He estado casada con mi marido los últimos quince años, y le he sido infiel los últimos siete. La manera en que comenzó fue probablemente bastante normal. Mi marido no atendía mis necesidades, apenas tuvimos relaciones sexuales después de nuestro primer año de matrimonio, y cuando las tuvimos no fueron satisfactorias. No
era muy bueno proporcionando sexo oral y no permanecía erecto el suficiente tiempo para proporcionarme placer.
A los veintinueve años, me mantenía en buena forma, iba al gimnasio, corría y participaba en triatlones (todavía sigo haciendo las tres cosas a los 37). Él, al contrario, sólo trabajaba, se emborrachaba y veía tele. Es dos años mayor que yo, pero no se cuidaba nada, y se le notaba. Mi frustración fue creciendo y acabé
teniendo una relación con un colega que conocía en el gimnasio. La historia duró un año; y el sexo fue fantástico. Sin embargo, me sentí aliviada cuando mi amante se trasladó. Me sentía culpable a causa de la relación; no porque tuviera relaciones sexuales con otro hombre, sino porque no se le había contado a mi marido.
Durante todo ese tiempo mi marido parecía no tener ninguna curiosidad. Puede que fuera porque soy mucho más activa que él, y las llegadas por la noche y los “viajes de trabajo” no le levantaron ninguna sospecha. O quizá no le importara. En cualquier caso, decidí intentar que nuestro matrimonio funcionara; pero las cosas
empeoraron. Un día, cuando entré en su cuarto de trabajo, le agarré pajeánsose delante de la compu , me puse tan completamente furiosa que ahora pienso que fue desproporcionado para lo sucedido. Pero la furia desató algo en mí que me transformó. Le cambió a él y cambió nuestro matrimonio. Le dije que le había perdido el respeto, que era un patán y un pajero, que no valía nada como amante. Le dije que mientras se estaba haciendo pajas frente a la PC, yo había tenido una historia con un hombre de carne y hueso que me respetaba y que sabía cómo satisfacerme. Le dije que quizás había llegado el momento de divorciarnos.
Me suplicó que le perdonara. Me dijo que haría cualquier cosa, me imploro que le dejara quedarse en casa, y admitió que había sido un forro desconsiderado,
y, literalmente, comenzó a llorar. Le pregunté que con qué frecuencia se masturbaba, y admitió hacerlo cada día desde que nos habíamos casado. Esto me enfureció más. Hasta donde alcanzaba a ver (y como lo sigo viendo), el había
sido el esposo infiel en este matrimonio, no yo. Me había engañado cada día, masturbándose con las fotos de otras mujeres, o fantaseando acerca de ellas y negándome la satisfacción que me merecía. Le dije todo eso, y finalmente le ofrecí un trato. Lo tomás o lo dejás. Fue algo como esto: si quería permanecer casado conmigo, tendría que aceptar que yo necesitaba auténtico sexo con un verdadero hombre. Le dije que jamás volvería otra vez a esos mediocres momentos que habían
pasado como nuestra vida sexual. Lo que significaba que tendría amantes... ¡varios! También le comuniqué que no aguantaría que se masturbara en nuestra relación, y que no me fiaba de que se controlara el mismo. Y, desde luego, todo sin mencionar que esperaba que hiciera las tareas de la casa y asumiera sus responsabilidades
domésticas.
Resulta divertido volver la vista atrás. No podía creer que todas esas palabras hubieran salido de mi boca, y tampoco podía creer que lo que demandaba se acabaría convirtiendo en realidad.
Pero así fue. Nuestras vidas han cambiado, y para mucho mejor, desde que solté aquellas frases. Mi marido ha permanecido casto desde hace ahora cinco años (en julio fue el quinto aniversario de su castidad, y lo considero nuestra nueva fecha de aniversario de bodas). Lo que me sorprende es lo sumiso que ha llegado a ser, y como ha progresado esa sumisión. Aprendí rápido que permitirle una eyaculación cada semana era una mala idea, se volvía vago y poco atento. Así, durante los últimos cuatro años y medio, no ha tenido posibilidad de eyacular... de una forma tradicional. Utilizo mi doble consolador cuando quiero recompensarle con un ordeño anal. Me estimula penetrarlo con esos veinte centímetro de plástico. Experimenta un orgasmo lento y largo (parecido al de las mujeres), pero no eyacula; le satisface, pero le deja frustrado y caliente. Y se ha convertido en un experto en la tarea de complacerme oralmente. También le permito lamer mi culo y mis pies.
