Que las mujeres somos barderas y quilomberas por naturaleza ya no hay quien lo niegue. Me acababa de llamar al celular “una mujer encargada de un local del Shopping DOT” para decirme que mi marido − con el que somos dueños de un local de regalos − salía con la dueña del local de ropa femenina que estaba al lado del nuestro.
Ni se me ocurrió averiguar si era verdad, si el llamado era realmente para mi, y si el local de al lado era de una dueña, una encargada o era de una sociedad con base en las Bahamas. Le dije a la chica que trabaja en casa que se hiciera cargo de los cinco críos y salí volando para el centro comercial.
Entré de forma tal que o tuviera que pasar por delante de nuestro negocio para que mi marido no me viera. Me metí en el local de al lado. Parecía una esía de película francesa de los ’60. Pañuelito en la cabeza, anteojos negros y muy de tailleur. La ropa del local vecino era de altísimo nivel y ni que hablar de los precios. Una empleada se me acercó para hablarme y preguntar qué necesitaba. ¡Me sentí tan pelotuda! Empecé a balbucear y a decir tonterías. Finalmente expresé que quería hablar con la dueña.
− ¿Con cuál de las dos? ¿La señora Mirta o la señora Yael?
No había ido preparada para esa clase de incógnita. Dudé y dije que no las conocía personalmente y que era una cuestión familiar.
− La señora Mirta es la Madre y la señora Yael es la hija.
No me quedaba otra alternativa que averiguar empíricamente, asi que contesté:
− La madre…
La empleada me guió hasta una mujer elegantísima y muy bella de unos cincuenta y pico o más, pero increíblemente llevados. Conociéndolo a Gastón era muy difícil, por no decir imposible que saliera con una mujer mayor que yo, aunque fuera tan bella como esa señora. Me acoqué y me presenté solo por mi nombre:
− Soy Andrea, vecina del local de al lado. Quería hablar con su hija Yael.
La mujer me miró, visiblemente confundida, me dio la mano casi por obligación y me pidió que la acompañara. Me guió casi hasta el final del local donde había una chica de una incríble belleza y elegancia de unos treinta y pico doblando ropa. Esta tenía el target. Ya más segura, me presenté y le dije que era Andrea, la dueña de la regalaría de al lado.
Para mi sorpresa la chica se sonrió, se me acercó y medio un beso:
− ¡Pucha! Por fin te conozco. Con cinco críos no es tan fácil venir a atender a un local. Es increíble l linda que sos y lo bien que te has mantenido después de cinco embarazos seguidos. Todavía usamos dos catálogos de ropa de fiesta en la que vos sos la modelo. Los podés seguir haciendo…
− Estoy retirada − contesté absolutamente aturdida y confundida.
− Gastón nos habla siempre de vos. De cómo pasaste de la pasarela internacional a se madre de cinco chiquititos. ¿No extrañás?
− Para ser sincera, sí, mucho − contesté cada vez más confundida.
−Me parece bárbaro que hayas venido. Siempre te admiré muchísimo. Tal vez sea porque nunca me animé a hacer lo mismo que vos y mamá no me ayudó para nada.
La madre frunció la boca subiendo el labio inferior y curvando las comisuras hacia abajo. Las cejas demostraban enojo.
−Decime que te venís a comprar algo y me muero de la alegría. Te lo rebajo a la mitad si nos dejaás decir que te vestimos… − continuó.
O esta chica era una cínica irredenta, o era la mejor simuladora que haya visto y oído en mi vida o… lo del llamado era una cruel mentira. Acostumbrada a los puteríos del mundo de las modelos de pasarela, fui a fondo y sin vueltas.
− Quisiera poder hablar con vos en privado.
Yael accedió de inmediato y la madre me miró con cara de bruja por sobre el hombro. Para mí, con esa actitud, la culpabilidad ya estaba probada. La madre cubría la cagada que se había mandado la hija, que, como pensé al principio era una cínica.
Yael desapareció por varios minutos y reapareció con algo de maquilaje, el pelo suelto y los labios pintados.
− Vamos a tomar un café arriba. Me arreglé un poco porque si no iba a parecer la chica de la limpieza al lado tuyo.
Tanta amabilidad empezaba a joderme la vida. Por el otro lado si la vieja tuviera láser en los ojos me quemaba viva. Era tan obvio que la protegía.
Subimos al patio de comidas y fuimos a una cafetería que tenía sillones pero estaba vacía. Nos sentamos y pedimos dos capuchinos.
Yael se me acercó y me volvió a decir lo bella que era yo. Eso colmó mi paciencia y tratando de ser lo más urbana posible le dije:
− Gracias por todos los halagos. Vos también sos preciosa. Tal vez más que yo porque parece que mi marido te prefiere.
Yael se me quedó mirando como quién mira a un extraterrestre.
− No entiendo.
− Que salís con mi marido.
Arqueó las cejas con asombro y la boca era una “o” perfecta. Que habría pasado por esos preciosísimos labios, me pregunté.
− A ver si no hay una confusión en todo esto… − comenzó Yael − ¿Vos sos Andrea la mujer de Gastón?
− Sí.
− ¿Sos vos?
