Llevamos siete años de casados. Tenemos dos hijos de tres y cuatro años. Para todos somos una pareja normal. Mi esposa Laura es abogada y tiene un estudio que era del padre en el que trabajan cinco empleados. Yo no soy profesional: tengo un cómodo y aburrido empleo en el Gobierno de la Ciudad, en el que gano muy bien. Nuestra vida social es por demás activa: todos nos tienen como una pareja feliz. Y lo somos aunque ellos no conozcan ciertas tendencias que nosotros mantenemos en secreto. Laura es una mujer de carácter muy fuerte. Esa personalidad la forjó desde su adolescencia cuando tuvo que hacerse cargo de su casa porque su madre la abandonó a ella y a su padre. Trabajó y estudió y nada pudo detenerla para que logre su objetivo de ser abogada como su viejo. La rondaron, y todavía la rondan, muchos pretendientes porque siempre fue una mujer hermosa: mide un metro ochenta, tiene cabello rubio natural, hermosas piernas y exactos pechos. Las dos maternidades no hicieron más que hacer su figura más atractiva. Como dije siempre la pretendieron muchos hombres, entonces, ¿por qué me eligió a mí¬? Siempre fui un tipo medio quedado.
Después de la secundaria, gracias a una influencia de la familia, entré a trabajar en la
municipalidad y me conformé. Mi carácter siempre fue tranquilo y nunca tuve problemas que los demás decidan por mí¬. Es verdad que dicen que tengo una linda
figura y un rostro aniñado, pero Laura me eligió como esposo porque ella siempre tuvo en claro qué precisa de los hombres. Desde la primer vez que tuvimos relaciones, cuando éramos novios, quedó en claro que era ella la que mandaba en la cama. Lo hací¬amos cuándo y cómo ella querí¬a. Generalmente le gustaba montarme y duraba lo que ella deseaba. Siempre tuvo ese poder sobre mí¬: hacerme acabar cuando ella quisiera.
Antes de ella, todas mis relaciones habí¬an sido normales. Pero cuando empecé a
acostarme con Laura todo cambió para mí¬. Ser totalmente pasivo fue lo que me
volvió preso de sus encantos y ya no pude salir de su embrujo. Ella por su parte había tenido como veinte novios y con todos terminó mal, porque no se aguantaban su carácter dominante y decidido.
Lo que pasaba en la cama, aquella dominación aún light por llamarla de alguna manera, se trasladó, en cierta manera, a nuestra vida cotidiana. Laura decidió la fecha de nuestro matrimonio y después quedó embarazada cuando ella quiso. Nunca me alentó a que yo progrese en mi vida laboral; por el contrario, siempre encontró cierto placer nunca expresado, en que sea ella la que aportara la mayor parte del dinero que ingresaba a casa. Varias veces intentó que yo pasara a ser un “amo de casa”. Es lo único que no logró hasta ahora.
Gracias a su carácter tenaz logró ser una respetable profesional. Mientras, el ritmo de nuestras relaciones sexuales fue acomodándose a las tendencias de Laura. Yo aceptaba gustoso y cada vez más dependiente este rumbo. De aquellas insinuaciones surgidas en nuestros encuentros cuando éramos novios, pasamos a verdaderos rituales nunca pactados previamente. No vale la pena comentar como evolucionamos, baste citar como
ejemplo a que punto habí¬amos llegado un año atrás, momento en que se produjo un
hecho que profundizó aún más las caracterí¬sticas dentro de las cuales hací¬amos (me hací¬a) el amor con Laura. Por aquel entonces, si luego de acostar a los chicos, ella
entraba a la habitación y echaba llave a la puerta significaba que yo debí¬a prepararme.
Esto querí¬a decir que debí¬a quitarme la ropa y quedarme en slip.
