viernes, 27 de agosto de 2010

El sexo de las Barbies

Me llamo Patricia, tengo 32 y voy a relatar algo que ocurrió hace muchísimos años, en Paraná, cuando yo tenía 14. A mis viejos y a mis tíos les gustaba mucho salir y tenían muchos amigos. El problema éramos mi prima Lía, de mi misma edad, y yo que nos portábamos como la reverendísima mierda y mi abuela se negaba rotundamente a cuidarnos. Graciela la hermana mayor de Lía tampoco quería saber nada, por lo que mis viejos optaron por buscar una niñera de carácter. No se les ocurrió mejor idea que ir a un colegio de monjas que quedaba a una cuadra de casa para ver si había alguna pupila o novicia que nos cuidara (solían cuidar ancianos, según me enteré de grande). La primera vez vino una novicia anteojuda y llena de granos a la que tardamos exactamente 20 minutos en hacerla llorar. La terminamos atando. Cuando llegaron mis viejos y mis tíos se armó una trifulca importante. Ambas castigadas y la pobre novicia no que quería cobrar su salario.
Un mes después volvieron a intentarlo con una profe de educación física.
A nosotras la hormonas nos empezaban a hacer globitos y aprovechamos a aquella chica para preguntarle todo lo que nuestros viejos, tan estúpidamente no nos decían.
La mina tenía una cancha bárbara para desafiarnos, que nos engancháramos y ganarnos siempre. Fue la líder que necesitábamos. La adorábamos a la Srta. Julia. Mis viejos y los tíos la adoraban más que nosotros.
Un viernes a la noche estábamos con Lía esperando la llegada de Julia. Teníamos entre las dos seis Barbies y cuatro Kens, lo que demuestra que éramos pelotudas crecidas. Se nos había ocurrido jugar a que las Barbies tenían hijitos, entonces las poníamos desnudas boca arriba y a Ken sobre ella boca abajo. No me pregunten de dónde lo sacamos porque no recuerdo ni que mi vieja me dijera algo parecido.
Julia llegó y nos preguntó a qué estábamos jugando y nosotras muertas de vergüenza se lo contamos. Dijo “Miren que interesante! Y cómo es?” Y le mostramos. Me acuerdo que se reía a las carcajadas. Nos preguntó si alguien nos había enseñado algo. Las dos confesamos que era todo de oídas de las chicas de la escuela. Julia nos explicó que a la Barbie le faltaba el agujero de la vagina y a Ken el pitulín para meterle adentro. Nos lo dijo con tanta naturalidad que nos quedamos absortas como si fuera una clase de biología.
La puso a la Barbie acostada boca arriba y Ken sobre ella y nos dijo que eso era lo más común y pasado de moda. Entonces lo puso a Ken boca arriba y a Barbie a caballo y nos dijo que eso era mucho mejor. ¡Grabado a fuego!
Nos explicó que como Barbie y Ken eran juguetes no necesitaban profilácticos (no dijo forros) y que se los tenía que poner el hombre, pero que era también responsabilidad de la mujer. Nos explicó que se evitaba tener hijos antes de tiempo, enfermedades y todo eso. Nosotras la mirábamos deleitadas. Por fin alguien que hablaba claro.
Lía tomó a la Barbie la puso boca abajo y a Ken arriba. Julia sorprendida le preguntó de dónde había sacado eso y Lía le contestó que esa era la forma en que se ponía su hermana con su novio para no tener hijitos… Lía se volvió a reír y le preguntó de dónde había sacado eso. Lía muy campante le dijo que ella los espiaba y que también hacían esto: tomó a la Barbie la puso boca arriba y a Ken boca abajo con su cabeza en la entrepierna. Lía terminó preguntando si así podía quedar embarazada y si hacer eso no era una asquerosidad. Julia lloraba de la risa y nos dijo que cuando nos enamorábamos de alguien, ciertas cosas que parecían muy chanchas eran muy divertidas.
Nos hizo un verdadero Kamasutra con las Barbies y los Kens, sin olvidarse poner a dos Barbies haciendo tijerita y 69. Nos mostró también las proezas que podían hacer los Kens entre ellos e inclusive lo que podía hacer una Barbie con dos, tres cuatro o más Kens. Fue maravillosa. Nos eneseñó casi todo de sexo con las muñecas. La información fue tan abundante que éramos las sabihondas del cole y consulta obligada de los demás.
En el verano mis viejos y mis tíos alquilaron un tremendo chalet en Playa Grande en mar del Plata y allá fuimos las dos familias y mis abuelos. Ibamos a la playa, pero al mediodía volvíamos a comer a casa. Mis abuelos se quedaban a dormir una siesta y a veces nosotras nos poníamos a ver tele que era aburridísima con un solo canal. Lia me dijo que fuéramos a nuestro cuarto arriba y prendimos la radio para escuchar música. No era mucho mejor. Como suele ocurrir en Mar del Plata, el tiempo cambió en un rato y comenzó a llover. Lía dijo que tenía frío y se paso a mi cama. Las dos estábamos con nuestra mallitas dos piezas.
Cuando Lía se metió en mi cama, el roce de su piel contra la mía me produjo un escalofrío. Ella se acercó y creo que fue el primer llamado de las hormonas. Nos acariciábamos mutuamente y nos preguntamos casi al unísono si podríamos hacer lo mismo que Julia nos había enseñado con las Barbies. Nos sacamos las mallas y nos quedamos piel a piel. Lía me abrazó y yo sentí un terremoto dentro mío. Fue tan inmensamente placentero que me asusté. Lía se asustó más que yo. Así tuve mi primer orgasmo.
Pasó bastante tiempo hasta que me animara a tener mi primera relación con un chico. Yo tenía 17 y el 16. Me acordé del profiláctico de Julia y se lo hice poner. ¡Menos mal! Porque antes de penetrarme ya había acabado. Pasó otro año más y cuando tenía 18 me acosté en serio con el primer hombre de verdad. Para ese entonces me masturbaba con lo que tenía a mano, no menos de una vez por día. Aquella primera experiencia fue casi tan mala como la anterior. Con cada chico que salía y lo intentaba las cosas iban mejorando, hasta que, sin ser la reina del cogedero, me volteaba un par de varoncitos distintos cada semana. Tenía perfil muy bajo y no loqueaba así que hasta tenía fama de seria.
Luego traté de acordarme de las muchísimas combinaciones que nos había dicho Julia que se podían hacer, pero mi límite llego nada más que a estar con dos varones al mismo tiempo.
Me vine a estudiar a Buenos Aires y allí experimenté el sexo anal y hasta la doble penetración. Lo conocí al que hoy es mi marido y nunca se asustó de mis locuras y mis ganas de experimentar. Mi prima Lía fue más arriesgada e hizo en Córdoba todas las pruebas y combinaciones posibles. En secreto nos hemos prometido que vamos a tratar de repetir lo de aquella siesta con lluvia en Playa Grande. Todavía lo recuerdo y me da cosquillitas de gozo, porque no recuerdo que se repitiera un orgasmo como aquel. Mi marido me anima y sé que algún día lo voy a volver a hacer porque los ratones me funcionan a 220.

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