− Sí.
− Bueno, te debo confesar que Gastón y yo somos confidentes y muy amigos. Pasa más horas conmigo que con vos, pero salir, más que venir a comer juntos acá a la vista de todos… jamás. ¿De dónde sacaste que Gasti te es infiel?
− Recibí un llamado con muchos detalles.
− ¿Cuantos detalles?
− Muchísimos.
− ¿Quién te lo dijo?
− Una mujer grande, que no se identificó.
− ¿Estás segura que Gastón realmente te fue infiel?
− Segurísima por los datos y fechas que me dieron.
− ¿Y qué te dijeron? Cuando terminemos de hablar juro por mis hijos decirte la verdad.
− Que salió el 24 de marzo con la dueña de … . Qué el dejó la camioneta en el estacionamiento y que se fueron en un BMW 320 violeta… Se dieron un apasionado beso en la boca.
− ¿La fecha es segura? Si porque era feriado en medio de la semana.
− Antes de contestarte, ¿puedo hacerte una pregunta?
− En realidad deberías contestarme vos, pero sí.
− Vos… ¿cuántas veces le fuiste infiel a Gastón? Por lo menos cinco… Eso seguro.
− ¿Qué tiene que ver? − contesté mientras me temblaba todo el cuerpo.
− A ver… ¿Es cierto que Gastón es un pésimo amante por lo que chupa? Que casi no se le para si no es con un viagrazo.
− ¿Qué tiene que ver con lo que yo te estoy preguntando a vos?
− Primero, que estuve en Francia comprando moldería desde el 10 de marzo hasta el 5 de abril. Yo no estaba acá. Segundo yo tengo una modesta rural Corsa. Tercero que la dueña del local es mi vieja, y cuarto y muchísimo peor… la dueña del BMW violeta es también mi vieja.
La boca me quedó abiertísima.
− ¿Tu mamá? − volví a preguntar.
− Si. ¿Tanto te asombra? Es una linda mujer. Viuda hace demasiados años. Siempre fue muy activa sexualmente. Si a él le va… Te aseguro que de padrastro no me gusta, y a mi vieja no la entiendo.
− ¡Tu mamá…! − repetí lentamente.
− Andrea… decime la verdad: vos, ¿cuántas veces le fuiste infiel a Gastón?
Me quedé muda y paralizada. No contesté nada.
− Muchas… ¿no? Sos demasiado hermosa para no caer en la tentación. ¿Te construiste una cárcel con cinco barrotes para no volver a caer en la tentación? ¿Me equivoco?
¿Cómo podía ser que una mina que recién conocía me sacaba la ficha y me desarmaba la vida en menos de cuatro minutos?
− Es verdad que Gastón es aburridísimo como amante.
− Pero para mi vieja es una aventura con un pendejo. ¿Comprendés?
− La verdad que no. No lo comprendo a él… ¿Salió con vos?
− No, jamás. Y no te miento.
− ¿Y cómo puedo creerte? Vos me contás cosas muy íntimas de nosotros.
− Me las contó Gastón. En intimidad.
− ¡En la intimidad de un telo, en una cama!
− Jamás.
− ¿Por qué jamás?
− Porque a mí me gustan las mujeres… Para más datos, desfallezco por vos.
Me quedé paralizada.
− Si quisieras aunque sea probar…
− Y cómo sabía la mujer que me llamó…
− No sabía cómo hacerte venir y hablar con vos… Te llamó mi tía por instrucciones mías. Cada vez que Gastón me cuenta sus desastres y cómo te enconchaste vos, me quiero morir. Me gustas mucho.
Me puso una mano sobre la mía. Entrelazó sus dedos con los míos y me los apretó. Sentí que chorreaba. El mundo se desmoronaba y yo me humedecí.
Dejamos mi camioneta en el parking y nos fuimos al General Paz, a la suite más grande, donde nos recibieron con champagne y música clásica. Fue el momento más hermoso, romántico, delicado y erótico de mi vida. Nos desnudamos ambas cuidadosamente. Fue la tarde más intensa de mi vida con ocho clímax brutales y no sé cuantas réplicas menores. Cuando volvimos, me dejó en el estacionamiento. Me abrazó y me acarició.
− Sé que hice trampa. Podría haber salido muy mal, pero salió bien, pese a la actitud de mi vieja. ¿Me podrás perdonar?
− ¿Perdonarte yo a vos? Yo soy la que debe una disculpa…
Estuve unos minutos apoyada en el pecho de ella acariciándola y comencé a llorar.
− ¿Y esto como sigue?
− Creo que debe seguir con tu matrimonio, tus hijos, tu empresa. Yo estoy tan cerca… Cuando quieras, estoy. No me da para tener una pareja de mi mismo sexo y encima con cinco críos, hijos de uno de mis mejores amigos… Si te sirve…
− No solo me sirve, lo necesito como el aire.
Desde que me encuentro con Yael dos o tres veces por semana, salvo ciertos días que por suerte más o menos coinciden, mi carácter cambió y hasta me llevo mejor con Gastón. No creo que sea un remedio universal, pero conmigo funciona y las dosis nunca son de cinco o seis clímax por vez.
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