Entonces, debí¬a ir hasta ella que generalmente me aguardaba con los brazos en
jarra, recostada contra una de las paredes del cuarto. Lentamente debí¬a quitarle
la ropa, su blusa, la pollera que siempre usa por encima de la rodilla para mostrar sus piernas larguísimas, hasta que quedara solamente en tanga, medias negras y zapatos de taco altísimo. Con tacos me lleva media cabeza. Entonces, yo comenzaba a adorarla, esto es, besarle, rozarle, cada parte de su cuerpo, su cuello (su boca me esta vedada) sus hombros, sus pechos, las piernas, sus pies. Llegado a este punto, Laura se daba vuelta y permití¬a que le bese largamente el culo y la espalda. Una vez finalizado esto, debí¬a esperar. Por lo general, debí¬a seguirla de rodillas hasta un sillón que está ubicado en un rincón del cuarto. Una vez allí¬, debí¬a sacarle lentamente las medias, besarle las piernas, y los muslos hasta. La descalzaba y le masajeaba cada dedo. Después me hací¬a una seña (bastaba eso, que me hiciera una seña, rara vez me hablaba) entonces, recorrí¬a el camino inverso, volví¬a a subir con mi boca por sus piernas. Entonces, ella me agarraba de los
pelos y me mantení¬a largos minutos a escasos centí¬metros de su concha, haciéndome
desear con locura lo que yo más quiero en el mundo. Por fin, dejaba que mi lengua hurgue entre sus pliegues, con suavidad primero, con mayor frenesí¬ más tarde hasta que Laura estallaba en su primer orgasmo. Era el momento de seguirla hasta el baño que está dentro de nuestro cuarto. Allí¬ Laura tomaba un baño de inmersión; yo permanecí¬a con ella esperando con el toallón tibio en la mano a que ella terminase.
Cuando apagaba la ducha yo la secaba y la encremaba. A continuación me retiraba y la tení¬a que esperar al costado de nuestra cama. Y ahí¬ empezaba el verdadero juego de Laura, lo que más le agradaba hacer.
Muchas veces me vendaba los ojos: entonces la oí¬a andar a mi alrededor, se detení¬a de pronto y comenzaba a acariciarme el pene durante uno o dos minutos, al tiempo que me besaba largamente. Me dejaba para situarse detrás de mis espaldas y sentir sus pechos en mis espaldas, mientras con su mano me apretaba fuertemente las nalgas. Volví¬a a agarrarme del pene y me llevaba al sillón. Me obligaba a sentarme. Después se sentaba a horcajadas y se contorneaba aunque ignoraba mi pene enhiesto lo que me enloquecí¬a aún más. También podí¬a suceder que tomara mi miembro con sus manos y simulara introducirlo en su sexo pero mi glande apenas si rozaba sus labios vaginales. Más tarde se dedicaba a una larga succión aunque al mismo tiempo apretaba la base de mi pene lo que dejaba muy lejos la posibilidad de acabar; me refregaba sus pechos en la cara; me ofrecí¬a su culo aunque apenas lo rozaba con mi boca. Después me llevaba, por fin, hasta la cama. Allí¬ debí¬a esperarla acostado boca arriba. Laura se trepaba y se paraba con las piernas al lado de mi cuerpo. Comenzaba a bajar lentamente hasta que su sexo se depositaba sobre mi boca. Yo lo chupaba con pasión. Podí¬a suceder también que Laura me regalara con un 69 que me volví¬a más loco porque ella tení¬a unos terribles orgasmo pero yo no. Cuando Laura acababa se sentaba en la cama a un costado mí¬o, entonces, yo le preguntaba si podí¬a acabar: si ella me autorizaba, me ponía en cuatro patas y ella me introducía un anero y me ordeñaba el pene como si fuera una vaca.
En el caso que Laura no me permitiera acabar debí¬a esperar hasta la próxima, o descargarme solitariamente en el baño cuando ella se dormí¬a. Así¬ eran por lo general, nuestras relaciones sexuales. Muchas veces me hacía poner ropa interior femenina. Yo estaba obligado a hacerme depilar completamente dos veces por mes con la depiladora que la atendía a ella que estaba muy buena. Ella me compraba la ropa y me la traía: tangas, corsets, medias y ligueros. También enía vestidos de ella de cuando estaba con tres o cuatro meses de embarazo, que me quedaban muy bien. Ella me peinaba y maquillaba. A veces tenía orgasmos cuando lo hacía, porque se tocaba simultáneamente.
Mucho dependía del humor de laura, porque el otro juego que la volvía absolutamente loca era el de atarme con cinturones míos, dejarme inmovilizado y ella me podía chupar el pene o lamer el culo, pero yo no podía tocarla. De todo eso era lo que más le gustaba y lo hacíamos cuando estaba de muy buen humor. Los mejores orgasmos los obtenía combinando el vestirme con ropa femenina y restringir mis movimientos con mis cinturones de cuero.
