jueves, 12 de agosto de 2010

Mi amiga Silvia

La verdad es que a veces no sé cómo pasan las cosas. Simplemente fluyen hacia un final que no esperás. Aunque lo más curioso es que cuando llega no te sorprende por mucho que lo deseases o no.

Esta confesión trata de cómo lo que tenía que ser un fin de semana tranquilo se transformó en lo contrario con una buena amiga mía y mi marido. También de cómo terminamos haciendo realidad una de nuestras fantasías recurrentes, a pesar de que ninguno tenía la más mínima intención de ello.

Todo comenzó cuando, hablando con mi amiga por teléfono, le propuse que se viniese a pasar unos días con nosotros a nuestra casa en la rivera del Paraná.

Ella no estaba pasando por un buen momento ni sentimental (se acaba de divorciar por segunda vez) ni en el trabajo y pretendía que se “olvidara” un poco dando largos paseos en bici, saliendo de joda, leyendo en la piscina… en resumen que pretendíamos animarla un poco del bajón que estaba pasando.

Mi marido con ella es muy amable y siempre consigue hacerla reír de corazón (irresistible para nosotras) y los dos le tenemos un cariño muy especial, algo así como si fuese mi hermana. No piensen mal, aun no, hablo de un aprecio casto y sincero. ¿Nunca les pasó?

Ella llegó a la terminal de Rosario y mi marido fue a recogerla. Como sabía que estaba muy mal de ánimos hizo todo lo que pudo por alegrarla y llegaron a casa ya riéndose y contando tonterías. Habían pasado por el supermercado y comprado cosas para esos días, principalmente frutas, vino, carne y verduras para la parrilla, puchos y poco más (frula buena). Nosotros siempre tenemos una “bodeguita” en casa que se nos caduca. De todos modos el fin de semana prometía ser tranquilo, jugando a las cartas, entreteniéndola un poco y haciendo de pañuelo de lágrimas la mayor parte del tiempo.

Estos días había hecho un calor anormal aun para Rosario en esta época, así cuando llegaron les propuse ir inmediatamente a la piscina. Subimos las valijas de Silvia (así voy a llamar a mi amiga) y Mario (así vamos a llamar a mi marido) se ofreció a preparar la comida mientras nosotras nos bañábamos (lo normal, he tenido la suerte de que le guste la cocina… un regalo del cielo porque a mí no atrae nada de nada). Así que él muy cielo se quedó arriba mientras nosotras bajamos a darnos un chapuzón. Nuestra piscina está en el sótano y es de invierno así que en verano, aunque la apagamos, hace un calor en la habitación tremendo y todos nos tiramos de cabeza. Tengo que reconocer que es uno de nuestros principales pasatiempos cuando estamos solos.

Bueno, mi primera sorpresa fue cuando nos desnudamos para ponernos la malla. Silvia me dijo que estaba estupenda, que había adelgazado, que estaba bárbara. Eso me puso el ánimo por las nubes aunque fuera mentiras. Un dulce no le amarga a nadie, y menos a mí.

Yo la verdad, no me encuentro muy atractiva, pero sé que ese es un problema que tengo. Soy consciente de que los demás no me ven así y que “levanto pasiones”, lo que, por otro lado, me encanta y a mi marido lo vuelve loco de celos. Mido uno setenta y nueve y estoy bien proporcionada, con unos pechos bastante hermosos (apetecibles a toda hora dice él) y me siento muy orgullosa de mi culete. Yo no me veo así, pero me sé morocha-linda-exuberante, y de hecho me han propuesto para modelo en más de una ocasión tiempo ha.

Bueno, hasta aquí si lo puedo confesar, en realidad me gusta mucho mirarme al espejo, pues en la soledad de mi habitación es donde me encuentro realmente atractiva.

Mi amiga Silvia me sorprendió aun más. No la veía desnuda desde las duchas del club donde, sinceridad primero, sentía una rara atracción por ella que no entendía en ese momento. Una especie de cariño de amiga realmente especial, de admiración por lo bonita que era y sigue siendo. La veía realmente irresistible y entendía que los chicos se volvieran tontos con ella. Sentía algo de celos, pero no de los chicos, sino de ella y siempre pensé que era porque, al fin y al cabo, era mi amiga y quería estar más tiempo con ella. Por otro lado todos sus novios y maridos fueron uno más pelotudo que el otro.


Ahora estaba realmente hecha toda una mujerona. Sus pechos, que no son muy grandes, pequeños más bien, son realmente atractivos y sus curvas eran como una cascada de sensualidad. El pelo corto, castaño rojizo, pasando por una elegante espalda, curvándose hasta su suave culete y siguiendo el ritmo de un pequeño ombligo como un guiño antes de una pequeñísima tripita como un adelanto de lo que hay más abajo. Tan sensual como siempre. Toda una pequeña provocación con su metro setenta de atractivo moreno aterciopelado y sus dos ojos melosos.

