Me gusta llamar la atención, amo ser observada por la gente, sentirme de algún modo deseada, admirada, anhelada; a veces provoco yo misma eso pero sin querer. He descubierto que los hombres mantienen una especia de fijación con ciertas partes del cuerpo y de ahí me he valido para conseguirlo que más se me ha antojado, con respecto al sexo obviamente; estoy bastante buena, de hecho algunas chicas dicen envidiar mi cuerpo porque soy delgada, no tengo mucha pompa y mis pechos son grandes para el resto de mi cuerpo que es pequeño. Tengo aspecto de nena y el rostro es bonito.
Mis lolas chiquitas, pero puntiagudas roban las miradas de muchos. De entre ellos, se encuentra Beto, el amigo de quien fuera mi primera pareja con quien conviví 3 años. Desde que lo conocí había notado que el me miraba de una manera distinta de cómo debería hacerlo, siendo yo la mujer de su mejor amigo, muchas veces lo descubrí mirándome al escote o las piernas y al poco tiempo aprendí a disfrutar de eso, obvio no se lo demostré abiertamente, hasta una noche en la que mi pareja cumplá años.
Esa noche como era día de fiesta opté por arreglarme bien perra. Le había prometido a mi novio una noche de sexo caliente, pero no conté con que las cosas cambiarían un poco. Tenía puesta un mini muy corta color blanco, tacos altos y una blusa de seda negra medio transparentona con un escote de infarto. Mi novio estaba fascinado conmigo y todo marchaba bien, hasta que llegó el famoso Alberto. Un tipo sencillo, pero muy lindo.
Desde que llego me sentí diferente, en verdad amaba la forma en cómo me desvestía con la mirada, así que al poco tiempo fui siendo muy amable con él, que trataba de disimular con su amigo, pero cada que el no estaba, me juanaba fuerte. Charlamos, hicimos bromas y decidimos que era la hora de cenar.
Era el momento de afrontar aquello que me excitaba tanto.
— Beto, me acompañás a traer la cerveza para Yeyo? — Le dije como ignorando que me miraba mucho.
El respondió que sí y de inmediato fuimos hacia atrás en la cocina, el me aguardaba en el marco de la puerta mientras yo abrí el freezer para agarrar las cervezas y todo lo demás. Hice como que no podía para ver si se acercaba.
— ¡Te ayudo? — Me dijo ansioso.
— No, gracias le respondí, solo teneme estas latas que saqué – y me volví a inclinar. Mis pechos colgaban divinamente tanto que a mí misma me excitaba esa posición, yo sabía que a el también porque de reojo vi como los observaba.
— ¿Qué mirás con tanta atención?— Le dije al momento que me incorporaba.
— ¡Nada… nada! — Respondió confundido y nervioso.
— ¿Te creés que no me he dado cuenta de cómo me miras?
— Disculpame Fátima, perdoname en serio si te he ofendido — Me dijo poniendo cara de sufrimiento. Se veía tan lindo…
Era el momento de lanzar mi jugada, total no perdía nada, si se negaba no podría decirle a mi novio. No le iba a creer o sería su palabra contra la mía.
— Si tanto te gusta lo que ves, por qué no hacés algo para tenerlo — le dije con las manos a la cintura.
La parte de mis lolas que no cubría la blusa subía y bajaba rítmicamente, a causa de mi respiración, esa noche las traía muy apretadas, era obvio que a cualquiera se le podrían antojar.
Miró a todos lados, al momento que poco a poco acercó sus manos a mis gomas que ya lo esperaban. Al poco tiempo sentí sus manos masajear mi tetas suavemente sin poder dar abasto con semejantes pomelos. Con sus pulgares tallaba mis pezones que se endurecían al tacto. Me perdí entre tales sensaciones que sin darme cuenta, Beto ya estaba dándome una deliciosa mamada de tetas. Tenáa las lolas fuera de mi blusa, ya que estaban en sus manos y en su boca, al punto de que me calenté demasiado.
Note su respiración jadeante, fue entonces cuando su brazo derecho me rodeo por y la cintura y su otra mano intento entrar por debajo de mi ropa interior…
— ¡¡pará que es demasiado!! — Le suplique con esfuerzo.
Yo ansiaba que sus manos me hurguetearan, pero no era el momento, ya nos habíamos demorado mucho y Yeyo, mi novio, se daría cuenta. El "agarro la onda", entonces se fue al baño y yo continúe sacando las demás cosas, no sin antes, acomodarme la ropa como estaba al principio. Justo estaba acomodándome el sostén cuando entro Yeyo y me pregunto que por qué me demoraba tanto. Le dije que Alberto había ido al baño y que lo estaba esperando para que me ayudara a cargar las cosas ya que el cumpleañero se había quedado sentado sin hacer nada.
El no sospecho nada, así que me dijo "yo te ayudo déjalo, no lo jodas " y sonró. Tomamos la cerveza, los sándwiches, la picada y nos fuimos al comedor.
Mientras comía, no podía dejar de pensar en Beto y sus manos inquietas, me picaban los pezones de solo recordarlo, necesitaba que terminara lo que había comenzado, pero no era el momento aun, no era el lugar.
