viernes, 13 de agosto de 2010

El sex shop rosa.

No se maten tratando de deducir quién soy y de quiénes hablo, porque he cambiado los nombres. Los que han estado cerca de los acontecimientos, se van a reconocer.
Me recibí en la UADE y me presenté de puro caradura en una gran agencia de publicidad multinacional. Me atendió uno de los directores que me dio pelota por mi aspecto. Le pregunté si podía dejar mi CV, me atendió personalmente en la Agencia, y a la noche cuando me invitó a cenar. Un mes y medio después estaba trabajando en esa agencia. Estaba a cargo de la línea capilar de una de las grandes multis. Específicamente de las cremas enjuague para cabello femenino.
Llegó el momento en que tenían que hacer una presentación y había que sacar fotos a unas modelos. Eramos como 30 personas que nos dimos cita en un estudio de San Telmo. Allí me presentaron a la responsable de la línea de producto. Era una pendeja recién recibida, como yo. Ninguna de las dos teníamos mucha idea de lo que debíamos hacer así que nos pasamos todo el día intercambiando información e instrucciones.
De los 30 que hubo al principio, a las 6 de la tarde quedaban las modelos, las maquilladoras, el iluminador, la fotógrafa, mi colega y yo. Todos los demás se las tomaron. Encima ahora venía una escena en una supuesta ducha. Cuando le doy el producto a una de las modelos y lo probó, me dijo “Yo no me pongo esto ni loca… ¡Es un asco!” Me eché un poco de la crema enjuague en la mano y era viscosa y tremendamente lubricante. Me la puse entre el índice y el pulgar y la llamé a Mariela, la encargada del producto.

-¿Vos creés que alguien va usar esto?- le pregunte mientras la gota de la crema enjuague se estiraba como chicle entre mis dedos.
-¡Es un asco!- se sinceró Mariela -¿Pero qué querés que haga? ¡Es lo que hay!
-La modelo no se la quiere poner…-le expliqué yo.
-Si la modelo no se la pone, se la voy a untar en el culo y le voy a meter el frasco… -reaccionó Mariela.

Francamente la respuesta me pareció divertidísima y se la repetí textualmente a la modelito en ascenso que se creía la Coca Sarli porque mostraba la espalda desnuda.

-¿Si? –Reaccionó- Para lo único que puede servir esa crema enjuague es de lubricante para llenarse el orto con una berenjena.

Le conté la respuesta a Mariela, que ni lerda ni perezosa puso una crema enjuague tradicional en el envase del nuevo producto. El corto se filmo, pero terminamos saliendo como a las tres de la mañana y muertas de hambre. Fuimos al Mc Donalds de Corrientes y Cerrito. Cuando terminamos de comer, Mariela sacó el frasco del bolso, se puso una gotita de la extraña crema enjuague entre los dedos y la froto.

-¡Es realmente como grasa de tractor!
-me gusta más el otro uso que le propusiste a la modelo.

Mariela se miró los dedos y ambas nos miramos.

-¿Servirá? –le pregunté yo.
-Y… ¿Por qué no?
-Digo… como lubricante anal… -agregué.
-Sí. En eso pensaba –terminó Mariela mientras miraba en derredor – Con la cantidad de trolos que hay en Buenos Aires, esto tendría que ser una mina de oro.
-¿Tenés alguno al que le demos a probar? –pregunté yo.
-¡Boluda! –Me contestó Mariela- ¿Qué diferencia hay entre el culo de un puto y el tuyo?
-¡Que el mío todavía está sano! –respondí.
-¡Precisamente! ¡Perfecto para probar! –me dijo Mariela con los ojos bien abiertos.
-¿Y en el tuyo?
-También, pero no tengo novio.
-Yo tampoco.
-¡Cagamos! –dijo Mariela.
-¡No boluda! –solucioné yo- Mañana compro unos juguetes en el sex shop y probamos.
-Bueno… no sé… –dudó Mariela- Tiramos la moneda a ver quién da y quién recibe.

La miré con cara de asombro y de “te-voy-a-romper-la-trompa-a-patadas-si-seguís-diciendo-boludeces” y la corté con un:

-¡Estás loca vos! ¡Yo no soy torta! Cada una lo prueba a solas.
-No es como se hace el test de un producto –terminó Mariela.

Cuando volvía a casa en un taxi pensaba en Mariela. La acababa de conocer personalmente. De mi misma edad, preciosa, parecía piola… ¿Pero cómo se podía descolgar con algo así?

A la mañana siguiente, antes de ir para la Agencia, fui a un sex shop de la Avenida Cabildo y compre seis consoladores anales de distintas formas. Estaba por pagar, cuando me tenté y compré un arnés con una poronga de gel larga y finita. “Una nunca sabe” pensé.