-Los debe volver locos- pensé, ya que siempre le había gustado mucho seducir, pero sin llegar a nada más. En el fondo siempre ha sido muy remilgada y ha dejado tras de sí toda una pléyade de corazones (y otras vísceras) destrozadas a su paso. Seguro que era la única del grupo del cole que llegó virgen al altar, con eso todo dicho.

Pero de repente me di cuenta de lo tenía todo depilado, ¡del todo! Fue una sorpresa que no me esperaba y he de reconocer que eso la hacía mucho más atractiva de lo habitual. Parecía tan cuidado y suave que comprendí que a algunos hombres les resultase así más atractivo, la misma diferencia de una axila depilada y a sin depilar. He de reconocer que me costó mucho trabajo no mirarla y de repente me encontré ruborizada mirándola fijamente a la cara para que ella no notara que mis ojos se desviaban casi sin querer hacia abajo, a sus pequeños pero atractivos pechos, con dos casi coquetos pezones como dos botoncitos, y más abajo aun, a su certero ombligo, y aun más abajo aun donde el vello ya no hacía de frontera definida y solamente el sutil bronceado de la piel indicaba que se entraba en zona privada, reservada e intima. Gracias al cielo ella no se dio cuenta mientras me hablaba de lo maravilloso que era poder pasar con nosotros el fin de semana y de lo bien que lo pasábamos juntas de pequeñas jugando a maquillarnos y hablando de tipos.

No voy a negar aquí que he tenido deseos y fantasías con otras mujeres, como todas mis demás amigas. Según tengo entendido es normal en la mayoría de nosotras. Pero lo que realmente me turbaba esta vez es que nunca me había fijado en serio en otra chica, y justo venir a hacerlo con mi mejor amiga. Jamás había pasado de eso, de una mera fantasía sin personajes definidos, sin expectativas de realizarse aunque con ganas reales de hacerlo. Solo fantasía.

Sentir ahora ese deseo tan masculino de mirar, me inquietó bastante y a la vez sonó como los acordes de una orquesta ensayando antes de empezar, como la suave brisa antes de la lluvia, como la tenue luz rompiendo la noche antes de amanecer. De repente me di cuenta, me sentía atraída por el cuerpo de una mujer. Intenté quitármelo rápidamente de la cabeza. Casi me escandalizaba a mi misma y razoné que tanta fantasía y tanto desenfreno tenía ahora que tener su consecuencia así que decidí pararlo en seco (….si chicos, alucinar, pero todas las mujeres podemos hacerlo) y me centré en la conversación mientras nos poníamos la malla.

La entrada en el agua fresquita, además de un tremendo alivio del calor sofocante que hacía en la piscina, me ayudo enormemente a conseguirlo y en solo unos instantes desapareció del todo y sin dejar rastro, como un sueño olvidado.

Hablábamos de nuestros buenos años en santa Fe, riéndonos al recordar las travesuras de aquellos tiempos y las juergas hasta las tantas cuando mi marido llamo a la puerta de la piscina. Sabía que podíamos estar desnudas y quiso avisar para no jodernos y crear una situación incómoda.

