Mi consulta se origina en que estoy metida en medio de un embrollo. Es divertido y extremadamente placentero, pero es un embrollo de cualquier manera.
Mi nombre es Patricia, tengo 47 años, soy diseñadora gráfica, casada con Juan José que es menor que yo y tiene 44. Tenemos dos hijas grandes de 25 y 23 años que viven solas. Yo podría pasar por la hermana gemela de Stacy Warner, pero sin falsa modestia yo soy más linda porque soy menos carretilluda que ella, tengo menos tetas, pero un culo como de exposición. En todo lo demás la imito descaradamente.
Hace tres años alquilamos un dúplex en Pinamar, en la zona del Golf Nuevo. Llegamos el 15 de febrero luego de un viaje de locos. Éramos los primeros en ocupar el chalet. Llegamos a la tardecita. Entramos y no había luz. Buscamos la llave de la corriente, la movimos y no hubo caso. Juan José fue al medidor y vio que estaba todo bien en apariencia. Llamamos a la Cooperativa y nos dijeron que el pago estaba al día y el medidor habilitado, así que debía ser un problema interno y que ellos no podían hacer nada. Llamamos a la inmobiliaria y nos dijeron con una tranquilidad pasmosa que llamáramos a un electricista, que pidiéramos factura y que ellos después nos la reponían. No había guía telefónica para llamar a un electricista. Salí al dúplex de al lado para ver si ellos tenían una guía o sabían de alguien. No había nadie, pero cuando me volvía llegó un Mercedes Benz de media cuadra de largo. Una chica bajó el vidrio y me preguntó si buscaba a alguien. Le expliqué lo que pasaba. Ella me dijo que no tenían idea porque recién llegaban. Volví a nuestro dúplex y Juan José dijo que iría al centro a una ferretería a preguntar por un pelacables. En eso golpearon la puerta. Abro y veo a un vikingo rubio que me preguntaba muy sonriente si seguíamos necesitando ayuda. Era el vecino recién llegado del Mercedes. Se presentó y nos dijo que se llamaba Luis. Le mostramos lo que pasaba e hizo unas pruebas con un destornillador al que se le prendía una lamparita. Destornilló el interruptor general, con una pinza unió los cables y tuvimos luz. Le dio el interruptor a Juan José y le dijo que mañana comprara uno igual y que él colocaría.
Juan José encendió fuego en la parrilla y yo fui al dúplex de los vecinos a invitarlos a comer. Aceptaron encantados porque se habían olvidado de comprar carne para el ritual del asado de llegada.
En la cena la presentación fue más detallada. Luis era misionero y era “albañil”. Juan José y yo debemos haber puesto la misma cara porque enseguida nos explicó que había empezado como cuarto de cuchara de albañil a los 14 años mientras estudiaba para maestro mayor de obras en el Colegio Industrial de La Plata. De albañil a los 14 terminó teniendo una empresa constructora a los 37 años. Por eso sabía de todo lo que fueran reparaciones hogareñas. Vivía en Gonnet con su pareja que era arquitecta. No lo podíamos creer porque Juan José es arquitecto y vivimos en City Bell a pocos kilómetros de Gonnet. Juan José lo conocía de nombre y pensaba que era una persona de bastate edad.
Luis es bastante elemental y diría que bastante grasa, pero pese a la exhibición de dinero y poder de su Mercedes Benz Kompressor, era un tipo afable y lo más llamativo, graciosísimo y muy divertido, con el desenfado típico de la gente del interior. Ella, Analía, hacía juego con él porque era una muñeca. Preciosa, morocha de ojos castaños claro, casi ocre. Algo raro. Muchísimo más culta que él, y bastante tímida. Tenía apenas 26 años, así que tal vez el motivo de estar con “gente grande” como nosotros la inhibiera un poco.
Luis me miraba fijo y me preguntó si yo trabajaba en televisión. Le expliqué que no, desde el lado de la pantalla que él suponía, sino que trabajaba y lo sigo haciendo, en una agencia de publicidad, aunque mi lugar de trabajo es mi casa. El insistía que me había visto por televisión, pero mi parecido con la Warner, era un tema recurrente que ya me tenía harta. Durante la cena lo pesqué varias veces mirándome fijo. El otro que estaba embobado era Juan José, que se la paso intercambiando sonrisitas con la pendeja que lo correspondía sin ningún disimulo. Los que hablábamos éramos Luis y yo.