Debo aclarar que no habí¬a dolor, violencia ni fí¬sica ni verbal.
Fuera de nuestra habitación, repito, éramos una pareja normal. Pero hace un año sucedió un hecho que conmovió nuestra existencia y que puso las cosas en el lugar en que hoy se encuentran. Una tarde de verano yo habí¬a vuelto del trabajo. Estaba solo.
Sonó el timbre y cuando abrí¬ la puerta me encontré con un mensajero que me entregó un paquete que estaba dirigido a mí¬. Era un cassette VHS. Intrigado lo coloqué inmediatamente en la ví¬deo cassettera y me dispuse a verlo. Era una filmación en el estudio de Laura. Apareció ella y le sonrió al lente. Luego se sentó detrás del escritorio.
Enseguida apareció uno de los empleados que trabaja con ella. Era un muchacho joven, mas alto que ella y de un gran físico. Se llama Esteban y era el último que habí¬a entrado a trabajar con mi esposa. El se paró al lado del sillón giratorio de Laura que lo miró
sonriéndole. Luego, sin preámbulos, Laura le bajó el cierre de la bragueta y extrajo su pito. Era un pene realmente muy imponente más por lo largo que ancho, que mi esposa comenzó a masturbar lentamente y cada tanto se lo llevaba a la boca. Esteban no hací¬a nada, tení¬a los brazos colgados al costado del cuerpo pero no atinaba a nada, solo
disfrutaba. Luego de un rato, él se puso de rodillas. Entonces, mi mujer se abrió de piernas y dejó que él le quite las medias y la bombacha. Ella le colocó la tanga en la cabeza y el se sumergió en el sexo de mi mujer y comenzó a lamerla. Se veí¬a que Laura gozaba hasta que en un momento ella se incorporó y dio vuelta al escritorio, quedando más cerca de la cámara. Él la siguió de rodillas, hasta que se tendió boca arriba en el escritorio delante de ella. Entonces, me pareció que ella le ordenó que se desvistiera. Esteban la obedeció. Cuando quedó desnudo se volvió a acostarse boca arriba en el escritorio. Mi esposa se paró detrás de la cabeza de el, se agachó y tomó con su mano derecha el pene de él y comenzó a chupárselo. Esteban atinó a agarrarla pero ella le ordeno quedarse quieto.
Por fin Laura lo dejó en paz. Se ubicó encima de él y se introdujo el enorme miembro lentamente. Él no usaba forro. Lo cabalgó un rato; después se quedó un rato quieta
mirándolo fijamente. Eso provocaba que él se revolcara pidiéndole que siga moviéndose pero ella no le hací¬a caso, le acercaba los pechos hasta el rostro que pugnaba por besarlos pero no lo conseguí¬a. Laura se reí¬a. En un momento pareció que querí¬a sacarse el pene pero la punta del glande quedaba la borde de sus labios hasta que se lo volví¬a a introducir.
Al fin se irguió como una diosa, se movió unos minutos más y estalló en un orgasmo. Se derrumbó encima de él, recobró el aliento, se incorporó y él quedó tendido esperando.
Laura se tomó su tiempo; se paró y comenzó a pajearlo con suavidad, haciendo que él acabara lanzando una cantidad impresionante de leche.
Después Laura se acercó hasta la cámara y la apagó. Yo no pude creer lo que habí¬a visto.
Por un lado tení¬a una erección brutal; pero por otro, no pude contener las lágrimas.
Nunca pude imaginar que mi mujer me metiera los cuernos. Y si lo hacía que fuera con otro al que también dominara. Tampoco entendí¬a por qué y quien me habí¬a mandado aquella cinta. Me sentí¬a ultrajado, triste porque creí¬a que yo le habí¬a dado todo y no creí¬a merecer que ella tuviera que relaciones con otros hombres. Cuando regresó esa noche del trabajo, no sabí¬a como actuar.
