viernes, 10 de septiembre de 2010

La escort

Una de mis mejores amigas, Azul, se hizo escort hace unos años. Siempre me contaba lo que ganaba y lo poco que tenía que hacer. Salía con tipos, todos con mucha plata, y la mayoría viejos. Muchos no podían tener una erección, otros sólo la llevaban a comer afuera en una cena de negocios (para presumir, supongo), así que buena parte de las noches que la contrataban ni siquiera tenía sexo.
La verdad que siempre me tentó la idea de hacerme escort, pero… no va mucho conmigo. El sexo me gusta en serio, no para ganar plata… y los viejos la verdad que no, no me agradan.
La noche que voy a contar, empezó una semana antes, cuando salimos a tomar un café con Azul para conversar un rato. Como siempre hace, me cuenta un poco de su trabajo, las cosas curiosas o las que le pasan siempre.
Esa vez me empezó a contar de un cliente en particular, Alberto (tampoco es el verdadero nombre, por las mismas razones). Me dijo que era un viejo lobo, pero que no se le paraba ni con viagra. Tenía un yate enorme y era un poco excéntrico, parece. Me contó mi amiga que este hombre quería contratar a dos chicas, para que le hicieran un show erótico, y le había preguntado a ella por una amiga. Y como trabaja de forma independiente y no se lleva muy bien con sus colegas, digamos… pensó en mi. Me estaba ofreciendo ser su compañera (la paga era más que buena). Lo único, tenía que estar dispuesta a hacer lo que el cliente pidiera… con ella. Para asegurarnos de eso, me iba a presentar como lesbiana; igual era muy poca la posibilidad de que el viejo me pida algo.
La semana pasó bastante rápido, y antes de darme cuenta tenía la noche del encuentro encima. Llegué apurada a mi casa, del trabajo, y me vestí con lo mejor que tenía: un vestido negro escotado, medias con portaligas, también negras, y un juego de ropa interior calada, muy sensual. Zapatos de taco alto y como abrigo un tapado por las rodillas.
Sonó el timbre. Era el cliente, que venía a buscarme en su auto. Cuando bajé, me acerqué, el conductor abrió la ventanilla y Azul estaba en el asiento de acompañante. Reclinó la cabeza para encontrar mi mirada y me guiñó un ojo. Fue a quien vi primero, después lo miré a Alberto, que se bajó para abrirme la puerta trasera.
Azul estaba hermosísima. Yo acostumbrada a verla sin maquillaje y deportiva, en ese momento me impactó. Era una rubia impecable con mechones más oscuros que otros, el pelo suelto lacio. Llevaba vestido violeta, brillante, con lentejuelas. El maquillaje le resaltaba los ojos celestes y los pómulos pronunciados. Los labios gruesos, pintados, también eran una obra de arte… sensuales y llamativos.
El cliente por otro lado, se vistió normalmente. Un pantalón de jean y una chomba gris. Zapatillas deportivas. Era pelado, salvo por unos cuantos pelos a los bordes de la cabeza, y totalmente canoso.
El auto encaminó hacia el centro de la ciudad. Me extrañé, porque Azul me había dicho que íbamos a estar en el yate del señor… Cuando llegamos me di cuenta: el yate estaba en Puerto Madero. ¡Ahí me enteré también que los barcos tienen nombre! yo pensaba que era algo de las películas… o al menos que ya no se usaba (nunca me lo había planteado igual).
El yate de verdad era enorme, parecía un departamento. Creo que tenía dos pisos; el suelo de madera, lustrado. Una mesa para 10 personas, baño, dormitorios… ¡un lujo!
Con Azul nos quedamos conversando sobre el barco. Ella parecía ya acostumbrada a ese tipo de lugares. Mientras me acompañaba para explorar más, escuché un ruido de motor y… ¡Claro! ¡era un barco! Ya me había preguntado antes si saldríamos, pero Azul dijo que no creía, y en toda la semana ni por un minuto me lo imaginé.
Igual fue más ruido que otra cosa. El barco salió y todo, pero dio una vueltita ahí mismo, dentro del lugar y se frenó en el medio del canal. Si alguien nos quería ver, con un poco de paciencia, todavía podía. El dueño tiró el ancla y puso música. Bajó las luces. De repente dobló una mesa, y no sé muy bien cómo fue, pero ya no había mesa, quedaba un respaldo largo, como un sofá.
Azul se sentó ahí. Alberto agarró un champagne de la heladera, la abrió y nos sirvió a los tres. Mientras tomábamos, agarró una silla larga, la puso en frente del sillón donde estaba Azul. Ella me miró y me hizo un gesto de que me siente a su lado.
Hasta terminar la botella, Alberto, Azul y yo nos distendimos, charlamos, nos reímos. Era un tipo simpático y de buen gusto… ¡pero no lo tocaba ni con un palo, eh!