Llegué a la oficina, me fui al cuarto de la fotocopiadora, metí tres de las porongas de goma en una caja, la cerré la precinté y se la di al cadete para que se la llevara urgente a Mariela a la Empresa y que le pidiera un frasco de muestra de la crema enjuague.

Después de comer me encontré con la botellita de la crema enjuague sobre el escritorio con una nota que decía: “Que la disfrutes. Mañana intercambiamos información sobre los resultados”.

Cuando volví a casa tuve la enorme alegría de saber que mi hermana menor y mis dos hermanos se habían ido al cine y a cenar. Mis viejos, después de cenar se desmayan en la cama, así que cuando los veteranos se fueron a dormir me encerré en el baño, debajo de la ducha. Lubriqué los cosos de goma con la crema enjuague y lo intenté con muchísimo cuidado.
No hubo forma de que me entrara un milímetro de ninguno de los tres. Mi culo virgo parecía el de una muñeca. Entonces pensé en qué hubiera pasado si Mariela ganaba y me ensartaba como un chorizo en la Costanera… Me dije que a lo mejor me vendría bien, porque desde que me había peleado con mi último novio estaba de castidad forzada. Allí fue cuando “plop!”, milagro, el culo se relajo y el más finito entró un poquito, otro poquito y hasta el final… Era rarísimo. Me dieron ganas de cagar y al mismo tiempo era bueno. Salí del agua. Me senté empapada en el inodoro y nada. Volví a la ducha me lo metí todo de un empujón como si fuese lo más natural del mundo. Entraba y salía como nada. Probé los otros dos y me quedé pensando en si no tendría que probar con el arnés, aunque sea para recordar los viejos tiempos. Mientras pensaba en eso, me daba con uno que tenía como bolitas. Me lo metía y me lo sacaba y ¡Faaaaaaah! Acabé. Sí. Acabé pensando en que la recién conocida Mariela me daba por el culo. Lo único que me faltaba era estar volviéndome torta por no tener un macho a mano. Me fui a dormir temblando de gusto. Me preguntaba si Mariela sería Torta.

A la mañana siguiente la llamé y le pregunté cómo le había ido a ella con “el producto”.

-¡Fabuloso! ¡Es más lubricante que la vaselina! Yo creo que tendría que andar. ¿Y a vos?
-¡Barbaro! –le contesté- al principio costó, pero después como si fuera desde siempre.
-Yo me ratoneé un poco para relajarme antes –me dijo Mariela.
Me quedé muda. No sabía cómo seguir.

-¿Entonces esto como sigue? –le pregunté.
-Yo hablo con la gente de producción y trato de ver qué tiene y por qué es así de viscosa y lubricante. Ahora la tendría que probar un tipo…
-¿No tengo para mí y querés que busque justo un puto?
-O que no sea puto… ¡Mucho mejor!

La morocha esta me desconcertaba, pero decidí esperar y dejarla ir. A la semana teníamos un tarro de plástico de 25 litros de crema enjuague en el departamento de ella. Una caja con frasquitos de acrílico y una etiquetas autoadhesivas bien gay.

Todo muy lindo, pero la pregunta fue “a quién se los vendemos”.

-¡A los gays boluda!-le dije yo a Mariela.
-¡Bárbaro! Tus amigos gays… ¿Cuántos compran? –me contestó ella.
-Yo no tengo amigos gays.
-Yo tampoco.

El sábado siguiente estábamos yendo con los frasquitos a los sex shop de Belgrano y de Palermo. ¡Cuántos problemas! ¡Hijos de un tren expreso lleno de putas! Que yo no atiendo gays, que dejame en consignación, que el perfume, que parece champú, ¿estás segura que anda? Y boludeces así.

Me calenté y el viernes salí a alquilar una oficinita para venderlo por Mercado Libre o cosas por el estilo. Conseguí un departamento viejo cerca de Tribunales muy barato. Yo lo alquilaba y Mariela me salió de garante. Una amiga mía que estaba sin laburo atendía el teléfono y vendía. Para ese entonces yo salía con el director de la agencia (el que me contrató) y Mariela con el socio de la fotógrafa que es un guacho hermoso.

Liquidamos los 25 litros en menos de una semana. La complicación era explicar para qué mierda queríamos 100 litros de crema enjuague, pero el mercado nos dio una mano. Era semejante porquería que la sacaron de la venta y compramos 10.000 envases de devolución por veinte mil pesos. La oficina se convirtió en depósito y fraccionadora. El sábado atendíamos hasta las nueve de la noche y le dábamos comisión al encargado del edificio.

Había quedado yo sola y cayó una especie de adonis increíble. Cuando abrió la boca la cagó de medio a medio. Era una marica con todas las plumas de gallina en su lugar.