Los temas fueron pasando por su crecimiento económico desde albañil migrante hasta empresario de la construcción en La Plata, proveedor del estado por añadidura. Luego pasó a cómo se habían conocido ellos. La convivencia de Luis con Analía era la cuarta en su vida, y Analía no se quedaba atrás porque para ella era la tercera a pesar de su corta edad. Luego contamos nosotros y ellos se asombraron de tantos años de matrimonio. Estamos casados con José Luis hace 25 años, es decir desde unos días antes que naciera nuestra hija. Fue mi primer hombre y por muchos años, mi único hombre. Eso provocó una crisis que nos mantuvo separados doce años. Los dos habíamos formado nuevas parejas, sin divorciarnos, y empezamos a salir entre nosotros nuevamente como amantes furtivos. Un día nos preguntamos qué estábamos haciendo y volvimos a vivir juntos para gran asombro de nuestras hijas.
Para esta altura ya estábamos tomando Barón B con hielo que aportó Luis. Cuando digo estábamos tomando es porque ya habíamos liquidado dos botellas aparte del vino del asado. Las lenguas se soltaron un poco más y empezamos a contar anécdotas picantes de matrimonios pasados. Si sumábamos los de todos daba una docena. No sé por qué, cuando uno está frente a un desconocido, es capaz de contar cosas que no se las contaría a su mejor amiga/o. Allí me enteré, por ejemplo, que la hija de puta que me desbancó en primer lugar, cuando me separé de Juan José era anaorgásmica. Yo conté los detalles de lo que ocurría con mi pareja cuando salíamos de trampa con mi esposo…
La charla duró hasta que empezaron a gritar las primeras cotorras. Nos fuimos a dormir con la promesa de seguirla “un día de estos”. En la intimidad, Jun José me comentó lo impactado que había quedado por la belleza y la inteligencia de Analía. Por mi parte confesé que Luis, grasa y todo, era un bombón. Juanjo lo reconoció para mi sorpresa.
Dormimos hasta el mediodía. Cargamos la heladerita en la pickup y nos disponíamos a ir a la playa cuando lo vemos salir a Luis ofuscadísimo porque, según nos dijo, la última tormenta había arrasado el grupo de carpas donde estaba la que había alquilado y que, ya, a esa altura de la temporada no las iban a amar más porque se anunciaban varias tormentas similares. Juan José, les ofreció que vinieran con nosotros al balneario Hemingway, que una carpa para nosotros dos solos era demasiado y que le venía bien si compartíamos los gastos.
Dicen que la amistad de playa es perdurable. Puedo asegurar que sí. Pasamos a compartir días enteros y pude apreciar el cuerpazo de la colega de mi marido, y que era macanudísima a medida que iba entrando en confianza. Luis era desopilante contando chistes y al tercer día de playa teníamos a medio balneario metido en nuestra carpa mateando con el misionero.
Luis era de meterse mucho en el agua, o si no, era que venía detrás de mí cada vez que yo me metía en el mar. En par de oportunidades sentí que sus manos, con el pretexto de las olas se posaban en mi culo, que es lo más prominente y cuidado de mi anatomía.
Estando tomando sol dos nenitas se me acercaron y me pidieron en inglés un autógrafo. ¿Cómo decepcionarlas? Les firme dos autógrafos con el nombre de Stacy Waner. Por suerte la gente suele perderlos muy rápido. El que se quedó impactado fue Luis, al que ya no hubo manera de sacarle de la cabeza que yo era una estrella de la tele. Me miraba extasiado y no me sacaba los ojos de encima.
Como suele ocurrir en la Costa, el tiempo se pudrió en horas. Volvimos a los dúplex. Empezó a llover y yo me fui a dormir una siesta. El comedor parecía un cibercafé porque los tres se quedaron abajo con las respectivas computadoras webeando.
De pronto alguien me da un tremendo beso en la boca para despertarme. En la oscuridad supuse que era Juan José, pero esa boca era demasiado grande. Abrí los ojos y era Luis que me había llevado un café con tortas del Tante a la cama. Iba a decir algo cuando me calló con otro beso. Confieso que me derritió. El café se enfrió de lo que franeleamos en la cama. Él terminó con dolor de huevos y yo de ovarios como si fuéramos dos adolescentes calientes.
Bajamos como si nada hubiera pasado, pero Juan José también tenía cara de culpable y Analía evitaba mirarme a los ojos. yo ¿qué podía decir?
Al día siguiente también llovía. Preparamos pasta. Comimos los cuatro juntos y luego nos fuimos al cuarto a ver una peli. ¿Qué pudo traer Luis? Una de Harry Potter… No sabía si matarme de risa o cagarlo a patadas por boludo. La cosa es que terminamos los cuatro en nuestra cama. La Pendeja pegada a mí. En bikini. En un momento me franeleó pata contra pata y me recontra calentó. A la tardecita fueron a buscar algo mejor. Cenamos, siempre en nuestro dúplex, e íbamos a ver otra peli, cuando por el viento y la tormenta se cortó la luz. ¡Bienvenidos a Pinamar!
Luis se puso a jugar de manos y nos desparramó a todos con sus manotas de gigante. En una de esas preguntó:
− ¿Qué podemos hacer?
