mermelada, un muffin y dos tostadas de pan casero. Café un jarrito de leche y crema. Me encantó.

Cuando empecé a morfar Carolina me dijo “¿No querés que vayamos a la playa y nos vamos a la noche?” Vi el día que estaba raramente perfecto y la verdad es que era una buena onda. “No tengo pantalón de baño” le dije. “Dejame a ver qué encuentro”. Me trajo un pantalón del marido en el que cabíamos mi hermano mellizo y yo. “No te hagas problema, le dije, andá vos, yo me voy a caminar por la playa”. “No, quiero que vengas conmigo”, me contestó Carolina. Se fue a su cuarto y vino con una malla enteriza de mujer. “Probate esto” me dijo. “Vos estás loca, esto es de mina” le dije yo. “Ponétela que te quiero ver cómo te queda, vos sos flaco y tenés menos pelos que yo”. Dicho eso me sacó las sabanas y la colcha de un tirón. Yo estaba en bolas. Ella no se le movió un músculo. Me vio la pija y me dijo “Andá a afeitarte eso, que no podés andar con flecos”. “No me la voy a poner”, le dije yo. Ella terminó con una frase típica de mi vieja “…Y yo te digo que sí te la vas a poner”. Me trajo unas prestobarba y un spray de espuma de afeitar. “Sacate hasta el último pelo del cuerpo, duchate y vení”.

Sacarme los pelos me llevó más de una hora y la verdad es que encontraba divertido estar disfrazado de mina en la playa. Salí como un nene de cuatro años. Ella me puso la malla que me entró perfecta pese a que soy alto. “Mirá que loco, me dijo ella, tenemos exactamente el mismo cuerpo”. Yo me reí mostrándole las tasas del corpiño vacías que ella llenaba tan abundantemente. Fue al cuarto de ella y trajo dos tetas, eran tetas de látex color piel y las metió en el corpiño. Me hacían succión y se quedaban en el lugar. Me arreglo el pelo y me lo cepilló. “Qué hijos de puta son los varones! Tenés mejor pelo que yo!” me dijo. Me miró la cara y me preguntó por qué me delineaban las cejas por depilación, que me daba un aspecto muy de puto. Le expliqué que era el look de la movida tropical, onda Hernán Caire, con putolook. Que no era lo que me gustaba, pero me iban a pagar muy bien. “Si a vos te hace feliz…” me dijo.

Ella tenía un tanga mortal. Me puso unos anteojos negros enormes, un sombrerito de paja, unas ojotas y un bolso. Cuando me vi al espejo me maté de risa. “Te gusta?” me preguntó. “No le contesté, me hace gracia!”. Ella me miró seria y me dijo “A mí sí me gusta cómo te queda. Me parece que va más con vos. Vení que te pinto un poco esos labios que parecés una muerta”. “Un muerto” la corregí yo. “No me dijo ella. Una muerta. Ahora estás de nena”. Me pintó los labios y con los anteojos ni mi hermano gemelo me hubiera conocido. Nos fuimos a la playa. Carolina me pidió que la ayudara a ponerse protector solar. Acepté y se lo pasé en todo el cuerpo. Con los hombros ya estaba al palo. Esa mujer era un fierro caliente. Yo pensaba en Antonella, pero me estaba por quemar. Cuando le pasé por la espalda se subió la tanga y me pidió que le pasara por el culo. Cuando se lo pasé la erección me llegaba al ombligo. Ella bajó la mano y me la pasó sobre la pija. “qué tal se siente la tela sobre el pene?” me preguntó. “No doy más le contesté yo”. “Qué querés hacer, me preguntó”. Volvimos a la casa y fuimos a la habitación donde había dormido yo. La tiré en la cama y me iba a sacar la malla, cuando ella me dijo “No te la saques, quiero que me cojas así. Corrétela, pero no te la saques”. Yo sí la desnudé a ella.

Carolina me montó y en dos o tres movimientos acabó a los gritos. Nunca había visto una acabada tan rápida. Fue a una heladera del pasillo, trajo jugo de naranja y un pancito de manteca. Se tomó el jugo de naranja, me convidó y mientras yo tomaba se unto mucha manteca en el culo. Metémela en el culo. No tengo forros. Se la metí. Era la primera vez en mi vida que hacía un anal y me volví loco. Ella empezó a sacudirse como si estuviera jineteando. A los cinco minutos, como yo estaba por explotar, ella se aceleró y terminamos juntos. Qué polvo.

Nos quedamos dormidos. Al mediodía comimos pollo frio con ensalada y subimos. Ella me volvió a cepillar el pelo. Me maquilló perfecto y nos fuimos a la playa.

“Que loca estás, le dije”. “Por qué, me preguntó”. “Esto de maquillarme y vestirme como una mina…” “Callate pelotudito… , me cortó ella, aca me conocen hasta las aguas vivas. Si me ven con un peludo de 20 años, dicen mira la jovata se voltea al yerno. Si me ven con una ‘minita’ puede ser Antonella o una amiga. ¿Entendés ahora?” “Si, pero adentro de la casa no había necesidad que yo estuviera con malla de mujer” proteste. Ella me miró a los ojos y me dijo “Eso es per que mi piacce”.