-Oimeeee… ¿Tienen servicio de depilación? –me preguntó.
-No… vendemos lubricante anal nada más… -le contesté.
-¡Me mueeeero! –exageró él –empiezo a trabajar en tres horas en un show y tengo unos pelos que parezco una mona. ¿No sabés dónde hay un gabinete de depilación abierto a esta hora?
-En Belgrano hay uno en…
-Noooooo, nena, uno por acá, por la zona. Lo necesito urgeeeenteeeee…

Yo tenía una cera de abejas para depilar sin abrir en la cartera y acabábamos de comprar un microondas.

-¿Te animás a que te lo haga yo acá?-le pregunté.
-Me salvás la vida. Te traigo todas las chicas que quieras. Para que compren y que se depilen. En el centro no hay nada y es por donde andan los turistas.
Si mis viejos hubieran visto a su hija Licenciada en Publicidad, depilando al gay… creo que con lo menos que me tiran es con una silla en la cabeza. Ale (así se hacía llamar) se puso totalmente en bolas y lo tuve que depilar desde el cuello hasta los tobillos. Si… También ahí. Garpó como si lo hubieran depilado en Nueva York y prometió mandar clientela y volver dentro de 15 días.

A los días teníamos a no sé cuántos llamando y pidiendo turnos. La llamé a mi depiladora que andaba a los tumbos y que no tenía problemas en depilar tipos. Se trajo sus menjunjes y nosotras le compramos una camilla y dos biombos. El negocio iba realmente muy bien ya que ambas empezamos a ganar más plata que en nuestros respectivos empleos. Blanqueamos, habilitamos y pusimos las cosas en regla. Mandamos envasar con el producto base de la crema enjuague que era transparente por suerte y todo fue maravilloso.

Un sábado estábamos cerrando cuando el portero nos dice que suben dos tipos. Ya estábamos reventadas de atender gente y todavía quedaban tres en la sala de espera que parecía una peluquería de señoras. Tocan a la puerta. Abro y eran Felipe (mi novio y director de la agencia) y Guido (el chico que le revuelve la polenta a Mariela).

-¡Hola! ¿Podemos pasar? –dice Felipe con una sonrisa.

No sabía dónde meterme. Pedí al cielo que se derrumbara el edificio o que alguien gritara “fuego”.

-S… si… si… pero tienen como una hora y media de espera…

La cara de ambos era cómica. Los hice pasar y sentar entre el trolerío. Corrí para adentro para avisarle a Mariela. Mariela se pegó con una mano en la frente:

-¡Guido buscando puchos me debe haber encontrado las tarjetas en la cartera! Dejalos que estén allí. Ni se te ocurra hacerlos pasar para acá. Van a aprender a hacerse los Sherlock Holmes.

Me fui al escritorito de la recepción y me puse a hacer la liquidación del día. Los dos se cagaban de risa de todo.

Cuando se va la última loca, Blanquita, la depiladora, advertida por Mariela, sale a la sala de espera y dice “El que sigue”. Los dos se rieron y hacían como que se empujaban uno y otro. Entonces yo lo señalé a Felipe con la lapicera y le dije a Blanquita:

-El señor de cardigan rojo va primero.

Blanquita, con cara de sargento, lo hizo pasar. Obviamente Felipe no quería. De pronto Blanquita se paró en medio de la sala y le dijo:

-Mire m’hijito, no sea cagón. ¿Quiere? Yo estoy trabajando y me quiero ir a casa.

Felipe me miró con desesperación. Yo le hice un gesto de afirmación y me encogí de hombros. Terminé con:

-Si no te depilás completamente… Olvidate de que existo.

Una hora después estaban los dos depilados. Yo grabé los gritos que pegaban con el celular. Blanquita cuando terminó con guido se fue haciendo mutis por el foro, guiñándome un ojo. Entonces Mariela y yo nos apersonamos a la sala de depilación. Allí estaban los dos en sendas camillas, cubiertos con una sabanita rosa, en bolas porque blanquita les guardo la ropa bajo llave por instrucciones de Mariela.



-¡A ver! ¿Qué tienen que decir? –grito Mariela golpeando las manos- ¡A ver! ¿Qué nos van a criticar? ¿Nos van a retar por hacer esto? ¿Y si preguntaban no era mucho mejor?

Felipe, siempre súper seguro de sí mismo le contestó:

-No te calientes Negra. Era que nos tenían intrigados.
-…y no lo podíamos creer- interrumpió Guido.
-Yo tampoco puedo creer que sean tan metidos y vengan sin avisar.

Mariela se apareció con dos frasquitos de lubricante y les dijo:

-También vendemos esto y lo vamos a probar con ustedes –dicho esto me miró a mí como buscando aprobación. La verdad, es que me agarró de sorpresa, así que me encogí de hombros y le dije.