Cuando le dije que podía pasar, que estábamos visibles y el agua estaba estupenda apareció para decirnos que el risotto que había hecho estaba reposando y que en diez minutos subiéramos a comer. Entonces las dos lo animamos a darse un baño porque el pobre parecía realmente asfixiado y el agua estaba buenísima. Aceptando nuestra proposición nos dijo que iría a ponerse la malla y venia enseguida. Es un gran tímido y nunca se le ocurriría cambiarse delante de Silvia.
Mario no es que sea muy, muy alto, pero sus uno ochenta y pico están muy bien proporcionados, sin ser un machacado del gimnasio (que creo que jamás ha pisado) se notan con claridad sus marcados músculos en los brazos. Su pecho es grande y fuerte (perfecto para dormir acurrucada en una tormenta), aunque no tiene una “tableta de chocolate” no le sobra un gramo y sus piernas, cinceladas y poderosas, me han hecho alguna vez pensar en él cómo en un centauro…. y su culete, ….mmmm su culo es para volverse loca… a mordiscones. He de reconocer que una de mis debilidades, uno de mis vicios, tal vez una de mis más escondidas perversiones es notar como esos músculos potentes de su trasero se ponen rítmicamente como piedras bajo la presión de mis manos mientras él, encima mía, me da todo el placer que es capaz de darme y yo sentir.
Pero su timidez se vería aun muy “castigada” hoy. Silvia, salpicándolo, le dijo entre risas que donde iba, que estaba atontado por el calor, que la malla la tenía colgada en la ducha junto a la piscina. El pobre se quedó cortado y moviendo la cabeza como en resignación de su despiste la agarró para irse a cambiar. Entonces Silvia empezó con la broma de que se quedara, que nosotras nos habíamos cambiado aquí y él también tenía que hacerlo. Bromeaba de hinchapelotas con que queríamos un estriptis y yo le seguí la broma sabiendo lo tímido que es. El pobre lo estaba pasando fatal y estaba paralizado mirándome sin saber qué hacer. Así que como vio que yo le seguía la broma a mi amiga intentó el mal truco de la toalla. Sencillamente fue ridículo. Nosotras gritándole partidas de risa y el esforzándose en quitarse los pantalones y ponerse la malla debajo de la toalla sin que se viese nada. Esa es una disciplina playera para la que los hombres no tienen habilidad, reconozcámoslo. Era desde luego el estriptis menos sexi que nadie se puede imaginar y nosotras lo jodíamos aun más por eso. “Lindo tipo” “Guacho”, lo jodía ella, “esta noche te vas a enterar”, le gritaba yo, y el pobre cada vez estaba más nervioso así que cuando se iba a subir por fin la malla debajo de la toalla, esta se cayó, dejando al aire su precioso culito, aunque él se cubrió a la velocidad del rayo. Nervioso, rojo como un tomate, se dio la vuelta y riéndose como un niño que hacia una travesura se tiró a la piscina salpicando lo más posible. A lo que nosotras respondimos las dos contra él a la vez salpicándole y intentando hacerle una ahogadita, cosa que no conseguimos, claro. Éramos como dos ligeras y gráciles nutrias intentado ahogar a un oso. Nos agarró a cada una con un brazo y nos lanzó casi sacándonos del agua. A esto, claro está, nosotras respondimos aun con más ganas. ¡Las chicas no se rinden! y nos abalanzamos las dos a la vez sobre él. Estábamos en ese juego cuando de repente Mario se escabullo y diciendo que se pasaba el arroz salió corriendo de la piscina haciendo mutis por el foro. Me pareció un poco precipitado y nervioso, pero él, eso de la comida es algo “don perfecto”, así que no le di más importancia. Simplemente se había acordado de repente.

La comida fue realmente agradable, contando bromas y chistes tontos. El risotto estuvo muy bueno (algo normal con mi marido). El ambiente distendido y alegre, era como el de unas buenas vacaciones. Así que hicimos planes para la tarde. Nosotras queríamos estar una rato más en la piscina y tomar el sol mientras mi chico se dormía una siestita. Después podríamos ir al pueblo en bici a tomar un helado y dar una vuelta. Quedamos en volver a cenar a casa y ver una buena peli en la terraza al fresquito de la noche que era lo que más nos gustaba a los tres.

Después de la comida vino la segunda sorpresa del día. Mario se fue a descansar y Silvia y yo bajamos a las hamacas del jardín. Después de un buen rato hablando sobre todo lo divino y lo humano, arreglando el mundo y recordando buenos momentos decidimos darnos un baño para refrescarnos un poco.

Fue a la vuelta de la piscina cuando me dijo, en un tono algo confidente y secreto que me tenía que comentar algo. Yo por supuesto la animé diciéndole que los secretos eran lo que más me gustaba. Ella se quedó callada y yo, divertida e impaciente, le dije que no lo pensara, que me lo contara ¡YA!

Ella me pidió que no me molestara, ya que era algo políticamente muy incorrecto. Al preguntarle que porque me iba a molestar mi actitud ya cambió de curiosa divertida a intrigada expectante. Cuando a una le advierten que se puede molestar inmediatamente se molesta, es física femenina elemental. Entonces ella empezó a hablar con una vibración de duda en la voz. Yo estaba cada vez más impaciente. Su mirada parecía pedir perdón de antemano cuando me dijo casi en un susurro que sabia porqué Mario había salido corriendo de la piscina. Entonces reconozco que me salí del eje. “Esta es tonta” pensé. “Porque se le pasaba el arroz. Él mismo lo dijo” le espeté. En ese momento su mirada cambió de cortada a pilla y, con cara de picara me dijo un “no, no, no. La que no te enterás, sos vos…” y se echo a reír a carcajadas. Eso fue el colmo para mi paciencia, me estaba empezando a desesperar de verdad. “¿Entonces qué?”, les respondí algo seria, casi molesta. Ella, con un tono más intrigante aun se acercó a mí y me dijo al oído “se fue porque le tocaba izar la bandera”. Mi cara debió ser el espejo del alma, ahora sí que no entendía nada, y le respondí con un gesto que lo decía. “Que tenia capa?” siguió con el tonito rítmico y picarón de las narices. “¿Qué carpa ni qué mierda?¿De qué hablás?” le dije yo ya desesperada (ahora ya sé que debí parecer más que tonta). “Puta, no te enterás o no te querés enterar” ahora la impaciente era ella “ que tu marido se fue porque se le a puesto el pito como un mástil, está claro?”.

