viernes, 17 de septiembre de 2010

Flores en Bariloche

Ni siquiera me habí¬a sentado y el psicópata laboral de mi jefe ya me estaba apurando. Yo no empiezo a trabajar sin antes leer mis correos. Hay que aprovechar la banda ancha de la empresa. En casa con Speedy, leer imeils se hace eterno.
Comprobé con sorpresa que tení¬a cinco correos ese dí¬a. No estaba mal, alguien me escribí¬a. A ver, uno de oferta de viajes, otro con pinta de virus, uno de mi amigo Alejandro con chistes malos, otro del buscador de empleo, no sé para qué me anoté, no sirve para nada, y… ¡bueno! Esto sí¬ que es una sorpresa.¡¡Marina Z...!!!
Asunto: "Mudanza a Buenos Aires.

Marina, es el primer gran amor de mi vida. Nos conocimos cuando me fui a Estados Unidos a estudiar inglés, hace ya muchos años. Yo tenía 18. Sexualmente fue increí¬ble.
Además me dejó enamoradí¬simo.
esta chica .
Ya en Argentina todaví¬a mantuvimos un par de encuentros pero ella viví¬a en Misiones y la distancia, y más a esa edad, fue una traba insuperable para nuestro romance.
Luego ella se fue a estudiar a su Córdoba natal y allí¬ se quedó.

Ya como amigos, yo la visité un par de veces y ella vino a Buenos Aires también
otras tantas. Pero desde que ambos acabamos la universidad no nos hemos vuelto a
ver. Aún así¬ hemos mantenido todos estos años un contacto esporádico. Al principio hablábamos por teléfono todas las semanas, luego cada mes. Con la aparición de internet, sustituimos las llamadas por correos esporádicos y dejamos las conversaciones para cumpleaños y navidades.

Leí¬ su correo en el que me informaba de cambios importantes en su vida. En su empresa habí¬an decidido ascenderla pero eso implicaba un traslado a Buenos Aires. De hecho Marina me contaba que llevaba ya un mes viviendo en la capital pero con el quilombo del verano, mudanzas, pisos y adaptaciones todaví¬a no habí¬a podido ponerse en contacto conmigo. Ah! Y lo más importante, en el traslado había dejado a su pareja de varios años en Córdoba por looser y borrachín.
Me dejaba su nuevo celu y me decía que la llamara para vernos si tenía ganas. Claro que tenía ganas. Marina evocaba los años dorados de mi adolescencia.

Cuando llegué a casa le comenté la noticia a Ceci. Ella no conocí¬a a Marina, aunque yo le habí¬a contado con pelos y señales mis aventuras americanas. Ceci sabí¬a perfectamente lo que Marina fue para mí¬ aunque hicieran tantos años. El caso es que percibí¬ en mi mujer una reacción insólita. La noté muy celosa.
- ¿Y qué quiere ahora ésta chica después de tantos años?
- Está sola en Buenos Aires. Fuimos muy amigos, todaví¬a en cierto modo lo somos. Ella se ha venido para Buenos Aires, donde no conoce a nadie y es normal que quiera ponerse en contacto conmigo.
- No sé. No sé. ¿Y no tiene novio o algo parecido?
- Pues creo que sí¬ que estaba saliendo con un chico desde hace años, allá en Córdoba. Pero no sé como está ese asunto ahora.

Ceci y yo formábamos la pareja perfecta, o al menos este es el concepto que yo tengo de una pareja perfecta. Llevábamos 11 años de relación y estábamos enamorados. Por eso no entendí¬ esos atisbos de celos. Sexualmente, a esta altura lo habí¬amos probado todo y cuando digo TODO es TODO.
Juntos y por separado. Habí¬amos tenido hasta orgí¬as, intercambios, noches locas, experiencias homosexuales, en fin, yo creo que estábamos completitos.

En cualquier, caso al margen de esa suspicacia inicial, Ceci no puso ningún impedimento para que yo llamara a Marina al dí¬a siguiente de recibir su mail.
Pensé que lo mejor era invitarla a cenar a casa y así¬ de paso conocier¬a a mi mujer.
La llamada fue muy cordial. Marina se llevó un alegrón al escuchar mi voz. Le pregunté como se decidió por este cambio laboral y de vida y me contó que habí¬a pasado por una crisis personal. Habí¬a dejado a su novio, con el que estuvo cinco años, cuando le surgió esta oportunidad y el tipo la hartó de problemas. Decidió dar un lavado de cara a su vida, y aquí¬ estaba, en Buenos Aires. Me reconoció que se encontraba algo desbordada por la esencia caótica de esta ciudad y que su dí¬a a dí¬a de momento consistí¬a en salir del trabajo a casa y de casa al trabajo.