Habí¬a imaginado muchas posibilidades: gritarle, insultarla, pegarle. Pero estaban los chicos por lo que tuve que esperar que ellos se duerman. Luego de acostarlos fui a nuestra habitación. Laura veía tele en la cama. Yo me desvestí¬ y me acosté al lado de ella. Entonces, con voz entrecortada le dije lo que habí¬a visto en el ví¬deo. Ella apago el televisor, y se colocó boca abajo, adoptando esa posición que tanto me gusta, con la cabeza escondida entre sus brazos. Me escuchó sin decir nada. Yo me desahogué, le dije de todo.
Ella me dejó terminar sin decir palabra. Cuando me callé, ella apoyó su cabeza en su mano derecha y me miró sonriendo. Con voz muy tranquila me dijo:
- El ví¬deo te lo mandé yo.
Me pareció mejor que vieras con tus propios ojos como disfruto con Esteban. Vos vas a tener que decidir. No me quiero separar de vos porque te amo, sos un buen padre, me gustás, sos lindo y sos sexy y de nena me volvés loca. Pero tampoco quiero perder a Esteban. Vos viste lo bien dotado que está. Me encanta meterme ese tremendo pedazo en la boca y en la concha, que no es por menospreciarte, pero no se puede comparar con el tuyo que no tiene ni por donde empezar. Él está loco conmigo, puedo hacerle hacer cosas que ni te imaginas. Además te voy a confesar algo. Se lo compré a una amiga que está en esta misma onda, por diez mil pesos. Es decir, Esteban ahora es tan mío como sos vos. Entonces te doy esta alternativa: o nos separamos o te tragas tu orgullo y aceptás mi relación con Esteban. Además, lo que quiero es que podamos pasarla muy bien los tres juntos. En realidad yo con ustedes dos. Vos decidí¬s. Si no te va, me alquilo un departamento y te paso alimentos para los chicos que te van a alcanzar para vos también. Quedate con el auto, que yo me compro otro.
Dicho esto se quitó la sábana que la cubrí¬a y volvió a quedar con la cabeza entre sus brazos. Mientras trataba de digerir lo que habí¬a escuchado no podí¬a quitar los ojos de su hermoso culo, de su espalda, de sus piernas. Me largué a llorar y aunque mi razón decí¬a que debí¬a irme inmediatamente de allí¬, me venció el hechizo que Laura tení¬a sobre mí¬.
Sin poder controlarme me lancé sobre ella, llorando, comencé a besarle sus nalgas, su espalda y sus piernas. Escuché que ella sonreí¬a y decí¬a:
- Así¬ me gusta. Yo sabí¬a que ibas a entender.
Esa noche, como regalo a mi sumisión, a ser un cornudo, Laura me obligó a ponerme en cuatro patas y me ordeñó como si fuera una vaca. Luego de aquel hecho, pasaron dos meses sin que sucediera nada fuera de lo normal. Aunque imaginaba que Laura seguí¬a manteniendo relaciones con Esteban, y esto me excitaba aún más, nada decí¬a ella sobre su nuevo amor. Hasta que un viernes, me dijo:
- Arreglé que los chicos se vayan a pasar el fin de semana con mi padre. Quiero darte una sorpresa.
El sábado por la tarde me dijo que me desnudara, que vaya al cuarto y que la esperara sentado en el sillón y que hasta que ella no me lo ordenara no me moviera de allí¬.
Le obedecí¬, nunca imaginé lo que me esperaba. Oí¬ que tocaban el timbre y que Laura recibí¬a a una persona. Al poco tiempo entró a la habitación acompañada por Esteban.
- Bueno, creo que la vamos a pasar bien los tres juntos. ¿No? No quiero que hablen entre ustedes. Tendrán que hacer lo que yo quiera. ¿Entendido? Acordate Esteban que sos mío.
Esteban no le contestó nada. Yo no podí¬a creer lo que estaba sucediendo. Pero no me atreví¬ a moverme. Aquel fin de semana fue una muestra de lo que sucedió muchas
veces más. En realidad, los que disfrutaron fueron ellos, porque yo era el último eslabón del triángulo. Laura estaba, y lo sigue estando, hechizada con el terrible pene de Esteban.
Le encanta tenerlo entre sus manos, aplastarlo con sus manos, enloquecerlo con largas mamadas. Le controla más que a mí¬ el orgasmo, muchas veces lo hace llorar suplicándole que le permita acabar. A mi Laura me tiene como el sirviente de los dos.