− ¡Garchar! − le contestó Analía.
− En serio. ¿Qué podemos hacer? − insistió Luis.
− ¿Qué parte de gar−char no entendés? − le volvió a decir la pendeja.
− ¿Ustedes que dicen? − preguntó Luis.
− A mi garchar, me viene de diez − le contesté yo.
Le agarré la mano y me lo llevé para arriba. En la planta baja había un foutón espectacular:
− ¿Ustedes se arreglan aquí? − les pregunté a Juanjo y la pendeja.
− ¡Obvio! − contestó ella − Si no estamos en nuestro dúplex.
− ¡Mejor que se vayan al otro dúplex! − sugerí yo.
Entraba al cuarto cuando sentí cerrarse la puerta de salida y los pasos hasta el otro dúplex.
Con Luis cogimos como la última vez. Era bruto, pero tan distinto a Juan José que me excitaba. Por su parte, todo lo que sabía mi marido de arte, iluminación y construcción, a la pendeja la ponía en estado de éxtasis y el se deleitaba haciendo de maestruli y de paso se amolaba a ese corpachón con título de colega.
La cambiadita duro tres días hasta que mejoró el tiempo y volvimos a la playa. Luego de la playa cada quien volvía con su cada cuál. Cuando estuvimos a solas de nuevo con Juanjo, él me preguntó:
− ¿Te enamoraste del albañil?
− No − le contesté yo − ¿Y vos de la pendeja?
− Podría ser una maravillosa ayudante, pero pareja nunca. Más allá de lo buenisísima que está.
− ¿Coge bien? − le pregunté yo.
− Excepcionalmente bien, − me contestó mi marido − pero ahora quiere cogerte a vos.
No contesté nada, porque iba a ser un rotundo no. Esperé un rato y le respondí:
− ¡No sé! ¡No me animo!
Al día siguiente de nuevo lluvia, y viento. Nos quedaban cuatro días de vacaciones y parecía que iban a pasar así. ¡A eso se le llama buena suerte! ¡Pensaba garchar por cada gota de lluvia que cayera!
A la mañana siguiente, lloviendo a mares, con la complicidad de Luis desayunamos en la cama de arriba de nuestro dúplex, café con medialunas. Quería provocar una situación entre la pendeja y yo, pero no hubo caso. Me fui a baraja.
Los días restantes cogimos Luis Juanjo y yo. La pendeja, Luis y yo. La pendeja Juanjo y yo, pero no pasaba nada entre nosotras. Lo normal era que yo dormía con Luis y Juan José con Analía.
Se terminaron las vacaciones en Pinamar, pero de vuelta a casa, la cosa siguió más o menos igual. Luis venía a City Bell no menos de día por medio, y cuando yo no sabía donde estaba José Luis era porque estaba en Gonnet con Analía.
En tres cuartas partes del 2008 me acostumbré a coger con dos hombres a la vez: Juan José y Luis. No es bueno… bueno es poco, ¡es maravilloso!
A Analía le pasaba lo mismo. Un domingo de septiembre, Luis la dejó en casa y ellos dos siguieron para la cancha de Boquita. Hablamos con Analía y le expliqué que la deseaba, pero que no me animaba. Ella trató de convencerme y con toda naturalidad me contó que Luis y Juan José se iban a un telo después de los partidos de Boca a matarse entre ambos. Aquello me pegó durísimo. No me lo hubiera imaginado jamás.
− ¡Eso no se hace! − comenté indignada.
− Tampoco es para tanto − trató de atemperar la pendeja.
− ¡Sí, es para tanto! − continué yo − porque ellos se van solos. Yo quiero verlos cuando lo hacen. Ver eso entre dos chicos me noquea.
− ¿Y nosotras qué hacemos mientras tanto? − me preguntó Analía.
− ¿Vos te acostaste con alguna mujer? − le pregunté.
− ¡Con alguna! − me dijo ella asombrada − ¡Con docenas! ¡Son lo más grande que hay! La boluda que se lo está perdiendo sos vos.
- ¿Te acostarías conmigo?
- Tuve ganas desde la primera botella de Baron B del 15 de febrero.
Me sentí muy confundida.
Al día siguiente, lunes, me llamó por teléfono una trava que había trabajado como peinadora en varios comerciales de la agencia.
− Juan José me dijo que te llame, porque querés debutar con una mina, y parece que si tiene pija, como yo, es mejor. ¿Es cierto o me están cargando?
Tardé unos segundos en contestar. Le dije finalmente que sí y si me podía ayudar. Me dijo que sí. Quedamos para el viernes siguiente a la noche con Juan José y Luis. Luis la fue a buscar… ¿Lo fue a buscar?
Se hacía llamar Jessica. Era nacida en Colombia. Muy bella. Podía pasar por mujer porque ni siquiera tenía rodillas salidas.