-Y bueno… dale… pero hagamos la cambiadita… porque para hacer una cagada, ¡la hagamos completa!

Observé que la sabanita rosa de Guido se convertía en carpita y Felipe miraba con ojos de gula a Mariela.

Nos fuimos los cuatro a un telo de flores que deja entrar grupetes. Je! Lo que los machos no se imaginaban era que Mariela había cargado en el bolso una colección de consoladores y arneses flamantes. Cuando estábamos en bolas los cuatro en dos camas de dos plazas bastante chicuelas, no lo podía creer. La vi a Mariela coger con Felipe y me recalenté. La ligó Guido que tiene un armatoste que mama mía.

Luego hubo un amasijo de los cuatro jodiendo, y la verdad es que sentir tanto a Guido como a Felipe depilados, me hizo algo acá en el cuello, pero muy lindo. Nos rozamos con Mariela y me gustó. Felipe y Guido se rozaron y ninguno se quejó. Aquello venía cargado. Como a los cuarenta minutos de estar, Mariela hace poner a los dos machos boca abajo y se puso un arnés y me dio otro a mí. Los untamos con nuestro famoso producto y empezamos a querer quebrar las defensas. Me felicité por lo de la cambiadita, porque así no habría recriminaciones ni reproches. Guido estaba recaliente y al final cedió y se lo metí como un espadazo. No dijo ni “mu”. Felipe se seguía resistiendo hasta que Mariela le metió los dedos embadurnados en la crema. Se volvió loco y perdió.

Bombear a los tipos no me pareció nada del otro mundo, aunque la sensación de poder era inigualable y Guido reconoció que la pasó bien. Felipe propuso que nos diéramos entre nosotras. Mariela le dijo que OK, pero si Felipe se lo empomaba a Guido primero. La discusión se acaloró. Pero como siempre, ganó Mariela con ese dulce carácter que tiene. Lo gracioso es que Guido no se opuso jamás. Forro nuevo. Le encremamos a morir el culito a Guido, con lo que ya gemía de gusto. Felipe la tiene muy larga y finita como una salchicha. Algo parecido al arnés así que le entró como trompada. Parece que mi chico se calentó porque no debe haber durado ni cinco minutos que acabó. Felipe se quedó ahí. Así que lo agarró a Felipe de los pelos y le hizo chupar el porongón de él. Felipe, para nuestro asombro no tuvo problemas, inclusive le acariciaba los huevos a Guido. Ambas lo acariciamos a Felipe que se puso al palo de nuevo.
En una de esas Guido dijo “Guarda!” y le acabó en la boca Felipe que tosió y escupió como loco.



Luego de lavarnos nos toco a nosotras. Yo con arnés y Mariela iba a hacer de nena. Lo intenté con el arnés, pero como me jodía me lo saqué y le di a mi socia como venía. Todo fue en una espiral creciente. La chupé, hicimos tijerita, le metí cosos en el culo y la concha, ella a mí. Me chupó y todo lo que ustedes saben que hacen dos minas calientes. El resultado fue Mariela 4 y yo 3… Acabadas, por supuesto.

La moraleja de esta historia es que vendimos el “sex shop rosa” y con eso y lo que habíamos ganado (por no decir afanado) nos compramos un autito cada una. La cambiadita nos duró más de lo que suponíamos porque Mariela vive con Felipe que es tan serio, ejecutivo y seguro. Yo estoy con Guido que es un volado como yo.

A Guido le gusto lo de la piel suavecita y lo depilo cada 15 días. Seguimos saliendo muy seguido con Mariela y Felipe. Nos cogemos los cuatro y la pasamos bárbaro. Con Mariela tenemos una historia aparte, porque nos encontramos las dos solas una o dos veces por semana o cuando estamos calientes y nos damos hasta quedar exhaustas.
Nos fuimos de vacaciones y alquilamos 15 días un chalecito en Pinamar. A la playa íbamos a levantar. Yo descubrí que me gusta tanto darle a un tipo como a una minita, pero creo que a Guido ya lo amo. Me divierto mucho con él y levantamos ambos con una facilidad pasmosa.
A veces salimos Guido, Mariela y yo. Otras veces Felipe Mariela y yo. Mariela y yo hemos salido con Felipe y Guido. Una vez, previa charla salimos a solas ella con Guido y yo con Felipe. ¡Fue tan extraño para ambas! No lo pasamos mal, pero no creo que lo repitamos. Nos queda la duda de si Felipe y Guido se dan entre ellos como Mariela y yo. Mariela dice que no, yo creo que sí, y me gustaría ser mosca para verlos. Mmmmmh! Si sé algo se los cuento.

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