Ante la propuesta de cenar juntos en mi casa ella aceptó encantadí¬sima. Cuando, el dí¬a de nuestra cita, sonó el portero me encargué yo mismo de abrir la puerta. Allí¬ estaba ella.
Deslumbrante. Desde luego habí¬a cambiado mucho desde la última vez que la habí¬a visto. Mantení¬a igual su cabello rojizo y su pecosa y dulce cara, pero sin duda, ahora era más mujer. Su cuerpo habí¬a ganado unos kilos, ya no mostraba esa delgadez esquelética de su adolescencia. Comprobé incluso que habí¬a nuevos elementos en su figura, por
ejemplo, los pechos. En la época que nos conocimos era completamente plana. Faltaba averiguar si eran naturales o de goma.

Ahora debajo de la camiseta fina que vestí¬a se notaban dos pequeñas figuras que
alegraban su imagen. Otra novedad era el culo. Sus dimensiones se habí¬an
ido hacia atrás y las curvas se admiraban perfectamente bajo sus jeans. Estaba espléndida.

La velada transcurrió mejor de lo previsto. Yo intenté evitar el que hubiera sido el tema más lógico entre Marina y yo, la evocación del recuerdo de nuestra estancia en Boston, en Estados Unidos. Dado que en ese viaje el componente sexual fue extremadamente intenso, creí¬ poco conveniente hablar de ello con Ceci delante. Pero Marina es una gran conversadora, de parla divertidísima e inteligente, divertida, culta y variada. Lo más importante fue que las dos chicas, para mi asombro, congeniaron estupendamente.
Se notaba que se agradaban mutuamente. Y no era raro. Ambas son muy parecidas de forma de ser. Lógico teniendo en cuenta que las dos son mi tipo de mujer ideal. El caso es que conectaron e incluso hubo momentos de la cena en que me dejaron totalmente al
margen.
Para mí¬ esa noche implicó recuperar una excelente amiga y para Ceci fue el inicio de una maravillosa amistad. Pasaron las semanas y los meses y Marina se fue integrando
en nuestro cí¬rculo social. Los fines de semana salí¬amos a cenar con otros amigos, al cine, a fiestas, de bares, etc.
Llegó el invierno y una tarde tomando café los tres, Marina nos informó de sus planes para las vacaciones de julio.
- Quiero irme a esquiar a Bariloche. Es un viaje que tengo ganas de hacer desde hace tiempo. Y ahora como me han subido el sueldo y además he encontrado una oferta baratí¬sima creo que me voy decidir.
- ¿Y con quién vas?- pregunté yo curioso.
- Sola − me contestó lacónica. Eso es lo malo, pero bueno, como voy a estar
esquiando todo el dí¬a tampoco me importa mucho.
- La verdad es que a mí¬ me gustaría hacer también un viaje de este tipo. Tirarme por pistas con kilómetros y kilómetros de nieve- Dijo Ceci con cara de niña soñando con visitar un parque de atracciones.
Ceci y yo éramos aficionados al esquí¬. Habí¬amos aprendido ya de grandes.
- Si se animan los precios están muy baratos en la agencia en la que yo voy a contratar el viaje.
- Lo tenemos que pensar- Contestó Ceci.
Mi mujer estuvo unos dí¬as meditando la posibilidad. Yo no quise meter baza. Aunque los celos iniciales de Ceci respecto a Marina habí¬an desaparecido completamente, pensé que si mostraba un mí¬nimo interés por irnos los tres a Bariloche, iban a reaparecer con su peor rostro.
El caso es que Ceci se decidió y fue ella misma quien llamó a Marina para comunicárselo. Ella se entusiasmó con la idea, le alegraba sinceramente que le acompañáramos a Bariloche. Contratamos una semana de esquí¬ en el Catedral, hospedados en una bucólica y pequeña cabaña a pocos kilómetros de las pistas.
Nuestro particular albergue de montaña, frente al Nahuel Huapi, disponí¬a de dos habitaciones y de un salón amplio.
Incluí¬a además una cocina y un baño equipado con todo lujo de detalles y de equipamiento.

Pasábamos los dí¬as lanzándonos por las increí¬bles pistas del cerro. Estábamos horas disfrutando como niños. Nos dimos nuestros palazos pero no nos importaba. No dejábamos de subir y bajar pendientes hasta que los encargados de la estación de esquí¬ nos echaban casi a empujones. Nos estaba gustando lo de los deportes de invierno.
Por las noches, nuestra cabaña estaba algo aislada del centro. Pasábamos las noche en casa, disfrutando de un chocolate caliente o de alguna copita y siempre de una buena conversación con la chimenea encendida.