Ella se quedó callada, cortada, expectante, mirándome esperando mi reacción. Yo, también cortada, no sabía que decir. Era un descuelgue. El silencio se alargó unos segundos más de lo normal y de repente a mi me dio la risa. Ella me siguió y rompimos a carcajadas en una de esas explosiones contagiosas que no puedes parar. Ya no sabíamos si nos reíamos de nosotras mismas o del momento que debió pasar el pobre Mario. Pero ese el atractivo de ser mujer, en el fondo nos hace provocar esas reacciones en los hombres sin más intención que sentirnos capaz de hacerlo. Sé que para los hombres esto es incomprensible, ellos ponen en marcha el motor (por cierto con asombrosa facilidad) y solo tienen una meta, llegar. Fueron unas muy buenas risas y nos desahogamos a gusto. La pobre no sabía cómo me lo iba a tomar pero al ver mi buena reacción se desinhibió.

Ahora es cuando vino la tercera sorpresa. Cuando ya nos fuimos tranquilizando y las risas fueron más relajadas, Silvia retomó el tonito pícaro y me dijo casi suspirando: “menuda suerte tenés nena, con tanta alegría no necesitas consuelo… ni consolador. A ver si un día me lo prestás” y volvió a echarse a reír. Yo me quedé algo cortada pero inmediatamente le seguí el juego y riéndome también le dije “eso es coto privado querida”. Entonces ella, aun partida de la risa, entre carcajadas me contesto partiéndose aun más “pues a ver cuando me invitás a pegar unos tiritos”. La explosión de risa comenzó otra vez a empezar. Aunque he de reconocer que esta vez yo también tenía algo de la risa tonta que me da cuando estoy cortada.

Las risas se fueron tranquilizando pero la cosa no quedó ahí. Cuando ya recuperamos la respiración, aun con el aliento algo entrecortado Silvia me comentó: “ El pobre, rodeado en la piscina por dos cuerpazos como estos no pudo evitar ponerse un poco alegre… lo entiendo nena, es normal”. “Con lo tímido que es, lo mal que lo habrá pasado el pobre” le contesté yo.

Entonces Silvia me sorprendió otra vez al decirme “bueno, para ser sincera contigo, cuando lo vi saliendo de la piscina yo también me he sorprendí a mi misma un poco”. Yo, mirándola intrigada la animé con un gesto a seguir contándome. Continuó: “Bueno nena, es normal, con tanto roce y tanta pelea… y además luego viendo ese armamento cargado al salir de la piscina… bueno, que una no es de piedra tampoco…” y siguió con una risa tímida. Yo no sabía que decirle y contesté “Es que mi marido es mucho hombre mujer… te entiendo” y le devolví una sonrisa de complicidad. Ella terminó con un sorprendente “Tu Mario y vos, querida… están los dos como para mojar el pancito”.
Silvia se asustó a si misma de lo que había dicho. Colorada como un tomate se tapó la boca como para no dejar salir más palabras. Yo me quedé aun más cortada, pero tenía que encontrar alguna manera de romper ese momento, ella estaba avergonzada. “¿Por qué te cortás nena? ¿Entre nosotras no podemos decirnos lo buenas que estamos?” le dije intentando ir por el lado de la broma. “Sí, sí, claro perdoná es que…”. “Que no te preocupes mujer”, la interrumpí “que ya no somos criaturas”. Pero ella seguía aun avergonzada. Yo lo intenté de nuevo ofreciéndole compresión “¡Vení loca! Que eso es normal. Nos pasa un poco a todas y tu simplemente has tenido un lapsus”. Entonces mi amiga me miró con una mezcla sorpresa, ilusión y timidez a la vez “¿en serio?¿a vos también te pasa”. “Claro” le respondí, sin saber que en ese momento abría la caja de Pandora.

Entonces fué como si le hubiese quietado un peso de encima. Me confesó que estaba preocupadísima desde hace un mes por algo que le pasó. Le daba muchísima vergüenza contármelo pero yo la animé a hacerlo con palabras de comprensión y apoyo. Después de mucho insistir se desahogó, no sin antes insistir en el corte que le daba contármelo.