No perdí el tiempo para encontrar un novio. Siendo atractiva y estando en buena forma, me resultó fácil. Tenía muy claro lo que quería, y el tipo de matrimonio que deseaba. Eso eliminaba a algunos hombres, pues sería demasiado extraño para ellos. Después de cinco o seis intentos, descubrí al “Señor Apropiado”, su nombre es
Esteban, y es grande, muy grande, en todos los sentidos. No stá casado, y sabe cómo complacer sexualmente a una mujer de muchas maneras. Creo que debe ser el mejor amante del mundo, y yo la mujer más afortunada. Tenemos una relación exclusiva. Los fines de semana los pasamos alternadamente en su casa o en la mía, y él pasa
algunas noches entre semana en nuestra casa. A todos los efectos prácticos, vivimos juntos, pero yo insisto en disponer de al menos uno o dos días a la semana sola, por mi marido. El dormitorio principal está reservado para él cuando está aquí.
Mi marido ha asumido la situación bastante bien, aunque a veces le asaltan las dudas. He descubierto que mantenerle ocupado es un buen sistema para que esté concentrado en lo que debe. Ha acabado siendo mi sierva, mi mayordomo, mi chofer, mi hombre del bricolaje, mi camarero y mi esclavo. Lo amo profundamente, pero nunca ha desaparecido mi ira por los años anteriores de matrimonio. Mi componente sádico se adueña de mí en ocasiones, y lo provoco despiadadamente.
La última semana, mientras Esteban estaba viendo la tele en el sofá, me tumbé junto a él, puse mi cabeza en su regazo y lo masturbé lentamente durante un buen rato. Mi marido estaba sentado en una sillon enfrente de mí, le miré directamente a los ojos, y le dije: “no extrañás que te la chupe”. “Desde luego”, dijo. “Lástima que esto no vaya a ocurrirte a vos nunca”. De repente, esteban explotó en mi boca. ¡Este hombre no puede evitar una descarga! Normalmente, recojo el esperma en
mi boca y le doy a mi marido un gran y húmedo beso si se la he chupado a Esteban en su presencia. Pero esta vez, para su disgusto, me lo tragué todo.
¿Por qué podría estar disgustado? Bueno, las únicas oportunidades que tiene de besarme son cuando mi boca está llena con la corrida de Esteban. Punto. Lo mismo ocurre con la posibilidad de lamer mi concha. Mi marido no puede tocar mis
pechos nunca. Le permito lamer mi culo cuando estamos solos entre semana –y sólo si ha hecho un trabajo superior con sus obligaciones domésticas–.
Dejo el ordeño para cuando estamos solos. Con lo me gusta humillar a mi marido, este es uno de los actos que es sólo entre el cornudo y su mujer. Es uno de nuestros más intensos e íntimos intercambios, casi espiritual. Es para mi marido y
para mí, y es una parte de nuestra vida para no compartir. Después de dedicar una hora a vapulear su culo, aporreando ambos cachetes bien fuerte con una paleta, se siente como transportado a otro lugar.
Soy adicta al poder que tengo sobre él, y disfruto de la mejor vida sexual del planeta. Hay algo delicioso y conveniente en tener sexo casi cada noche, frecuentemente durante horas y horas, y que mi marido no haya podido tenerlo, ni siquiera acariciar su propio pene, durante cinco años.
Cuando el sorbe el esperma de Esteban de mi concha, sé que le poseo. Me siento poderosa y estupendamente, tan afortunada por disfrutar de un hombre para el sexo y de un esclavo que me adora y cuide de mí.
Es una suerte, supongo, que no haya podido tener hijos, hubiera acabado preñada muchas veces durante los últimos siete años. Esteban y yo nos vamos de vacaciones a Europa en el otoño. Mi cornudo piensa que no está invitado, pero también irá. Planeo sorprenderle en el último minuto. Creo que se merece venir con nosotros, como
recompensa por el drástico cambio que se ha producido en su vida. Los quiero a ambos. Solo me falta que Esteban se lo coja por el culo y seré la mujer más satisfecha sexualmente hablando.
Nuestras vidas hancambiado irrevocablemente,mucho y para mejor
No hay comentarios:
Publicar un comentario