Ceci y Marina intimaron todaví¬a más. Tanto es así¬ que al fin surgió el tema de nuestras vidas sexuales. A pedido de mi mujer, Marina contó lo que vivimos ella y yo en Estados Unidos, una historia que Ceci ya conocí¬a por mí¬, pero le interesaba escuchar la otra versión. Por su parte mi mujer le confesó a Marina algunas de nuestras locuras como las del verano en Villa Gesell y lo que derivó de aquello.
En aquellos dí¬as en la nieve las dos mujeres se hicieron todo tipo de confidencias como dos quinceañeras. Entre otras cosas, ambas relataron sus respectivas experiencias lésbicas lo que me dejó de una pieza. Yo participaba poco, a esta altura intimidado por tanta empatí¬a femenina, pero eso sí¬, bastante excitado.
Me sentí¬a un voyeur escuchando esas conversaciones. Lo estábamos pasando francamente bien, quizá por eso, el último dí¬a de esquí¬, cuando llegó el horario de cierre de la estación yo estaba un poco melancólico. Siempre me pasa al final de unas vacaciones. Cuando los tres llegamos a la cabaña con nuestro auto alquilado nos dimos cuenta que se nos habí¬a acabado la leña. No podí¬amos pasar nuestra última noche en los Andes sin chimenea así¬ que las dos chicas me mandaron, a mí¬ claro, a buscar madera a la Administración.
No tardé mucho en que me la cargaran y regrese rápido a la cabaña. Anochecí¬a y debí¬amos estar a menos cinco grados bajo cero.
Al llegar no vi a las chicas. Supuse que estarí¬an en la habitación haciendo las valijas.
Las llamé, pero la respuesta me llegó desde el baño.

- Carlos, estamos aquí¬, ven- escuché gritar a Ceci.
Cuando entré, para mi sorpresa, estaban las dos dándose un baño juntas.
- Hola- me dijo mi Ceci, como si fuera lo más normal del mundo encontrármela con otra mujer en la bañera
- Se nos habí¬a metido el frí¬o en el cuerpo y hemos decidido darnos un baño caliente.
- Ah, que bien- me obligué a decir.
- Bueno, pues las dejo para que disfruten del baño.
Desde mi posición sólo podí¬a contemplar sus dos cabezas mojadas, pero me imaginaba sus cuerpos desnudos, rozándose bajo el agua.
Los efectos de mis pensamientos se hicieron notar rápidamente tras la bragueta. Me
di media vuelta pero antes de que pudiera salir Ceci dijo con sonido sugerente.

- No hace falta que te vayas. Total ya conoces nuestros cuerpos como la palma de tu mano, no creo que te asustes.
Las miré con media sonrisa, suponiendo que en mi ausencia habí¬an tramado algo. Desde luego sí¬ lo que querí¬an era iniciar un juego, yo estaba dispuesto. Ceci continuó provocándome.

- Aquí¬ en la bañera, Marina ha recordado aquélla vez que te excitó en un jacuzzi en Boston, delante de todos tus amigos.
¡El jacuzzi de Boston, que recuerdos! Aquel dí¬a Marina y yo todaví¬a no nos habí¬amos enrollado pero en aquella inmensa bañera mantuvimos un morboso juego sexual practicando lo que ella llamaba "piececitos”. Después de transcurridos tantos años todaví¬a me excito al recordarlo.
-¿Qué fue exactamente lo que le hiciste con los pies?- preguntó Ceci dirigiéndose a Marina.
- Se los pasé por el pechito así¬- Y para demostrarlo elevó uno de sus pies, lo sacó del agua y se lo colocó a mi mujer en la mencionada parte de su cuerpo.
No veí¬a bien la escena desde mi posición pero supuse que Marina estaba masajeando con sus pies las tetas de Ceci. Ceci sonreí¬a pí¬caramente. También ella estiró sus piernas llevando sus pies a los pechos de Marina. Yo estaba estupefacto. Ambas se estaban sobando las tetas. No lo podí¬a creer. Esto no podí¬a haber surgido así¬, de repente.
Seguro que las dos se habí¬an confabulado en mi ausencia para calentarme.
- Carlos, cariño, ¿por qué no vas encendiendo la chimenea para que cuando salgamos esté el salón calentito?- me sugirió con voz melosa Ceci.
Yo, la verdad, hubiera preferido quedarme y seguir siendo testigo del espectáculo que me daban las dos chicas, pero decidí¬ seguirlas el juego e irme a preparar la chimenea.
En ello estaba cuando a los pocos minutos aparecieron las dos envueltas cada una en su toalla. Se quedaron mirándome sonrientes, hasta que Ceci me dijo:
- ¿Sabes? Ya sé porque te enganchaste con Marina, aparte de que está muy buena y es una mina estupenda… ¡besa muy bien!
- Y yo ya sé porque te casaste con Ceci −dijo Marina a su vez− Es tan sensual que
me pone caliente hasta a mí¬ que no soy lesbiana.
Tras sus cumplidos, que seguro traí¬an ensayados del baño, dejaron caer las toallas, quedándose las dos completamente desnudas, y se fundieron en un franeleo.