“Un martes a la noche en casa sola y viendo la tele como todos los días y no había nada. Como estaba aun muy despierta y sin ganas de dormir me puse a ver qué series daban ese día, pero no encontré nada que mereciera la pena y no hubiese ya visto y me picó la curiosidad. Nunca había visto L Word y, así quise echarles un vistazo. Al fin y al cabo estaba sola. Al principio me pareció infumable. Tortilleras con dramas. Pero me enganché en la historia que era buenísima. Ellas son divinas y trabajan de maravillas. La cuestión es que todo fue subiendo de tono y entre ellas se empezaban a dar como en una porno. Al principio no tenía ni la más mínima gracia y no entendía que podría tener eso de estimulante, pero no podía dejar de mirarlo. Sin darme cuenta me fui encendiendo poco a poco, y no podía dejar de mirar como dos minitas bailaban de la manera más sexi que jamás me pude imaginar con otra chica en una discoteca. Ella les seguía con el ritmo de la música y las animaba a los dos a la vez. Ellas la rodearon y la abrazaron, una delante y otra detrás. Cada una le besaba un lado del cuello. Yo me iba poniendo cada vez más caliente casi sin darme cuenta. Estaba empezando a excitarme realmente, ahora ya no quería parar de ver la serie.

Yo terminé tan excitada como no había estado en mi vida. El colmo fue cuando vi como una chica la lamia a la otra chica, delicadamente al principio y luego con más fuerza. No se veía nada, pero con los gemidos estaba todo dicho. Fue la escena más excitante y sexual que me imaginé en mi vida. Me pegué una pojota pensando en las minitas y me dormí. Me desperté desnuda en el sofá al día siguiente. Esto que me ha dado un poco de vergüenza contártelo es para que entiendas donde empezó todo”. Entonces se quedó callada, muy cortada, creo que no se creía que había sido capaz de contarme todo ello. Esperaba una reacción por mi parte. Un gesto o una palabra que le librara de la vergüenza que estaba pasando por haberme confesado algo tan íntimo y personal.

Yo le dije que todo eso era normal y que todas lo habíamos pensado alguna vez, que no se asustara. Lo que no le dije es que no todas lo contábamos con tal cantidad de detalles. Ahora era yo la que estaba realmente caliente y notaba como me humedecía. Quise sobreponerme. Mi amiga necesitaba contarme algo y además yo estaba realmente avergonzada por estar tan excitada. Así que la animé a seguir contándome.

“Bueno pues lo que me pasó varios días después es lo que más me preocupa. Me desperté en mitad de la noche en un sueño húmedo en el que tenía relaciones con otra chica. No tenía ni cara ni nada y desde entonces ese deseo se ha convertido casi en el único. No puedo evitar sorprenderme a mi misma fantaseando en como seria hacerlo con otra. Estoy realmente preocupada porque no sé que me está pasando. ¿Me habré vuelto lesbiana? ¡Para colmo que odio a mis dos ex!”

Esto último me lo conto casi con un nudo en la garganta y lagrimeando. Y yo estaba todavía muy excitada de todo lo que me había contado y no podía dejar de imaginármela pajeándose en el sofá de su casa de Santa Fe, que conozco tan bien. Mi amiga me necesitaba y yo estaba teniendo mi primera calentura con una mujer. No podía ser más inoportuna ni darme más vergüenza. Así que decidí consolarla quitándole importancia y diciéndole que esa fase la hemos pasado casi todas. Que era algo normal y que en el fondo todas somos un poco bi pero que no pasa nada y que no quiere decir nada, que todo es perfectamente normal y que no se agobiara, que ya se le pasaría. Me miró y me dijo: “Es que ahora, cuando ando por la calle, ya no miro solamente a los tipos, sino también a las minas…!”.

Mario apareció de pronto recién despierto de su siesta diciendo que nos fuéramos al pueblo en bici como habíamos quedado. Fue como la campana que nos salvó de un momento un poco tenso. Aunque más tenso se volvió cuando al levantarnos me di cuenta de que Silvia también se había mojado al contarme sus aventuras en solitario. Decidí no darle más importancia ya que al fin y al cabo era normal al contar con tanto detalle algo tan caliente. Por segunda vez en el día. Estaba realmente muy perturbada.

Nos cambiamos de ropa para quitarnos las mallas mojadas, yo me puse una camisa y Sil unos piratones con un blusón blanco. Agarramos las bicis y nos fuimos al pueblo que está a unos kilómetros de casa. Los tres íbamos hablando animosamente y riéndonos de tonterías. Mi amiga en ocasiones me lanzaba sonrisas de complicidad en las que, además, yo adivinaba el apuro que le daba ahora pensar en todo lo que me había contado. Las dos estábamos de acuerdo sin decirlo. Tema terminado. Se ha desahogado, yo la he comprendido y le he asegurado que es normal. Se ha tranquilizado. Fin de la historia. A otra cosa mariposa.

