En una galería de Avenida Cabildo está uno de los sex-shops más completos de Buenos Aires, siendo muy discreto . Eché un vistazo, curiosa, jamás habí¬a entrado en uno. No se veí¬a nada y me armé de valor y entré. Me quedé sorprendida. La cantidad de películas, objetos, menudo kilombo!!!. Incluso ví¬ dos tip¬os meterse en una cabina, me imagino que para hacer algo entre ellos, lo que me calentó terriblemente.
Bueno, el caso es que, viendo que allí¬ todo el mundo iba a lo que iba a hacer, me dí¬ una vuelta. Llegué a la sección de los consoladores y me quedé impresionada. Habí¬a algunos de un tamaño bestial. También los habí¬a de colores, de dos extremos, nunca me
hubiera imaginado todo eso. Al final, me armé de valor y en un rato que no habí¬a
nadie a la vista decidí¬ coger dos. Uno era un kit de sexo anal y el otro un
consolador de latex. De esas cosas que hacés en el momento y que luego no te
podes creer que lo has hecho.
Llegué a casa y me acosté después de cenar, sin casi acordarme de lo que tení¬a en el placard.
Llegó el finde y me volví¬ a quedar en casa. Mi amiga Mar estaba realmente mala onda, pero al final la convencí¬ para que saliera. A eso de la una de la mañana me fui¬ a la cama y fue entonces cuando me acordé de mis nuevos juguetes. Abrí¬ los dos y los lavé bien lavados (una nunca se sabe). El cosolador imitaba a la perfección a un pito masculino, con sus venas y todo. Bien mirado era hasta cómico. Me desnudé y me metí¬ en la cama,
separé mis piernas y comencé a pasármelo por la concha, que ya tení¬a algo
mojada.
Comencé a imaginar mi fantasí¬a favorita, que un negro grandote me hací¬a
el amor , y enseguida me lo empecé a meter. La sensación era extraña, como tener
dentro una pija pero que vos controlas. Da mucho gusto, aunque no tanto como una
pija con un hombre pegado al otro extremo. Llegué al orgasmo, con el consolador metido bien adentro y moviéndolo como una loca.
Entonces decidí¬ probar el anal. Me unté los dedos con crema lubricante y me la extendí¬ por el ano, poniéndome a cuatro patas, sin llegar a meterme los dedos. Querí¬a hacer algo que no me atreví¬a a hacer con un hombre, por miedo al dolor, que era practicar el sexo anal sin dilatación, un poco a lo bestia.
Agarré el consolador, que tení¬a forma como de cono y empecé a hacer presión en mi ano. La forma afilada y el que yo controlará el dolor que me producía, parando un poco la presión, hizo que me entrará en el culo. Me dolió un poco, sobre todo al principio, pero finalmente entró. Comencé a masajearme el clí¬toris con el consolador metido en el culo, sin moverlo. No tardé en sentir el placer viniendo de mi clí¬toris y de mi ano. Me imaginaba siendo sodomizada por un amante negro, que me la metí¬a sin lubricarme y sin dilatarme, ábriendome el orto y clavándomela hasta el fondo. Comencé a gemir por el placer que me estaba dando y a hablarle a mi amante imaginario “Así, abrime el culo, puto, cogeme” y boludeces así¬. Comencé a tener mi segundo orgasmo, largo y muy profundo, segregando mucho lí¬quido. Me saqué el consolador y me quedé exhausta, con la cabeza en la almohada.
Entonces la oí¬ a la hija de remil putas de mi amiga Marcela que estaba en la puerta de mi habitación y me dijo:
− Si estabas de joda, por qué no me invitaste, puta del orto?
Me quedé helada, con la cara ardiéndome de la vergüenza. Me pescó mal!!!!
No supe que decir, creo que se me escapó un “lo siento”.
Marcela ya sabí¬a que me masturbaba diariamente, pero de ahí¬ a que te agarren in fraganti y encima con un consolador en el orto, hay un trecho importante.
Menuda situació!!!! Se acercó riéndose de mí¬. Por fí¬n se me pasó la cortada y yo
también me reí¬. Habí¬a vuelto antes porque estaba preocupada por mí¬, y me dijo
− Ya veo porque no querías salir.
Mientras hablábamos fui¬ al baño y lavé los dos consoladores, mientras Marcela los miraba con curiosidad. Los iba a meter en la caja para guardarlos en el placard, pero Marcela adelantó una mano y los agarró:
− Esperá, no los guardes, que nunca había visto uno.