Su juego me habí¬a colocado ya en una situación de máxima excitación sexual. Antes de poder reaccionar me quedé mirando la belleza de la imagen que tení¬a delante. El beso de dos preciosas flores. Dos ninfas desnudas ofreciéndose recí¬procamente amor. Mis dos amores. El cuerpo de Ceci que ya lo conocí¬a a la perfección. El cuerpo de Marina, a pesar de haber compartido horas con él, si aportaba más novedades.
Se confirmaba lo que habí¬a podido intuir a través de su ropa. Tení¬a más tetas. Sin ser grandes habí¬an adoptado unas formas suaves, afables con pequeños y rosaditos pezones en el centro. Ahora ofrecí¬a curvas, antes inexistentes dando paso a un culo que podrí¬a calificarse de hermoso, de mayor tamaño e incluso apariencia al de mi mujer.
Los años habí¬an mejorado a mi amiga cordobesa.
Estaba decidido a pasar a la acción en cualquier momento, pero seguí¬ embelesado admirando como el primer amor de mi vida y el gran amor de mi vida se besaban sin detenerse a respirar. No sé si esto lo iniciaron como un simple juego pero ya habí¬an cruzado la lí¬nea, se las notaba excitadas y hambrientas una de la otra.
Fue Ceci la que sacó la lengua de la boca de Marina. Se acercó hacia mí¬, que seguí¬a estando sentado en la alfombra, a los pies de la chimenea. Se me montó encima y empezó a besarme con furia, sin que apenas pudiera defenderme.
Marina se habí¬a posicionado detrás de mí¬. Con la cabeza boca abajo aprovechó un momento en el que Ceci dejó libre mi boca para poseerla.
Volví¬a a probar su dulce sabor, sus fluidos cálidos y jugosos, su lengua esponjosa y
juguetona.

Mientras, Marina continuaba comiéndome, Ceci me iba desvistiendo.
Mi amiga de la juventud habí¬a convertido su lengua en ventosa. Se dio la vuelta y se colocó frente a mí¬, siempre sin dejar de besarme. Yo alargué mis manos hacia sus pechos. Recordé lo sensible que era esa parte de su cuerpo. Separé mi boca de la suya y me abalancé sobre sus pezones para chupárselos y mordérselos de forma suave y comprobé que pese a que habí¬an aumentado de tamaño seguí¬a siendo uno de los puntos mágicos de Marina.
Ceci se acercó a nosotros, puso su cabeza entre Marina y yo y lamió nuestras bocas, primero la de ella, luego la mí¬a.
Marina aprovechó para apartarse dejando lugar para que Ceci me tumbara sobre la alfombra y me colocara la concha sobre mi boca. Sin dudarlo comencé a lamer su tesoro. Marina se situó de pie con su pubis a la altura ideal para que Ceci iniciara otra sesión de lametones. Estábamos los tres desenfrenados. Ambas jadeaban, gemí¬an
e incluso gritaban.

Marina se dio la vuelta y mostró sus nalgas. Ella misma separó los muslos con sus manos, curvando ligeramente la espalda. Le estaba ofreciendo el agujero del culo a mi mujer y Ceci lo aceptó sin tapujos. Metió su lengua en lo que casi podrí¬amos denominar una enculada oral.

Coloqué a Ceci a cuatro patas mientras ella seguí¬a lamiendo el culo de la cordobesa.
Bajo la impresión que provocaba aquélla imagen comencé la penetración a mi mujer que me acogió con un largo gemido. A lo largo de mi vida he gozado de situaciones inmensamente excitantes pero no me recordaba a mí¬ mismo en un estado tan exacerbado como éste.