Pero claro que la cosa no acabó aquí. De repente descubrí a Silvia mirándole el culo a Mario que iba delante con la bici. Me miró y con un gesto mordiéndose el labio de abajo me hizo saber lo que le parecía… mmmh delicioso. Yo simplemente me encogí de hombros, le guiñe un ojo y le sonreí. En ese instante me asaltaron unos celos terribles. Otra chica le estaba mirando el culo a mi marido y sabia que se ponía caliente haciéndolo. Estaba furiosa y me la imaginé haciéndoselo ella sola mientras pensaba en mi marido el grandote tímido. Supongo que ese pensamiento me asaltó con la intención de encender aun más mi enojo, pero para mi sorpresa no fue así. Me sorprendí mirando a mi amiga desde atrás e imaginando que se lo hacía a si misma pensado en Mario, en nosotros. Me vino a la cabeza que ella estaba excitada pensando en mi maridito y yo disfrutando de lo lindo. Que seguro que la muy viciosa se la haría pensando en nosotros… y eso, lejos de darme más celos o enojarme, me excitó todavía más.

No lograba entenderme a mi misma pero mi deseo iba en aumento. De repente fui consciente del asiento de la bici bajo mi cosita ya bastante húmeda. Me incliné hacia delante hasta hacer que mi peso presionase en el sitio justo contra el asiento y a cada pedalada una ola de placer me invadía, poco a poco fue creciendo el gustito en silencio, como una bebida que te embriaga poco a poco, despacio, pero constantemente. Yo apretaba mis piernas contra el asiento y me inclinaba más para que mi propio peso intensificase las sensaciones. El hecho de estar en público y plena luz del día me excitaba más todavía.

Yo iba pensando en estas cosas, apretando lo más fuerte que podía contra el asiento, sin dejar de mirar ahora el culo de Silvia y el de mi marido que iban delante hablando y riéndose.

Cuando llegamos al pueblo todo fue de lo más normal. Bromas, conversaciones agradables sobre temas intrascendentes como el hoyo 7 del campo de golf al lado de casa que tiene un truco.

No entendía lo que me pasaba, pero ese día la libido se me había despertado con fuerzas. Esperaba que después del paseo en bici me cansara y me fuera a dormir y me dejara en paz de una buena vez.

Pero esta vez fue Mario el que pareció que iba a abrir la caja de Pandora al preguntarle en tono de broma por su vida sentimental, ella respondió que estaba muy sola, que estaba más tranquila tras el divorcio, y muy a gusto. Cuando dijo a gusto me miró y me sonrió con complicidad. Menos mal que todo se quedó en eso.

Mario nos invitó a cenar en un restaurante junto al rio. La cena fue entretenida contando nosotras nuestras travesuras de niñas y Mario algunas boludeces de varones. En los postres, como no teníamos que conducir, mi marido pidió unos limonchelos que estaban buenísimos y eso casi se transformó en un concurso de chupitos. Tuve que pararlo o no llegaríamos a casa enteros. Un porrazo borracha con la bici en mitad de la noche no era lo que más me entusiasmaba.

El camino a casa fue de lo más divertido, cantando a todo pulmón en mitad del monte y despertando a todos los vecinos a nuestro paso, que con el calor dormían con las ventanas abiertas. Cuando llegamos a casa estábamos realmente eufóricos y con el control algo perdido. Nos fuimos al living, con las puertas ventanas abiertas a cantarle a la luna (a todas las borrachas nos da por lo mismo) y Mario apareció con dos botellas de Champan y una cubetera de hielo. Las dos le suplicamos que champán caliente no por favor. Pero él metió hielos en las copas y nos sirvió el Champan. Era realmente una porquería, pero supongo que daba igual.

Empezaron los brindis. Brindamos por nosotros tres. Nosotros dos brindamos por ella. Ella brindo por nosotros dos y abrimos la segunda botella. ¡Por el futuro! ¡Por la paz en el mundo! ¡Brindamos por los brindis! (la cosa era gritar, reírnos y beber) ¡Por nuestros deseos! Y Mario se fue tambaleante a por otras dos botellas.

Estábamos realmente tocados los tres. Entonces, tras brindar por nuestros sueños, Mario, con una cogorza enorme, propuso brindar por nuestros deseos más íntimos. A Silvia y a mí se nos paso casi toda la borrachera de golpe, nos miramos algo cortadas e, inevitablemente, rompimos en una explosión de carcajadas que mi marido también secundó aunque no sabía de qué iba la historia. Tenía tal tabla que creí que le daba igual.

