viernes, 20 de agosto de 2010

Un muy mal cuidador

Soy médico, cirujano plástico. Tengo 44 años y vivo en Zona Norte del GBA. Mi mujer también es dermatóloga. Como no pudimos tener hijos llevamos una vida muy sana y ordenada, mientras esperamos las eternas y tardías adopciones.

Hace unos meses se hizo un congreso de dermatología muy importante en Bordeaux en Francia. Mi mujer y otras cuatro colegas consiguieron, gracias a la crisis europea, un importante paquete de descuentos. Ceo que el congreso era el pretexto para ir a reventar la tarjeta y algo más a París.

Un detalle importante en esta historia, es que las tres colegas de mi esposa son divorciadas, como suele ocurrir en todas las mujeres que superan los 39. Las tres tienen hijos y los padres de los críos, en ningún caso se querían hacer cargo de los plomos en pleno mes de enero. Uno finalmente aflojó y se hizo cargo de sus tres varones y la nena mayor. Pero las otras dos con un varón cada una, estaban a las puteadas.

Vinieron a casa un sábado y me la vi venir. Mi mujer me entregó como Judas.

− Joaquín no sale de vacaciones todavía. Va a trabaja todo enero, mientras yo me voy, así nos vamos a Río para carnavales.

Nuestra casa es demasiado grande y tiene una pileta respetable. Las amigas de mi mujer, con toda la turrada de la que son capaces las minas, me hicieron el trabajito de seducción para que aceptara hospedar a sendos boludos de 16 y 18 años. Ambos son amigos entre sí, y parecen cortados por la misma tijera: conchetitos malcriados de San Isidro, uno más insoportable que el otro. Pelo largo aclarado a palos y una histeria más digna de nenas que de nenes.

En definitiva, como la señora que trabaja en casa se quedaba en enero para “pasar un mes de sol y pileta”, acepté. Esta señora en cuestión es correntina, brava como un sargento de infantería y es idéntica a la Hiena Barrios con pollera.

La primera semana la pasamos sin mayores problemas, excepto que los dos mocosos eran unos comedores compulsivos de comida chatarra. Allá ellos. Hizo calor y la señora los despertaba a las 8 de la mañana y los mantenía en el parque y la pileta hasta el mediodía. Luego tele o pelis y de nuevo afuera.

Un sábado amaneció lluvioso. La señora se había tomado sus francos y me llamaron de una clínica por una emergencia de quemaduras de sol. Volví a casa y deje el auto afuera para decirle a los borregos de ir a comer a alguna Mac Chatarra. Entro a casa y había un extraño silencio. Subo a mi cuarto y me lo encuentro al de 18 maquillándose con una Puppa de mi mujer. Me impresionó mucho porque es de ojos celestes, chiquito, pelilargo, lampiño, con melena aclarada o con claritos, o algo así. Maquillado parecía una minita, pero una minita muy linda. Casi lo emboco, pero no siendo el padre, lo único que hice fue hablar y preguntarle. El dijo que era mera curiosidad y nada más. Yo lo advertí que no le admitía nada más de esas cosas.

El fin de semana pasó tranquilo, los tres con cara de culo y en silencio. Yo contaba los días como los presos para sacarme a los dos zánganos de encima.

Al martes siguiente, llegué temprano desesperado de calor. Me cambié para ir a la pileta y cuando paso por el quincho veo que el de 16 se lo estaba culeando al de 18. Lo insólito es que al de 16 lo daba por un nerd, y allí estaba empomándose al amigo. No supe que hacer. Volví a entrar a casa, puse música alta y volví a salir llamándolos. Les di tiempo para que se recompusieran.

Martes al sábado siguiente, yo con cara de ojete y ellos como sabiendo que los había pescado.

El sábado, de nuevo lluvioso. ¡Condena bíblica! Voy al supermercado y volví con dos boludeces porque era un mundo de gente que iba a pasear por allí por el aire acondicionado. Llegué y de nuevo el peligroso silencio. Esta vez el de 18 se había maquillado y vestido con ropa de mi mujer y lo estaba maquillando al de 16. Esta vez sí entré a los gritos y con amenazas de carnearlos y asarlos a la parrilla. Les dije que iba a hablar con las madres de ambos para que volvieran antes, o mejor con los padres que tan bien se habían lavado las manos. Ambos desaparecieron en el quincho toda la tarde.

A la noche el de 16 se fue a dormir y el otro me pidió hablar conmigo. Todavía estaba con el maquillaje y la ropa. Me explicó que no lo podía evitar, que era más fuerte que él. Que le gustaban las chicas, pero que quería experimentar cómo era ser como una chica. Lo más impactante era que la mamá lo ayudaba habitualmente a maquillarse y de allí su maestría y le aclaraba el pelo.

Le pregunté si salía con chicas y me dijo que sí y que la novia era quien lo proveía de ropa habitualmente y que cogían con él vestido de minita. A mi me agarró como una especie de vahído. El pendejo se me tira en el hombro y se pone a llorar. Como un boludo le pasé el brazo derecho por los hombros. El me abrazó y me apoyó la cabeza en el pecho. Debemos haber estado como un minuto en esa posición, hasta que sentí su mano en mi bulto. Me quedé paralizado.

− ¿Qué vas a hacer? − le pregunte.
− Dejame a mí − contestó.

Me desprendio el pantalón, me lo sacó al igual que el calzoncillo. Para esto, y mi sorpresa, yo ya la tenía agarrotada. Me dio la chupada de mi vida. Le acabé como un bombero en la boca y la cara. Me lamió y sin más me pidió que me lo cogiera. Se trajo un profiláctico. Me lo puso con la boca como hacen las putas. Se sentó arriba de mis piernas y s enhebró con una habilidad increíble. Sentí el anillo del culo. Esa sensación tan especial que mi mujer me negaba. Hacía infinitos años que no hacía un culo. Este se movía maravillosamente. Yo le agarré la pijita que ya estaba crecida y lo masturbé. Para colmo acabamos los dos juntos. Yo por segunda vez: me parecía un milagro.




Terminamos los dos en la cama. El me la chupó de nuevo y estuve a punto de un tercero. Estaba tan caliente que me animé a chupársela a él. No era para nada grande. No lo hice con maestría, pero el acabó otra vez y tuvo la delicadeza de avisarme. Tanto como tragármela no me animé.

Durante una semana y hasta que volvieron las brujas recibí los mejores petes de mi vida e hice un culito apretado que me vuelve loco. El intentó “desvirgarme”, pero me dolió mucho, así que no.
Cuando volvieron, le dije a las madres que tenían dos hijos increíbles y que la habíamos pasado de maravillas.

Cuando está solo, me llama al celu, se viste de mina, se pone anteojos negros enormes y nos vamos a un telo. Sé que los vecinos suponen que salgo con la amiga de mi mujer. Por su parte la madre y mi mujer, están chochas porque dice que, ya que no tengo hijos, que con este soy como el padre.

Cuando la noviecita cumplió los 18, con el pretexto de festejárselo saliendo a cenar (un jueves que mi mujer sale con sus amigas), nos juntamos los tres. Se los cuento en otra para que no se haga tan larga.  Además espero poder incluirla a mi mujer en esta experiencia, pero no es nada fácil.

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