Marina se alejó hacia el sillón y se sentó en él. La miré y ella me sonrió tocándose su vagina con suavidad, masturbándose a la vez que nos miraba. Estaba demasiado excitado como para aguantar mucho tiempo sin llegar al orgasmo. Ceci me debió leer el pensamiento porque se separó y mi pene quedó a la intemperie. Pero por poco tiempo.
Se sentó sobre mí¬ y volvió a insertar mi verga en su conchita en una posición que le gustaba especialmente.

Separé una de las manos que apretaba su culo y le metí¬ un dedo en el ano. La combinación de pezón, nalga, ano y pija es definitiva para Ceci. En pocos segundos acabó de forma tajante, aullando, gritando y revolviéndose. Cuando terminó se dejó caer hacia atrás quedando tumbaba sobre la alfombra.

Marina se levantó reclamando su turno. Fue por Ceci y ambas se besaron de nuevo cual dos enamoradas.

- Dejame seguirte chupando el culo- le pidió mi mujer.
Nunca habí¬a visto a Ceci tan entusiasmada con alguien de su mismo sexo.
- Sí¬, por favor chupame entera- respondió Marina.
Ceci se colocó en su trasero, mientras ella lo encumbraba. Le lamió el ojete con ansias.
Le introdujo un par de dedos. Mi mujer estaba cogiéndose el culo de mi amiga con su mano.
Yo seguí¬ admirando de nuevo el espectáculo que me brindaban las dos mujeres.

- Vos me desvirgaste el culo ¿Te acordás?
- ¡Como olvidarlo!- dije yo intuyendo lo que pretendí¬a mi mujer.
Tras mi respuesta Ceci preguntó a Marina.

-¿Queres que mi marido vuelva a cogerte el culo mientras yo te lamo entera?
- Siiiii, ya.

Ceci dejó libre el agujerito de la pelirroja. Mi esposa se habí¬a trabajado bien el culo y lo habí¬a dejado considerablemente abierto. Se recolocaron en posición de 69 con Ceci debajo, bien situada para lamer su concha.

Inicié lentamente la penetración, recordando el momento en el que desvirgué aquel hermoso y sonrosado ano. Marina me lo entregó aquel dí¬a, a pesar del dolor que le produjo, a pesar de que no pudo reprimir las lágrimas.
Animado por sus gemidos, se la metí¬ hasta el fondo.
-Aaaaaaay.
Ahora el grito era de dolor. Suavice las embestidas pero no la saqué. Ceci le comí¬a la concha a Marina con verdadera pasión, introduciendo su lengua lo más que pudo en su vagina al tiempo que con la mano palpaba su clí¬toris. Marina se iba amoldando a mi pene y la entregada lamida de mi mujer empezaba a causarle un turbulento mar de sensaciones. Se revolvió, jadeaba, nos animaba.

- Mas, por favor, Más Ceci. Más Carlos. ¡Cójanme!

Ceci y yo nos sincronizamos perfectamente. A cada una de mis embestidas ella aumentaba la intensidad de su chupada. Marina moví¬a la cabeza de un lado a otro.

- Me voy…. me voy…. – dijo en un momento dado, y yo decidí¬ acompañarla.
Me concentré en mis sensaciones, que ya eran imparables.

Empujaba rápido y con toda mis fuerzas. Al tiempo que Marina estallaba en un
grito de placer yo acabé dentro de su culo sin detener el impulso de mis movimientos.

Saqué el pene y dejé su ano chorreante de semen mientras ella se derrumbaba sobre el cuerpo de Ceci. Volvió a besar su vagina en un gesto de agradecimiento y se quedaron las dos tumbadas, extenuadas. Yo me quedé también acostado unos instantes en la alfombra,

- A todo esto no me han dejado terminar de encender la chimenea- Dije muy serio observando el hueco con leña.
Ellas se miraron y reaccionaron con una sonora carcajada a mi observación surrealista.
Se incorporaron y las dos me metieron la lengua en mi boca como gran epí¬logo a nuestro desfogue carnal.
A dí¬a de hoy, no hemos repetido una experiencia de tanta intensa como aquella. Marina
Ceci y yo seguimos siendo una pareja de tres. Hemos salido con candidatos para Marina. Incorporamos una tercera un par de veces y hasta vamos a los VIPs de boliches swingers. Lo que más me llama la atención es Ceci y Marina tienen sus sesiones privadas una o dos veces por mes. Luego de eso es como si salieran revitalizadas. Ceci fantaseó un par de veces con incorporar a Marina de alguna forma a nuestro matrimonio. Yo no acepté ni negué, porque de hecho lo está.

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