Los observó mientras me preguntaba desde cuando los tení¬a, y si era igual que hacerlo con una pija, y todas las preguntas que surgen.
Yo le contesté que lo acababa de estrenar. Ella se quedó mirando el consolador anal y mirándome a los ojos me preguntó
− Sil, ¿que se siénte por ahí¬?, ¿De verdad te gustó?
Yo le contesté que sí¬, que era un placer diferente, que se los llevara y los probara tranquilamente. Ellos los miraba y me lo preguntó, lo que llevaba rondándole por la cabeza hacía un buen rato
− Sivia, vos que sabés, ¿me lo haces vos?
Tengo que aclarar que hasta ese dí¬a yo no habí¬a tenido nunca sexo con otra mujer. Tenía curiosidad, querí¬a probarlo, pero era como una de esas fantasí¬as más í¬ntimas que la del negro pijudo que no sabes si algún dí¬a se harán realidad.
Le dije a Marce que se desnudara. Mar era rubia Koleston, con unos ojazos que me daban envidia, azules claros, claros. Yo creo que está mucho mejor de morocha, pero bueno… Me hizo gracia ver que tení¬a los pelos del pubis también teñidos de rubio. ¡Jajaja!… Mar, reina, ¡que detallazo!, vos antes muerta que sencillita!
Le dije que sobre todo confiara en mí¬, que tení¬a que dejar la vergüenza y dejarse llevar y, si no le gustaba, le dolí¬a demasiado o querí¬a
parar, que me lo dijera y lo dejábamos ahi. Se fue al bidet y se lavó bien primero.
Se puso en cuatro patas y yo me senté detrás. Cuando vi¬ su culo, gordito pero sin
una estrí¬a y sin celulitis le dí¬ un azote, no pude aguantarme. Noté como Marcela se relajaba al reírse. Me puse crema en los dedos y comencé a pasárselos por el ano, sin metérselos, mientras le susurraba que estuviera tranquila y relajada, que no pasaba nada, que no le iba a doler.
La verdad es que yo me estaba empezando a excitar bastante por el morbo de la
situación. Un par de veces llevé los dedos hasta la raja de Marce y ella estaba bastante seca, supongo que de los nervios. Seguí¬ haciendo cí¬rculos en su ano y, poco a poco, le introduje un dedo. Noté como Mar temblaba y le pregunté si le dolí¬a
− No, no me ha dolido nada, pero es muy raro…, la sensación, no sé, pero no pares.
Le hice caso y seguí¬ jugando con el dedo en su culo, sacándolo y metiéndolo, haciendo cí¬rculos. Pronto fue Mar la que moví¬a el culo para buscar mi dedo, así¬ que intenté con un segundo dedo, que entró muy fácil. Mar gritó, más de sorpresa que de gusto. Repetí¬ los movimientos en su culo. Tení¬a la cabeza en la almohada, por lo
que no me veí¬a, así¬ que mi mano izquierda se bajó hasta mi clí¬toris, que me
ardí¬a pidiendo guerra.
Nuevamente fue ella la que movió el culo hacia atrás. Joder con Mar, si al final tení¬a más vicios que yo… Estuve un buen rato con los dos dedos dentro de su culo, cogiéndola así¬, hasta que noté que entraban perfectamente.
Marcela también estaba disfrutando y la veí¬a excitada, aunque la notaba cortada.
Subí¬ mi mano izquierda, y observando sus reacciones se la llevé a su clítoris. Comencé a hacer cí¬rculos suaves. Ahí¬ Mar comenzó a perder los papeles, ya gemí¬a de gusto
− Ay, Silvia, que lindo lo que me estás haciendo!
Yo acentúe el movimiento sobre su concha, sacando y metiendo los dedos de su culo.
No iba a utilizar el consolador hasta que de verdad no estuviera bien caliente, así¬ que seguí¬ un buen rato hasta que noté que le quedaba poquito para acabar. Yo estaba dejando caer lo que no está escrito. Imagínense, con Marcela, una de mis mejores amigas, en cuatro patas, con mis dedos adentro de su culo, masturbándola. Por fí¬n le
pregunté:
− ¿Querés que te meta el consolador?
− Si, Silvy, metémelo, por favor.
Saqué los dedos de su culo, tomé el consolador y lo embadurné bien de crema.