Empezó Mario. Se levanto (o algo parecido) y con voz lo más solemne que pudo gritó “Por que se cumpla mi deseo más intimo…” (Silvia y yo nos miramos con cara de borrachuzas y nos reímos, Mario siguió)…” a mí me gustaría antes de morirme…” La tensión, aunque riéndonos, se podía cortar “…ser arquero!” y se derrumbó sobre el sofá. Silvia y yo no podíamos para de reírnos mientras Mario con cara de digno nos juraba que era verdad, que quería eso desde niño. Nos cagamos de risa en otra explosión contagiosa. “ahora me toca a mí” dije yo rellenado las copas de champan con hielo. Pero cuando ya estaba preparada, Silvia se levanto de repente y grito “… ¡yo lo que quiero hacer antes de morirme es probarlo con otra mina!…” “¡y yo también!…” le contesté de apuro sin pensarlo. De repente el silencio se adueñó de la reunión. Nadie sabía cómo seguir ni qué decir. Yo miraba a Silvia y ella me miraba a mí. Mario parecía no enterase de nada desparramado en el sofá con una curda importante. La tensión podía cortarse con un cuchillo pero a la vez un escalofrió me recorrió la espalda. Como una excitación contenida. Todos seguíamos callados. Entonces mi marido, como recién despertado me miró, miró a mi amiga y me volvió a mirar y dijo “…que bonito! Eh?…”. El silencio fue entonces más profundo aun. Estábamos en el jardín y una noche estrellada de verano se adornaba con una suave brisa del Paraná. Olía a flores y tierra mojada. Pero el silencio, como un gran techo de nubes sobrevolaba sobre vosotros. “…¿Por qué no prueban entre ustedes a ver si les gusta?…” dijo Mario con una medio lengua de borracho.

Yo miraba fijamente a Silvia cuya preciosa silueta se recortada contra el horizonte y ella no podía apartar sus ojos de mi. Entonces mi marido, con una suavidad y delicadeza impropia de un hombre que había bebido tanto, me tomó suavemente de la mano y con una sutil presión, como una invitación me llevó delante de Silvia, que de pié nos miraba fijamente. Mario se puso detrás y a mí me colocó enfrente de mi amiga. Estaba cortada pero tenía más curiosidad que otra cosa y supongo que las copas de más hicieron el resto. La miraba fijamente a los ojos pero ella miraba todo mi cuerpo. En ese momento me sentí realmente deseada. Mario, detrás de mí, me dio un apasionado y suave beso en la nuca y como una ligera brisa me empujó hasta estar pegada a mi amiga. Inmediatamente sentí sus pechos rozando los míos y como sus manos se posaban en mi cintura. Entonces noté como sus labios en mi cuello. Un escalofrío me recorro toda la espalda. ¡Me estaba besando otra chica! ¡y me estaba gustando bastante! Estaba realmente excitada y a la vez súper-cortada. Suavemente empezó por dar pequeños pellizquitos con sus labios y cuando abrió la boca y me rozó cuidadosamente con la puntita de su lengua no pude resistirme más y me lancé a probarla. Era una piel distinta, mucho más suave, casi más fresca. Notaba como se estremecía de placer bajo mis labios y se le erizaba la piel. Entonces me abrazó la espalda acariciándola con pasión y beso mi cuello y mi nuca con tal deleite que no me quedó más que hacer lo mismo. Me excitaba cada vez más al pensar que la piel que estaba rozando con mi lengua era de otra chica y entonces fue cuando me abandoné al deseo.

Silvia recorrió sus manos por encima de mi ropa hasta mis caderas y con un suave giro, las llevo hasta mi culo donde apretó con fuerza haciéndome morderle el cuello por la excitación que me provocó. Yo no pude resistirme y mis manos empezaron a explorar su cuerpo debajo de su ropa y puse mis manos sobre sus pechos. Noté los pezones erizados bajo la tela y no frené la tentación de meter suave y lentamente una mano para acariciarlos. Entonces ella, sin dejar de besarme el cuello, empezó a desabrocharme los botones de mi camisa. Yo, que ya estaba realmente cachonda, sentía las palpitaciones calientes en mi húmeda cosita, abajo. Ella terminó de desabrocharme los botones y me pasaba suavemente las manos y los labios por encima del soutien, sobre mis pezones ya al colapso de la excitación, entonces con un movimiento rápido pero delicado me bajó los breteles dejando mis pechos al aire y presionados por abajo por la prenda. Ella se acerco lentamente a mi pezón derecho. Pasó delicadamente su lengua sobre él para seguir haciendo círculos alrededor. Yo estaba casi al borde el orgasmo solo con eso y entonces me lo apretó firmemente con la mano mientras ya lo lamia con pasión y casi lo metía entero en su boca.