Abrimos una segunda botella. Azul le dirigía miradas muy sensuales a su cliente. En el momento me pareció como si hubiera algo, pero después supe que era una muy buena profesional.
Alberto por su lado no parecía ni interesado en el tema sexual, todo el encuentro era más bien normal, nada que yo me hubiera esperado. Parecíamos tres amigos que se sientan a tomar, o dos chicas que salen con su papá, o le dan el gusto a un viejo que las invita a dar una vuelta.
Y así se pasó el tiempo. Ya pensé que no iba a pasar nada y me súper relajé. Todo seguía igual hacía como 3 horas: charlando, riendo… y Alberto como si nada, nunca dijo una sola palabra sobre el servicio. Las risas se fueron apagando y, sin que nadie dijera nada, Azul me empezó a pasar la mano por la cintura. Me acariciaba. Ahora estábamos los tres callados. Alberto con su copa de champagne en la mano, mirando el piso y ojeándonos cada tanto; y Azul besándome el cuello. Yo me dejé llevar, ella estaba buena, y además me iban a dar buena plata.
Le puse la mano en un pecho, la acaricié un rato y empecé a descorrerle el vestido. Ella me agarró la mano y me la sacó. Como para enseñarme como se hacía, apoyó ella la mano en mi vientre y me empezó a acariciar circularmente. El brazo que tenía en mi cintura lo subió al hombro, posó los dedos en mi nuca y me pellizcó despacito. Me empezó a dar besos suaves en la mejilla mientras me acariciaba el pelo, y me susurró al oído “Relajate… dejá que te lleve”.
Me llevó la cabeza a su cuello y se lo besé con ganas, y también me detuvo, sacándome el cuello. Me apretujó el mentón con una mano, me miró a los ojos y me dijo “¡Así no! …suave, con amor” como si retaran a un nene travieso.
No entendía mucho qué quería mi amiga que haga, pero la imité lo mejor que pude. Pensé en qué estaría pensando el viejo Alberto, y le eché una mirada rápida. Seguía en la misma posición, con una mano sostenía la copa casi vacía, y con los dedos de la otra rozaba los bordes. Totalmente vestido, con la cabeza gacha, la mirada audaz y fija en nosotras.
Le acaricié la cola a mi compañera, siempre por arriba del pantalón, y finalmente ella metió su mano por mi escote hasta tocarme el pezón. Sentí muchísimo placer, porque estaba esperando ese contacto de piel desde que habíamos empezado a jugar. Me arriesgué a besarla en la boca, y ella me correspondió el beso, queriéndolo controlar, de todas formas. No era un beso muy pasional, más bien era estético y pautado. Le dejó ver mi pecho desnudo a nuestro cliente, como un trofeo se lo mostró. Estiró la lengua y suavemente, flexionando la puntita, me la empezó a lamer.
Tenía unas ganas incontrolables de gemir, de sacarme todo, pero no lo hice, me quedé callada, disfrutando. Ella me sacó los dos pechos para afuera, y entonces sacó los suyos, también de gran tamaño. Los 4 pezones se encontraron y empezaron a friccionarse unos contra otros.
La verdad no podía creer que el viejo no se excitara con eso. Seguía siempre en la misma posición.
Azul se paró y se quitó el vestido violeta, sin quitarse ni los zapatos, ni despeinarse un poco. Estaba desnuda de cuerpo para arriba, pero conservaba una tanga lila súper finita.
Se acomodó el pelo y, muy seria y profesionalmente, me hizo un gesto para que la imite. Me puse de pie y me saqué el vestido, mostrándoles mi conjunto interior. Azul se dio vuelta y apoyó una de mis piernas entre sus nalgas, bailando sensual, moviendo la cintura, bajando y subiendo. Tenía mucha flexibilidad, y tocaba el suelo con las manos igual que me pasaba los brazos por el cuello.
Yo estaba un poco desconcertada, no sabía bien qué hacer, pero la intentaba tocar, movía un poco el cuerpo para no quedarme atrás. Ella se dio vuelta, me pasó la mano por los hombros y me empezó a besar.
Todo era muy sensual, excitante… pero para nada explícito.
Me tomó por la cintura y me tiró al sillón. Se puso encima mío y me frotó su pelvis contra la mía, y los pechos contra los míos. Me dio unos pocos besos y se acercó a mi oído, susurrándome “Fingí uno… después que yo”.
Frotándonos en la misma posición, ella empezó a gemir fuerte, fingiendo un orgasmo. Al instante la imité yo y “acabamos” juntas.
Nos acomodamos en el asiento, nos volvimos a vestir. El cliente no se había movido un centímetro. Lo miré inquieta, como esperando su aprobación o alguna palabra, mientras me acomodaba el corpiño. Él la miró a Azul, me miró a mí… y empezó a aplaudir pausadamente, con la copa en la mano. “Muy bien chicas” agregó.
Después de eso nos sirvió algo de vino, condujo el yate a su lugar y nos llevó a cada una a casa. Una noche bizarra, pero muy educativa.

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