A veces deja que me masturbe mientras los veo coger. Pero la mayorí¬a de las ocasiones debo besarle el culo mientras ella se lo coge.
También me obligó a que me inicie en el campo bisexual porque Esteban me ha roto el culo mientras yo estoy vestido y maquillado. Cuando Laura me ve vestido y que Esteban me poseé, se toca unos 15 segundos y acaba en orgasmos terribles. El que Esteban me rompa el culo no ha sido demasiado doloroso, porque yo ya tenía el culo muy abierto por el anero y los consoladores que solía meterme Laura. Pero ella prefería ver cómo me metían un tremendo pene en mi agujero.
Pasamos encerrados dí¬as enteros sometidos, Esteban y yo, a los caprichos de Laura.
Un día Laura se cansó de la extrema pasividad de Esteban que ya no tenía erecciones como al principio, especialmente cuando me enculaba a mi. Eso le fue erosionando el placer que sentía por el chico, por lo que lo publicó en Mercado Libre como “juguete sexual usado”. Previamente había promocionado la subasta en varios sitios, especialmente en mazmorra.com . Lo terminó rematando en 24 mil pesos. Más del doble de lo que le había costado.
Alguien de Mazmorra le sugirió que me publicara en Mercado Libre como “muñeco sexual en alquiler”. Me alquilaron un matrimonio, una pareja gay y varias mujeres, algunas dominantes y otras simplemente necesitadas.
El mayor susto lo pasé cuando me alquilaron una pareja de lesbianas, que pagaron 3 mil pesos, para una fiesta de disfraces y me tuvieron durante seis horas en una mesa de quesos, decorado como si fuera un pavo para comer. Los invitados pinchaban los trozos de queso y de paso a mí. No me podía mover y ni siquiera ir al baño. Me devolvieron a casa a las 5 de la mañana en pleno invierno totalmente desnudo, untado con mayonesa, cremas y aceite de oliva. Esa noche me ordeñó como una vaca, por lo bien que la había hecho quedar. Le pregunté como sabía, si no había hablado con las lesbianas. Fue al placard, sacó la ropa con la que me habían llevado y me dijo que ella había estado en la fiesta disfrazada con una amiga. Que la de la idea de llevarme a casa desnudo como si fuera un trozo de carne, fue de ella. Volvimos a coger y ambos gozamos muchísimo.
Una mujer de cincuenta y tantos, que me alquiló varias veces y me vestía de mujer para cogerme, le ofreció a Laura 50 mil pesos por mí, pero en propiedad definitiva. Laura quedó en contestar en quince días, en los que me tuvo con la intriga de qué haría conmigo. Llegó a decirme que con ese dinero podía comprar a cuatro chicos de 18 a 25 tanto o más sumisos que yo, que una vez entrenados les podía sacar el doble a cada uno. Cuando vino la mujer que había hecho la oferta, Laura le dijo que lo había consultado con otra gente y que tenía una pareja de gays que ofrecían 110 mil pesos por mí. La mujer se estiró hasta 70 mil pesos. Finalmente ella le dijo, para mi terror, que prefería venderme a la pareja de gays.
Cuando la mujer se fue, Laura me dijo que era mentira, pero que quería saber cuál era mi valor real de mercado. Que ella no me vendería a una mujer mayor que ella ni a un gay, pero que no descartaba en el futuro venderme a otra dominante joven y linda o a algún matrimonio que apreciara mis dotes de travesti y ahora bisexual. Pero que llegado ese caso, no pediría menos de 80 o 90 mil pesos, para comprarse a alguna sumisa femenina que fuera muy linda. Me aclaró que las sumisas femeninas cuestan cuatro veces más que los sumisos masculinos.
Buenos Aires da para todo esto y mucho más. En club swinger muy conocido de Palermo se rematan sumisos y sumisas. También se alquilan por el rato, por día o por pequeñas temporadas. Es únicamente por invitación y ser conocido en la movida. Laura me alquiló varias veces a mujeres y a parejas.
Yo ya me acostumbré a estas cosas. La verdad es que no imaginó la vida sin Laura por más que mi orgullo de hombre y de marido los haya dejado en nuestra suite. Me aterra pensar que me venda, pero en ese mismo temor, cuando me lo dijo hemos tenido las mejores relaciones sexuales de nuestros siete años de casados.
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