Aquello parecía como una ceremonia iniciática: los cuatro pendientes de Jessica, que tomó la iniciativa y desnudó a los dos hombres que ya estaban tiesos. Luego se desnudo ella. Para nuestra sorpresa tenía un aparato considerable y muy paradito también. Después le pidió a Analía que me desnudara como seduciéndome. La pendeja me metió mano por todas partes y yo estaba a los saltitos. Jessica se me vino encima, me acarició, me lamió y como notó que yo me humedecía pasó a hacerme un feroz cunnilingus. Mientras tanto Analía y Luis pasaban de la trava a mí con mimos y caricias. Acabé en menos de dos o tres minutos.
La trava se puso boca arriba de espaldas y me hizo empalar en su verga. Me besó apasionadamente y tuve la sensación de estar con una mina por sus tetas, la voz, la suavidad de su piel… excepto su verga que también era un prodigio. Me vine otra vez entre jadeos, corcoveadas y gritos. No terminó allí: me hizo poner boca abajo, Jessica y Analía me llenaron de gel el culo. Analía fue la encargada de metérmelo adentro porque tiene las uñas cortas. Sentí un placer inmenso. El primer intento fue de Juan José a quien le entró fácilmente y los disfruté. Luego con Jessica fue más potente y comencé a transpirar. Finalmente me la puso Luis con más dificultad y dolor para mí. Juanjo me la puso en la boca y Analía me chupaba el clítoris. Jesica dirigía. Aquello fue muy bruto. No hubo tanto roce o caricias como imaginación por aquella situación. Acabé como si estuviera domando un caballo.
No daba más, cuando la voz caribeña de Jessica lo puso con patas recogidas a Juanjo, y se lo cogió e hizo que Luis se la chupara mientras Juanjo se la chupaba a Analía. Luis terminó con un lechazo de Juanjo en la cara que me calentó de nuevo.
El acto final de Jessica fue enculárselo a Luis mientras yo se la chupaba. Yo acabé primero y segundos después Luis me regó como nunca. Quedé salpicada de arriba abajo. La encargada de “limpiarme” fue Analía. Aquello me pareció natural y fue un click en mi sexualidad.
Luis y Juanjo se fueron a Buenos Aires a llevarla a Jessica. Nos quedamos Analía y yo solas. Lo único que lamenté fue que una cuestión de cultura me hubiera postergado tantos años este placer. Con Analía, aquella primera vez tuve tres orgasmos, uno de ellos debe haber sido uno de los más largos e intensos de mi vida.
***
En el 2009 y 2010 veraneamos juntos en la misma casa, siempre en Pinamar, pero lo más notable fue el cambio en nosotros. Juan José se fue a trabajar como Jefe de Proyectos a la constructora de Luis. Nuestros ingresos se duplicaron. Hicieron un estudio en mi casa donde trabajan Luis, Analía, otra arquitecta recién recibida que es una muñequita, que no sabe nada, pero es servicial y se nota que es puta como las palomas. Yo uso un sector para mi trabajo.
Fuera del trabajo somos una especie de matrimonio de cuatro difícil de asir. Salimos los cuatro cada quién con su cada cual. Otras veces (las más) cuando salimos estamos cambiados. Con Juanjo nuestra situación personal mejoró mucho desde aquel verano. Cualquier cosa que decimos tiene connotaciones eróticas o de doble y hasta triple sentido. Parecemos novios que recién cogieron la primera vez, pero estamos así todo el tiempo. Ambos vivimos en celo y seguimos inventando cosas. Ya nos hemos pasado con Juan José a las mejores traviesas de Buenos Aires, y varios escorts gatos y gatas. Siempre fuera de La Plata y alrededores.
Una vez por semana salgo sola con Luis, mientras Juanjo sale con Analía. Generalmente son los miércoles. Para mí eso es el festival del garche y la gran pija que me la metió.
Los jueves y domingos salimos Analía y yo sin los maridos. Hemos agregado a terceras. Los llamamos los jueves de té y tortas. Es apasionante. Aparte de eso ella ha madurado mucho y somos grandes amigas y confidentes.
Viernes y sábados salimos los cuatro. Allí pasa de todo. Yo muero cada vez que Luis lo culea a mi Juanjo a quien le chupamos la pija Analía o yo, hasta que acaba. Tanto a Analía como a mi, nos cogen de a dos.
Tanta actividad sexual se me nota en que, durante el día, no encuentro motivos para enojarme. Analía tampoco. Parecemos eternamente porreadas. Todo es fantástico, maravilloso, pero no sé de donde agarrarme. Me gusta, no quiero perderlo, pero necesito hacer pie. No he podido averiguar dónde se hacen las famosas orgías de City Bell, pero quiero ir. Quiero agregar más gente, aunque reconozco que todo es un bolonqui importante, pero insisto, nunca me sentí más plena en mi vida.
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