Pasamos una tarde genial en la playa. Volvimos casi de noche y me preguntó “Querés volver a Bahía o nos quedamos un poco más?” Yo dudé y acepté. No sabía lo que me esperaba. Me vistió con un vestido de los de ella, con sandalias chatitas que me sobresalía el pie. Me depiló bien las cejas. Me pintó como el trencito de la alegría y me hizo ondas con una pincita eléctrica. Nos fuimos a cenar al centro. Yo aprendí a impostar bien la voz, así que pasaba por mina fumadora. Nadie, absolutamente nadie se dio cuenta que yo era un tipo, o no lo demostraron. Cuando estábamos cenando me dijo “Sos como tener una muñeca de carne y hueso. Me excitás pendejo!”

Cuando volvimos no recontracogimos. Y dormimos los dos en bolas abrazados.

Al día siguiente, me volvió a ofrecer pasar un día más. Fuimos a la playa, siempre yo de chica y volvimos a la tarde porque se levantó viento. Esa tarde de sábado ella me puso corpiño y una tanga. Trajo unas sogas de nylon recubiertas y me ató boca abajo a las cuatro patas de la cama. Se apareció con un terrible arnés y varios pancitos de manteca. Me lleno el culo de manteca como si me estuviera rellenando y untó el porongo del arnés. Me lo fue metiendo hasta que sentí que me partía. Le pedí que parara y siguió. Yo no podía creer lo que veía. Acabó tres veces culeándome. Después me chupo como una bomba de presión.

Cuando finalmente me desató me hizo culearla en tanga y corpiño. Ella acabó por cuarta vez a los gritos y yo le llené el orto de queso rallado, porque más espesa no podía ser. Nos volvimos a dormir. A la noche fuimos al centro. Me animé y fui a varios baños de minas. No entendí jamás por qué van de a dos, si cuando están frente al espejo hablaban del celular que se querían comprar. Cuando volvimos cogimos otra vez a lo animal. Ella acabo otras tres veces.

A la mañana me ató los brazos atrás y las patas para arriba y me volvió a violar el orto con medio pan de manteca. Reconozco que esa vez fue mejor. Me la chupó como nadie y se trago todo.

A la mañana siguiente cogimos de nuevo, ella me volvió a atar y me volvió a culear con el resto del pan de manteca y hasta me gustó. En la culeada acabó tres veces más o menos y la cuarta parecía una loca desatada. Me chupó dos veces (yo atado). Nos duchamos y agarramos la camioneta para Bahía.

“Te gusto Claudita?” me preguntó. “Soy Claudio, no Claudita. Hubiera preferido coger como todo el mundo” le contesté. “Huy que divertido, dijo ella, ¿en la posición del misionero?” “No, pero no veo la necesidad que me vistas de mina y que me ates”. “Ne te excitó?” me preguntó ella y yo no le contesté. “Mira Claudita, insistió ella, con este gallego llevo cinco maridos y con vos, veintitrés amantes desde que me casé con el papá de Antonella. Únicamente al gallego que es más amargo que un alcaucil, no le gusta vestirse de mina y que lo dominen. Uno entre veintiocho. Si vos me decís que no te gustó y no te excitó será 26 a 2. Aparte te confieso que cogés muy bien. Necesito que le hagas un favor a una amiga muy amiga”.

Yo seguía callado. Por la cabeza me pasaban mil cosas. Estaba mal y con la pinga parada hasta el ombligo. De pronto Carolina volvió a la carga: “Yo quiero saber si estás muy enamorado de Antonella, y entonces te dejo tranquilo, si no te ofrezco que trabajes para mí. Te pago diez mil mensuales, casa en el Palihue, auto y celular. Pero sos Claudita full time en horario de trabajo. Sos mi Claudita cuando nos venimos a la casa de Monte, las 24 horas, pero no la ves más a Antonella”. Yo no contesté nada. Cuando me dejó en casa, me dio una tarjeta con el celular, sin nombre y una dirección de Hotmail. Cuando me iba a bajar me agarró del hombro. Me di vuelta y me encajo un chupón enfermo. Cerré la puerta de la camioneta. Apagó el motor y las luces y nos dimos otro gusto por última vez… ese fin de semana.

Yo acepté su propuesta y lo cierto es que mi vida cambió mucho. Demasiado. Tengo plata en el bolsillo un Peugeot 207 full y un derpa en el centro. No solo me la garcho a mi ex suegra sino a unas cuantas de sus amigas que están todas bastante bien y aburridísimas. Ellas mismas me van relacionando con otras. Con las que Carolina me relacionó les viene muy bien que yo vaya de nena, o salen conmigo. Pero en privado son tan perversas como Carolina. Otras, las más generosas me dominan para sacarse el stress del marido o de la empresa.

Me hacen regalos muy caros. La prioridad absoluta siempre la tiene Carolina, aunque ahora tiene otro amante al que domina y traviste y nos quiere ver cogernos entre nosotros. No sé si llego hasta allí. En realidad tampoco pensé llegar hasta aquí.

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