Apunté a su culo y le dije
− Mastúrbate vos mientras.
Apreté un poco, un poco más. El ano iba cediendo bien, por la forma del aparato. Le entró la mitad más ancha, con Marce gimiendo y lanzando ruiditos medio de dolor, medio de gusto. Por fin le entró la parte más ancha y llegó la parte más fina. Marce no paraba de pajearse y en ese momento con su otra mano la dirigió hacia el consolador, la
puso encima de la mí¬a y empujó hasta meterse el consolador hasta la ventosa del
final. Ya no gemí¬a, gritaba como una loca. No pude más, verla así¬, metiéndoselo
en el culo, con su raja abierta tan cerca de mí¬. La agarré de las caderas y le metí mi lengua en su rajita y me puse a lamerla como una loca, pasándola a todo lo largo de su concha, bajando la cabeza para llegar a su clítori¬s, mojándola entera, ufh!… sólo de acordarme me pongo recontra caliente.
Mar no aguantó así¬ ni dos minutos. Acabó mientras con una mano metí¬a y sacaba el consolador de su culo y con la otra agarraba mi cabeza por el pelo para aplastarme contra su concha. Noté mucho flujo en mi cara cuando lo hizo. Por fin se relajó y me dejó separarme, casi me habí¬a ahogado. Se sacó el consolador del culo y se dejó caer de lado.
− Syl, que acbada, bestial, ha sido bestial.
No hacia falta que lo jurara, ya lo habí¬a notado. La dejé que se recuperar, aunque yo todaví¬a no habí¬a acabado. En cuanto la vi¬ que se habí¬a recuperado, me puse encima suyo, con las rodillas a ambos lados de su cara.
− Me toca a mí Mar, no me dejes así − dije mientras me dejaba caer sobre su cara.
No sabí¬a cómo iba a reaccionar, pero creí¬ morirme de gusto cuando note su cabeza debajo mí¬o y su lengua en mi concha, muy, muy mojada. ¡Me estaba comiendo la concha una min¬a y la mina era una de mis mejores amigas, y de mis mejores amigas era la má linda y sexy!!!!!!
Moví¬ mis caderas sobre su lengua, apretando, para notarla bien, me estaba matando de placer. Encima, casi leyéndome el pensamiento, una de sus manos fue hasta mi ojete y allí¬ me metió un dedo. No pude más y acabé como una salvaje, frotando mi concha contra toda su cara. Im-pre−sio−nan−te.
Luego hicimos tijerita. Yo lo había visto en una porno por Internet. Las dos estábamos en bolas y nos dimos como si recién empezáramos. Los ruidos eran una especie de coordinador entre ambas que íbamos en un terrible in crescendo hasta acabar con agarradas, pellizcones, clavadas de uñas y gritos de dos locas de placer.
Marcela me dijo:
− ¿Por qué mierda nunca me dijiste que sabías hacer esto? Para qué me dejaste que anduviera buscando chongos para arriba y para abjo, si vos podías hacer esto…
− Yo no sabía, Mar − le contesté yo.
− Pero te lo imaginarías.
− Solo fantasías − le contesté.
− Me las hubieras contado antes. ¡Quiero más!
Nos revolcamos de nuevo en un 69 y en poco minutos nos dimos otro orgasmo escandaloso, gritado y con puteadas. Marcela se dio vuelta y me besó en a boca con una dulzura que no había tenido nunca ningún tipo conmigo.
− Fue el mejor que haya tenido en mi vida − me dijo Mar.
− El mío también − le contesté.
− ¿Y ahora que hacemos? Yo torta, creí que no era, pero después de hoy, tengo mis dudas.
Yo me quedé en silencio como si estuviera meditando y luego de dos o tres minutos de silencio tenso le dije:
− Mi mente dice que me siguen gustando los tipos, y si son porongudos, mejor, pero que no me voy a perder ninguna oportunidad que pueda coger con vos, así te cases y tengas cinco nenes.
Algo así viene ocurriendo desde hace cuatro años, en el que Marce y yo vivimos juntas y cogemos no menos de 15 ó 20 veces por mes, dependiendo de nuestros ciclos. Cuando alguna de las dos sale con un macho, cuando nos juntamos nos contamos los detalles y nos cogemos con todo el morbo del mundo. No sé si significa ser lesbiana o bisexual, pero lo que disfruto con Marcela en la cama, difícilmente me lo da ningún machito.
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