Beto y Yeyo chyuparon demasiado en aquella noche. Tanto así que mi novio le ofreció a su amigo que se quedara a dormir, no quería que manejara en ese estado… Mala idea.
Alberto iba a dormir en el cuarto que estaba justo frente a la nuestro. A Yeyo lo vi entrar tambaleándose de borracho. Al diablo con la noche fabulosa.
Desde que nos acostamos él no dejaba de tocarme, pero note que estaba siendo muy brusco. Nada que ver con la sutileza de Beto y sin más remedio comencé a acceder a sus órdenes ya que era el regalo de cumpleaños. De un movimiento me sacó la blusa para hurgar entre mis pechos, que horas antes habían sido morbosamente probados, pero sus labios no se detuvieron ahí mucho tiempo y rápido bajaron a mi pubis.
Con la pollerita levantada y la cabeza de Yeyo entre mis piernas tuve tiempo de voltear hacia la puerta para ver con enorme sorpresa que ahí estaba Alberto, mirando escondido detrás de su puerta entornada, eso me excito mucho más, por lo que de inmediato tome a Yeyo de la cabeza y la moví frenéticamente, claro sin dejar de mirar hacia donde se ocultaba mi nuevo macho, que de verdad me calentaba y al que le iba a hacer el show de su vida.
Mi novio comprendió lo fogosa que estaba que se levanto y me pidió aquello que tanto había deseado:
— Quiero darte por el culo Fátima — Me dijo con una voz entrecortada.
Yo anhelaba que Alberto viera aquello, pensaba dedicarle esa escena pornográfica en vivo y desde luego accedí, movida por el deseo de ser observada. Le ordene que no apagara la luz y Yeyo obedeció.
Poco a poco fue humedeciendo mi ano con su saliva olorosa a alcohol, mientras yo estaba de rodillas con la cabeza a la cama, y mis ojos sin dejar de ver entre la oscuridad a mi hombre.
Con un apuro que me molestaba, pero que a la vez no me importaba, comenzó a introducir su miembro dentro de mi ano. Me estuvo metiendo varios de sus dedos para poder acostumbrarlo, pero esa cavidad estaba muy estrecha. Me dolía mucho al principio hasta que su pito entró casi por completo dentro de mí y lo hice que se detuviera un rato para acostumbrarme a ese dolor que comenzaba a ser insoportable.
Yeyo no tiene la verga muy larga pero si muy gruesa, me lastimaba mucho, hasta que pensé desistir, pero no, del otro lado del pasillo estaba Alberto y no podría quedar mal, yo quería mostrarle que tipo de hembra soy, quería que me deseara aun más.
De rodillas, levante mi trasero lo más que pude, ofreciendo mi culito a mi novio.
— ¡Cogemelo ya! ¿que esperás? — Le dije como una puta, empujando mi ano contra su pene que estaba en la entrada, lo empuje y su verga gruesa entró de golpe dentro de mí, arrancándome un grito de dolor. Comenzó a darme con más fuerza, pero ya no me importaba, me cogió como quería, supe que se daba gusto garchando mi culito que se movía frenéticamente.
Al poco rato le fui tomando gusto a ese sexo, comenzaba a disfrutar como una puta, como una verdadera turra que pide más.
Mi novio estaba tan entretenido dándome por el culo, que no se percato que yo miraba extasiada a Alberto, me di cuenta de que se masturbaba, con su mano sostenía su pene, y vi que era distinto al de Yeyo, no era tan grueso, pero si mucho más largo.
En ese momento lo desee como nunca, quería tener entre mis labios aquella cosa hermosa mientras me cogian, ansiaba su larga verga entre mis tetas, pero aun no era posible, solo me conformaría con verla de lejos. Lo miraba y le sonreía, y cada que lo hacia arremetía contra el pene de Yeyo.
— ¡¡Qué lindo culito tienes Fátima!!! ¡¡Como me gusta darte por aquí putita!!! — Me gritaba aumentando la excitación del momento.
De vez en cuando miraba hacia abajo para ver como sus huevos chocaban contra mi vagina, la entrada y salida de su miembro ya era deliciosa.
Me sentía llena, puta, culeada. Mis piernas me temblaban y Yeyo se aferraba con las manos como loco sobre mi trasero.
Al poco tiempo terminaba dentro de mí, arrojándome su leche caliente en el interior de mi ano dilatado, Alberto vio esto y cerro su puerta inmediatamente, el show había terminado. Yo se que el también lo disfruto tanto como yo. El único que no estuvo por enterado fue Yeyo que solo se limitaba a mamarme de mi culo su propio semen por el pedo que tenía.
— ¡Me encanta tu culo Fátima, lo tenés hermoso! — Obvio, lo que me decía era el efecto de un buen sexo anal, después de eso, y si fue excelente, cualquier hombre amara el trasero de su mujer por muy estrecho que sea.
Pero mi novio ya no me interesaba. Yo me quería fornicar a Alberto, con su pene largo, lo ansiaba posado entre mis tetas que hervían, también quería comérmelo con el ano. Pero así me tuve que dormir esa noche, con las ganas de Alberto. Ganas que que cuando pueda me las sacaré.
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