Otra mina me estaba chupando las tetas y el deseo lo sentí como no lo había sentido hasta ese momento. Entonces yo quise probarlo. Le levanté la camisa y con un gesto más bien brusco le bajé el soutien hasta la cintura. Tomándome la cabeza por la nuca y acariciándome el pelo invitándome a hacerlo, suspiró un “si” lleno de deseo. Pasé mi lengua directamente por uno de sus pezones duros, sentí como se estremecía y entonces, acariciándolas con las dos manos por abajo se las bese, se las lamí, las saboree, las metí casi enteras en mi boca. Me gustaba, me excitaba mucho. En ese momento noté como su delicada mano entraba por encima de mi bombacha y empezaba a acariciar mis pelitos del monte de Venus. Ella con firmeza metió sus dedos entre mis húmedos labios buscando, jugando, explorando y acariciándolo todo. No era como siempre, estaba claro que sabía lo que hacía.

Ella sentía lo mismo que cuando se lo hacía a sí misma, pero a la vez era algo distinto. Me lo hacía a mí. Yo sentía como debe sentir ella: frotándose rápidamente hacia arriba y hacia abajo y metiendo los dedos un poco en cada envite. Eso es lo que siente ella cuando se lo hace. Entonces, al pensar en eso, me fui en un orgasmo profundo e intenso.
Pero no quería parar. Quería más. Más. Mucho más. Y sin pensármelo le bajé su pantalón y su bikini. Estaba completamente depilada y era muy suave y sensual. Estaba realmente empapada. Busque su clítoris y empecé a dar vueltas alrededor como yo me lo hago a mí misma, bajando a veces a tomar más humedad e introducir un poco algún dedo. Ella se puso como loca, como me pongo yo cuando me hago eso. ¿Se entiende?

Entonces se acercó a mi oído y me lanzó otro disparador más: “¿Nunca soñaste con poder chupártela vos misma?…”. Solamente esa pregunta hizo que me pusiera tan caliente que estuve a punto de acabar otra vez.

Allí sentí como Mario me abrazó por detrás y noté su pija dura hacerse un hueco entre mis cachas mientras me besaba apasionadamente el cuello y deslizaba sus manotas sobre mis pechos. Yo estaba al borde del colapso de placer. Le agarré el durísimo pene de mi marido con una mano y empecé a frotarlo en mi culo, mientras sentía como una muy habilidosa lengua me hacia la mejor mamada de mi vida mientras me metía ya casi cuatro dedos. No había un centímetro de mi piel que no fuera acariciado, besado o lamido. Los orgasmos se repitieron como el final de un gran concierto.

Ahora era yo la quería chupar y lamer. Había fantaseado tantas veces con eso, que ahora quería probar. Levante a Silvia y sin dejar de besarla ni acariciarla la tumbé en el sofá. Me incliné suavemente sobre ella. Me estaba por montar en un sesenta y nueve con otra mina. Debía ser como chupármelo a mí misma, pero mejor. Delante de mí veía su rajita depilada que me pareció deliciosa. Entonces noté como ella volvía a las andadas. Su lengua se paseaba por mis labios y mi clítoris como loca. Empecé a pasear mi lengua por los alrededores. Fue cuando probé su sabor. No me lo esperaba. Era bastante parecido al mío, con lo que me excité aun más y empecé a hacérselo como siempre me imaginé que me lo haría a mí misma si pudiera.

Mario se había acercado por atrás mío y empezaba a chuparme la concha a la vez que ella. Los dos me estaban haciendo una mamada al mismo tiempo. No pude evitar venirme brutalmente mientras la lamia y chupaba a mi amiga. No sabía dónde estaba arriba ni abajo y veía estrellitas. No sé cuantas veces llegué a irme pero fueron varias. Es lo más intenso que haya vivido hasta el momento. Entonces quise que se cogieran ellos. Los estaba chupando a los dos mientras cogían y mientras a mí me hacían una fantástica paja lamiéndome el clítoris y metiéndome los dedos a la vez en mi culo y mi concha.

Mario la sacó para acabar sobre mis pechos dejándolos completamente bañados en semen. La última de esa noche fue, que yo ya desparramada en el sofá, recibí otra fabulosa mamada de Silvia mientras me lamía los pechos bañados con el semen de mi marido, que ya reventado dormitaba a nuestro lado. Después nos quedamos todos dormidos mezclados unos con otros en un extenuado amasijo de cuerpos hasta la mañana siguiente.
El despertar mereció un nuevo capítulo aparte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario